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Cuando voluntad e intuición van de la mano

Inés Domínguez González tiene 82 años y desde que su hijo estuvo ingresado por una neumonía, antes de empezar la cuarentena, cose mascarillas para regalar
Inés cose mascarillas que regala a quienes las necesitan. DA
Inés cose mascarillas que regala a quienes las necesitan. DA
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Lo suyo fue una intuición en toda regla, como se suele decir. A comienzos de marzo, su hijo estuvo ingresado en un centro hospitalario del norte de Tenerife por una neumonía y le llamó la atención que las enfermeras no usaran mascarillas.

La preocupación por el Covid-19 no había llegado a su punto extremo, tampoco había sido calificado como pandemia y aún no se había decretado el estado de alarma en España.

Sin embargo, Inés Domínguez González se acercó a un médico a preguntarle por qué el personal sanitario no estaba protegido. “Me contestó que allí estaba todo controlado”, contesta esta modista portuense.
No conforme con la respuesta, llegó a su casa y se puso a coser mascarillas. Una de sus hijas tenía una caja grande de sábanas de camillas que ya no utilizaba y se la pidió. Fue como una especie de premonición.

Inés tiene 82 años y fue profesora de costura en la Universidad Popular Francisco Afonso durante 13 años. Tuvo cinco hijos y, mientras eran pequeños, se dedicó a cuidarlos. Al quedarse viuda, sacó el título de Modista de alta costura, según le aclaró la profesora que le enseñó la profesión.

Inés cose mascarillas que regala a quienes las necesitan. DA
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Ella también le dio clases a muchas niñas que todavía la saludan por la calle, “aunque de algunas se me ha olvidado el nombre, porque tenía como 40 alumnas”.

Siempre les decía que “no aprendieran para coser en la calle porque le iban a pagar dos perras y para eso era preferible fregar escaleras. La costura necesita mucho aprendizaje y muchas horas de trabajo que no se valoran lo suficiente”, expone.

A Inés siempre le gustó ayudar a los demás. Fue voluntaria de Manos Unidas, y colaboró con Santa Rita y en las cárceles. Por eso, no puede permanecer al margen de la actual situación y se puso a fabricar mascarillas. Le preguntó a una sobrina médica que trabaja en el hospital de La Candelaria y esta le aconsejó que le pusiera cuatro capas.

Lleva más de 150 fabricadas y todas las ha regalado. Las primeras fueron para el Centro de la Divina Providencia, donde está uno de sus hijos que tiene discapacidad, para agradecer todo lo que hacen por las personas más vulnerables de la Isla.

“Lleva mucho trabajo y mi casa no es una fábrica. Primero hay que quitarle el elástico a la sábana, que tiene dos por los lados, después hay que plancharlo con un paño de vapor, cortarlo en tres partes y, por último, volverlo a cortar del tamaño de la mascarilla”, detalla. Su hermano y su cuñada, que viven al lado de su casa, en La Asomada, la ayudan a cortar y planchar.

Inés cose mascarillas que regala a quienes las necesitan. DA
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“Cada vez las hago más homologadas”, bromea. Los últimos modelos “los abrió por la parte de arriba para poder meterle una servilleta de papel dentro y que protejan más.

El miércoles entró en Google para buscar una mercería y comprar elástico porque hasta el momento se lo proporcionaban varios miembros de su familia y se le había terminado. Por suerte, contactó con una y una amiga se comprometió a llevárselas.

Inés cose las mascarillas para quienes las necesiten y cree que es un trabajo que “lo podría hacer mucha gente de aquí, en lugar de traerlas de fuera”.

Dicen que de los mayores siempre se aprende e Inés es un buen ejemplo de ello. Su buen humor y su actitud ante la vida son un halo de esperanza. “Creo que el mundo va a cambiar y esta pandemia tiene que servir para reflexionar porque nos hemos vuelto muy egoístas”, sostiene.

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