Arafo

El confinamiento pudo con Nicomedes, el último pastor de Izaña

Ha vendido su rebaño de cabras, pero a sus 86 años, no descarta reunir pronto otro para “seguir trajinando” en Chivisaya, a donde sigue subiendo casi todos los días desde Arafo

Nicomedes mantiene a su fiel perro Moreno y “unas cuantas cabras” para “seguir trajinando” / F.PALLERO

El confinamiento y una operación de rodilla de su mujer, Eva, pudieron convencer a Nicomedes Carballo Fariña, el pastor más veterano de Tenerife, para vender su rebaño de cabras, en torno a unas 80.

Sin embargo, el hijo de Juan de Izaña, el último pastor de Las Cañadas del Teide, confía en que pronto volverá a reunir a otro rebaño y con esa intención se ha quedado, en los altos de Arafo y Candelaria, en Chivisaya, con tres cabras, dos machos y un par de ovejas. “Tengo 86 años, pero todavía me quedan 70 para seguir pastoreando”, señala con una media sonrisa, aunque la tristeza, cuando recuerda su rebaño, es más que patente en su rostro surcado y agrietado por el sol y por miles de horas pastoreando por los montes o por sus 27 años abriendo galerías como canalero en Tenerife, El Hierro y La Palma.

“Soy pastor desde niño, desde que acompañaba a mi padre, pero tuve que compaginarlo durante 27 años con la de canalero, me llamaban el Negro, porque siempre estaba tiznado”, comenta sobre aquello años en la que convivió con la muerte en los talones.

En el rostro de Nicomedes queda huella de su duro trabajo de canalero y pastor, “pero aún me quedan 70 años”, comenta. / F.PALLERO

Ayer, como casi todos los días, Nicomedes subió a su cobertizo de Chivisaya, a casi mil metros de altitud, ya no solo para alimentar el pequeño ganado que aún mantiene, sino “para trajinar en mis cosas” y no perder así el contacto con la que ha sido y sigue siendo su vida, la de un pastor. Allí, ahora sin su esposa Eva, convaleciente aún en casa de una operación de rodilla – “gracias a Dios está muy bien, salió todo bien”, comenta-, pasa las mañanas con su fiel perro Moreno y un cachorro de este que ya ha aprendido a gobernar a la cabras que ahora ya no tiene, pero que piensa tener. “Si todo va bien con mi mujer me gustaría volver a reunir un rebaño, porque todavía no pienso retirarme”, lo dice convencido, con ganas de volver a hacer ese queso que muchos hemos saboreado con un vaso de vino blanco, como no hace mucho, antes del largo confinamiento, en una visita con el alcalde Juan Ramón Martín y el cura de Arafo, Simón Herrera. Nadie nos hubiéramos imaginado entonces que Nicomedes Carballo terminaría quitando esas cabras que le daban la vida.

Junto a su esposa Eva, el alcalde y el cura de Arafo, a finales del año pasado/ SERGIO MÉNDEZ

Sin familiares que se sigan la saga de los viejos pastores de Izaña – “a mis nietos no les gusta ni la carne ni la leche de cabra, solo yogures y galletitas, algo que yo no he probado en mi vida”, señala con pesar- Nicomedes Carballo se aferra a él mismo para seguir con el pastoreo, más como una forma de vida que por el negocio. “He estado tanto con mis cabras que soy una cabra más”, le gusta comentar. Recuerda que “una vez vino un técnico del Cabildo a hacerle un análisis a las cabras y se molestó porque puse en duda sus conocimientos. Le dije, a mí no me hacen falta estudios, yo con el sonido del grillete no solo sé donde están, sino de que pata cojean”.

Lleva semanas, dice, que apenas puede dormir, porque echa de menos “levantarme a las tres de la mañana y ordeñar las cabras y antes de salir el sol sacarlas hasta la carretera con Moreno”, ahora solo subo por la mañana para ver las que quedan en el corral o los machos en el barranco”, relata, mientras se apoya en un largo palo, “porque la cadera no da más de sí”, aunque tiene claro que “no quiero acabar en los bares o frente a un televisor”, recociendo que cuando está su casa de Arafo se siente agobiado.

Nicomedes Carballo Fariña nació hace 86 años en La Orotava, y tras ayudar a su extensa familia en Izaña, se trasladó a temprana edad a los altos del otro valle, el de Güímar, en donde formó su propio rebaño cuando ya no trabajaba de canalero.

Se ha quedado con algunas cabras y machos con la esperanza de volver a tener un rebaño / S.M.

Nicomedes es hijo de Juan de Izaña, de la estirpe de los últimos pastores de Las Cañadas del Teide, de donde desapareció el pastoreo en 1954 cuando fue declarado Parque Nacional y con él buena parte de las siete cañadas o senderos que recorrían pastores de todo Tenerife con sus cabras. “Hoy esos caminos apenas son transitados, y se encuentran en muy mal estado”, recuerda nuestro protagonista en su cobertizo y corral de Chivisaya, justo en el kilómetro 10 de la carretera que va de Arafo hasta El Portillo, que arrendó hace unos 20 años.

No recuerda haber tenido una enfermedades, “apenas he ido al médico”, y agradece “a la marquesa”, como llama a su mujer que le siga dejando beber unos cuantos de vasos de vino al día, “porque me he bebido un río”, afirma con su sonrisa socarrona.

Su dilatada vida ha estado ligada siempre a las alturas, ya sea sacando agua del interior de El Hierro, La Palma o Tenerife o pastoreando por los montes y barrancos de Tenerife, trabajos que compaginó hasta los 65 años, cuando dejó las galerías y solo se dedicó al pastoreo.