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El ‘gran apagón’, un prólogo a los tiempos de la incertidumbre

Las sanciones millonarias a Red Eléctrica y Endesa por el cero energético del pasado septiembre llegan en plena crisis económica y con un mundo revuelto

Cero energético en Tenerife. DA
Cero energético en Tenerife. DA

En su relato ‘When the lights return’, el escritor nigeriano Ben Okri narra el viaje de un joven llamado Ede a través de una ciudad, presumiblemente Lagos, en busca  de María, su novia, con la que ha tenido una discusión después de que ella no quisiera tener sexo con él.  La proliferación de apagones en la ciudad debido al precario sistema eléctrico enfrentan a Ede con sus propias reflexiones y con un mundo de apariciones inquietantes. Cuando la luz vuelve y todo el mundo lo celebra, Ede recibe la noticia de que María ha fallecido. Un rato después,  Ede muere en una pelea después de que el vendedor de un mercado lo acuse de ser un ladrón. La luz, en definitiva, no devuelve la seguridad a esa Nigeria brutal y corrupta del África poscolonial.

La luz se fue en todo Tenerife el pasado 29 de septiembre a las 13:11 y no volvió completamente hasta las 22:25. Una avería en  una subestación de Granadilla de Abona que pertenece a Red Eléctrica provocó un colapso en el vulnerable sistema eléctrico de la isla. Esta semana, el Gobierno canario ha comunicado a Red Eléctrica, encargada de la red de transporte de la energía, que tendrá que pagar 30 millones de euros de multa por aquel incidente. Endesa, empresa generadora de esa energía, tendrá que pagar diez millones. Ambas se echaron la culpa una a otra cuando ocurrió el incidente. Ambas han anunciado alegaciones contra la decisión del Gobierno.  A ver dónde queda todo. El Ejecutivo canario ya impuso hace años una multa a Endesa de seis millones por un apagón  en 2010 y el Tribunal Superior de Justicia de Canarias la redujo luego a 600.000 euros.

Aquel día de septiembre pasado, recuerdo, estaba en una celebración familiar, a punto de comer la tarta. Como era al aire libre,  no se necesitaba encender la luz, así que no nos dimos cuenta del apagón hasta que sonó el teléfono y hubo que bajar rápido a escribir sobre el tema en el periódico.En Santa Cruz, la mayoría de semáforos estaban apagados, pero era domingo y eso apenas entorpeció el tráfico.  En la pizzería Convivio,  junto al Parque García Sanabria,  Giuseppe  tenía todas las mesas reservadas y no se dio por vencido. Echó mano de un horno de gas, unas velas y la linterna del móvil y convirtió su restaurante en un bullicoso juego de sombras donde la gente parecía haberse acostumbrado a la oscuridad, como si aquello fuera un almuezo en el otro mundo, todo lleno de almas ingrávidas despreocupadas por el miedo a la muerte de quines normalmente comemos pizza y tagliatelle.

Fuera había un tipo sudoroso con barba y aspecto compulsivo, vestido con ropa de deporte,  que caminaba por el parque a una velocidad impropia para un domingo sin luz eléctrica, acompañado de unos grandes cascos.  También hablé con una señora contenta de tener cocina de gas en casa. De esas que afirman que les gusta lo clásico y que cocinar con vitrocerámica es un sacrilegio para la gastronomía; de esas que sonríen por dentro cuando la vida les da la razón mientras rememoran la imagen su familia riéndose de ellas en Navidades por no haber cambiado de cocina en veinte años.

Pero de aquel día recuerdo, sobre todo, ese chispazo común que nos da cuando aparecen esos pequeños contratiempos, como una grieta por donde mirar la vida sin algo a lo que nos hemos acostumbrado demasiado: menuda dependencia que tenemos de la luz, a uno le quitan los artilugios y no sabe qué hacer, ya no podemos vivir sin el móvil. O en positivo: bueno, por lo menos dejamos de mirar las pantallas, la tarde ha estado bien, no hay que exagerar.Luego todo se resolvió, pero a los pocos meses empezó a sonar algo de un coronavirus en una ciudad china llamada Wuhan. Y en medio apareció una gran calima de duró varios días y paró los aeropuertos, y llenó de tierra la calle y el patio de casa, que hacía más difícil respirar, como si nos hubiéramos convertido en una ciudad del Sáhara ocupado.

“Ecos de la incertidumbre”. Así titulé un artículo. Ya se empezaban a acumular eventos negativos con aroma apocalíptico, entre apagones, pandemias , fenómenos atmosféricos, sequías, crisis ambientales. En algunos casos, sin relación entre ellos. No se trataba de establecer causalidades, sino de dejar constancia de una perplejidad.  Si fuera un escritor nigeriano, probablemente contaría la historia de un chico que se adentra por la noche de Lagos, fantasmagórica, peligrosa y sin luz.

Ahora, ese apagón casi parece una broma sin importancia. Una tarde anecdótica. Nos hemos pasado semanas encerrados en casa, saliendo al supermercado o a por el pan con miedo, pensando si habíamos rozado tal o cual cosa en un descuido. Hemos visto miseria política a raudales. Muchos seguimos contenidos, nos vemos con precaución, las celebraciones son a medias, con nuestros cuerpos atravesados por los meses de soledad y pensamientos obsesivos. Y con la incertidumbre de una economía, la canaria, paralizada por la falta de turismo, que podría caer  30 puntos en su PIB este año, según las previsiones más pesimistas.

Ayer, muchos meses después del apagón, tuve un ramalazo de optimismo en Bajamar mientras me daba un baño segmentado por horas. Había poca gente, el agua estaba limpísima, era casi verano y no había ningún agobio. Y pensé si no sería buena idea eso de reservar para ir a la playa y bañarse. Menos barullo, menos impacto en la naturaleza, menos horas al sol, menos cáncer de piel. Una nueva racionalidad playera.

Luego me fui al supermercado a comprar los ingredientes para una tarta. “Caballero, se le olvidó ponerse los guantes”, me dijo el señor de seguridad muy amable. Las peores palabras de esta crisis se las he escuchado a los políticos estatales. Más en la derecha que en la izquierda, lo pienso sinceramente. Pero a la gente normal que me encuentro le escucho palabras más bien amables. When the lights return, cuando vuelva la luz, que nos encuentre sanos.