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De camino a Tunte se ve racismo, pero no solo allí

En verano, las piernas se disparan rumbo a la playa, pero ahí están las historias, esperando a ser contadas
De camino a Tunte se ve racismo, pero no solo allí
De camino a Tunte se ve racismo, pero no solo allí
De camino a Tunte se ve racismo, pero no solo allí.

Hace ya diez años, durante unas prácticas de verano que hice en la mesa de cierre del periódico EL PAÍS, mi amigo Riccardo Iori -un estupendo periodista que acabó dejando el oficio por el camino de la vida- y yo hicimos un reportaje sobre el atasco que se había producido en el ascensor social español, aquel que permitía que alguien de la clase obrera pudiera, a través de becas y ayudas razonables, conseguir la preparación necesaria para mejorar las condiciones socioeconómicas en las que había nacido. Riccardo, sociólogo e hijo de la clase trabajadora italiana, que curraba  por las noches en los bares de Madrid para pagarse los estudios, llegó un día a mi mesa con un estudio de dos sociólogos, Ildefonso Marqués y Manuel Herrera, y puso ese gesto italiano un poco hiperbólico: “Jorge, essste essstudio esss muy intersante. Vamos a hacer un ‘Vida y Artes’ [que era un formato de dos páginas en la sección de Sociedad]”. Nosotros éramos dos inseguros que caminaban con vergüenza por una redacción de grandes nombres, pero en julio y agosto, la gente  se iba de vacaciones y dejaba libres algunos huecos que los becarios conseguíamos rellenar. Iori, más valiente que yo, se plantó delante del jefe de Sociedad y consiguió venderle el tema.

A mí no me resulta fácil escribir en verano. Las piernas se me van a la playa y prefiero vivir las historias que contarlas. O simplemente sentarme en la plaza del laurel de Indias de San Sebastián de La Gomera a escuchar un rato el cuerpo y soñar con que mi mujer se saca una oposición en la UE y yo me voy con ella por todo el mundo, escribo, pero no tengo que preocuparme por un sueldo. Una aspiración que, con la que está cayendo, es casi obscena. Pero, cuando hacía prácticas, yo aún no había caído en esas decadentes ensoñaciones, y aquel artículo fluyó como agua por barranco, buscando historias  personales sobre el atascado ascensor social y asomándonos a la historia de José María Llanos, el jesuita madrileño que pasó del nacional-catolicismo y de dirigirle  los ejercicios espirituales a Franco a asentarse, años después, en el Pozo del Tío Raimundo, un enclave chabolista a las afueras de Madrid. Allí se hizo comunista y fundó la Escuela Profesional 1º de mayo, que formó a muchos jóvenes humildes de aquellas chabolas que luego se convirtieron en estupendos profesionales.

Si hubiera hecho las prácticas aquí, podría haber escrito sobre el papel del catolicismo obrero en los procesos de empoderamiento popular en el sureste de Gran Canaria durante los años de la Transición.  Y si estuviera en esa isla ahora, me iría como un tiro a Tunte, protagonista del último episodio racista, hace solo un par de días, cuando varios vecinos intentaron evitar la llegada de un grupo de subsaharianos por miedo a que tuvieran covid, aunque las PCR que les habían hecho daban negativo. Con amenazas a periodistas incluidas.

Me pondría pantalones cortos y cholas, para no pasar calor, e intentaría escuchar durante unos días qué piensa la gente de ese pueblo que, según unos datos que he sacado de una página sobre ecobarrios de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, tiene 650 habitantes. Emularía, a lo cutre, a  Günter Wallraff, el periodista alemán que se disfrazaba de turco para comprobar el racismo de la sociedad alemana. Con tan poca gente, no podría pasar por tuntero -¿o será tuntense?-, pero algo haría.

Ya en 2006, según relataba Pepe Naranjo en un artículo de EL PAÍS, el Aula de la Naturaleza de Tunte fue quemada de manera intencionada cuando iba a utilizarse para alojar a 64 migrantes. Durante estos últimos meses, sin embargo, varias decenas de migrantes han estado alojadas allí y han vivido razonablemente bien, según los habitantes del pueblo y según me contaba ayer alguien de una ONG. ¿Cuánta gente había en las barricadas? ¿Por qué se dispara esa válvula racista? ¿El miedo al covid? ¿Algún mensaje xenófobo bien articulado que lleva tiempo difundiéndose por el pueblo? En eso de luchar contra el racismo, me parece bastante más útil estudiar lo que pasa en los barrios de nuestras islas que golpearnos el pecho pensando en la muerte de George Floyd a 10.000 kilómetros de distancia. En junio nos enteramos de que había varias decenas de migrantes tirados en el suelo de una nave en Las Palmas de Gran Canaria, y eso no ha cambiado demasiado.

Porque racista, al fin y al cabo, es también el entramado institucional que rodea al proceso migratorio, con gente que opta por vías inseguras y peligrosas ante la falta de cupos de trabajo que se puedan gestionar con facilidad en embajadas y consulados africanos.  Ayer, otro nuevo naufragio frente a las costas africanas. Al menos,cincuenta muertos.  Racista es también mantener a miles de personas a las que no puedes expulsar encerradas en una isla, como ocurre en Lesbos, cociéndose en su propia ansiedad. Racista es que la policía lleve directamente a los migrantes que no puede expulsar desde el CIE de Hoya Fría al albergue municipal de Santa Cruz, como me comentaron que había ocurrido varias veces fuentes del propio albergue hace unos meses. Racista es mantener durante varios días a la intemperie, en el Puerto de Arguineguín,  a migrantes que se han pegado un viaje de angustia. Racistas son algunas prácticas del Estado con apariencia de normalidad que no denunciamos  con rotundidad.

Igual no estaría mal que, en este pequeño y humilde país canario, cuyo nuevo estatuto le empieza a dar alguna competencia en temas migratorios, se  organice un Dirección General de Migraciones bien dotada, estable, monográfica, en lugar de una Dirección General de Derechos Sociales e Inmigración dependiente de una Consejería de Derechos Sociales que ya tiene suficientes tareas que cumplir por delante.  Tantas, que a quien preguntan en el Parlamento sobre migraciones es al consejero de Administraciones Públicas y Seguridad, Julio Pérez. Y quizá no se trate solo de las competencias, sino de que articulemos desde aquí, al sur del sur, frontera absoluta de la UE, un potente discurso migratorio, una referencia en el control del respeto a los derechos humanos. Si no, nos tendremos que resignar a escuchar cosas como los “barcos nodriza” de los que hablaba el otro día Ana Oramas en el Congreso, de donde supuestamente, según ella, salen otras pateras en alta mar. Un bulo, dice Frontex, según afirmaba ayer en su cuenta de Twitter el periodista Idafe Martín Pérez.

Y mientras siguen llegando los cayucos, llega también el presidente, Pedro Sánchez, de vacaciones a La Mareta, en Lanzarote, la residencia que el rey de Jordania le regaló a Juan Carlos I, ya fuera de España en medio de disputas sobre si debió esperar o no a responder antes frente a la justicia por sus supuestos devaneos corruptos. A La Mareta dejó de ir cuando falleció allí su madre, María de las Mercedes, el 2 de enero del 2000.  En Lanzarote está también otro socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, con casa cerca de Famara. Por allí se acercará el presidente canario, Ángel Víctor Torres. Y podrá hablar con Sánchez de estas islas que luchan por atraer turistas para no caerse por el despeñadero en el que ya habitan muchos migrantes.

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