entrevista

Rafael Yuste: “Me quedé de piedra cuando Obama utilizó las palabras que escribí en el borrador del proyecto BRAIN”

El neurobiólogo y profesor de la Universidad de Columbia, de origen palmero, cuenta en esta entrevista exclusiva con DIARIO DE AVISOS cómo le pilló a traspié que el Gobierno de Estados Unidos decidiera apostar por su iniciativa como eje científico de la Administración Obama
Rafael Yuste
FOTO: Laboratorio Rafael Yuste de la Universidad de Columbia, Nueva York

Lleva toda su vida entregado a la investigación del cerebro. Le preceden nombres como Ramón y Cajal o Lorente de No, españoles que, como él, han dejado huella por sus hipótesis y teorías sobre el funcionamiento de nuestro órgano más singular y enigmático. El neurobiólogo Rafael Yuste (Madrid, 1963) es profesor de la Universidad de Columbia desde 1996, y sus trabajos han versado, fundamentalmente, sobre descifrar qué se esconde tras el sistema neuronal; cómo “pensamos, recordamos y aprendemos”. Así lo dijo, durante el discurso sobre el estado de la nación de febrero de 2013, el presidente estadounidense Barack Obama, que escogió el proyecto BRAIN ideado por el madrileño de origen palmero como eje del programa científico de su Administración. Una noticia que, según confiesa Yuste en esta entrevista en exclusiva con DIARIO DE AVISOS, le pilló a traspié. No se lo esperaba, pues competía con iniciativas como llevar a un humano a Marte o el diseño de un vehículo no contaminante. Sin embargo, al final se impuso la suya, que consiste en el desarrollo de herramientas para mapear el cerebro y descubrir, así, cómo y por qué lo atacan enfermedades como el Alzheimer o la esquizofrenia. Eso sí: para evitar que estas técnicas, que pueden suponer un antes y un después para la humanidad, se nos vayan de las manos, el científico también trabaja, desinteresadamente, con distintos gobiernos y organismos internacionales en un nuevo concepto: los neuroderechos.

– ¿Cómo ha vivido la pandemia al otro lado del Charco?
“Trabajando. Mantuvimos el laboratorio abierto porque pensamos que la mejor manera de contribuir en este momento tan difícil era haciendo ciencia; la mejor ciencia que podamos. No trabajamos directamente en epidemiología, no somos virólogos, pero somos científicos y médicos, y creo que esto nos ha hecho darnos cuenta de que tenemos la responsabilidad conjunta de sacar a la humanidad adelante en todas estas crisis”.

– ¿Las vacunas son sinónimo de esperanza para salir de esto?
“Sí. Creo a pies juntillas en la potencia y la fiabilidad de la ciencia y la medicina y de mis colegas expertos en estos temas. No tengo ninguna razón para dudar de sus opiniones. Creo, al igual que la comunidad científica, que las vacunas están protegiendo en un porcentaje altísimo a la población de la enfermedad, y que desde que suficiente gente se vacune los brotes de virus se apagarán porque no habrá propagación. Ese sería el futuro lógico, siempre que el virus no cambie de manera que las vacunas no puedan protegernos”.

– Los remedios disponibles se han desarrollado en tiempo récord, y para ello se han invertido grandes cantidades de dinero. ¿Es siempre cuestión de inversión, o hay algo más?
“El factor humano es el más importante en todo esto. Necesitas equipos de gente preparada, inteligente, y que tenga la voluntad de llegar a una meta común. El dinero es importante y necesario, pero hay muchas cosas que se hacen en ciencia, en medicina y en la humanidad en general con muy poco dinero, o incluso sin dinero. Yo animaría a pensar que el factor humano es el factor crítico. Me siento muy orgulloso de que en menos de nueve meses tengamos tres vacunas ya, y más que vienen. Es bastante impresionante lo que ha ocurrido”.

– Se dice que la tecnología del ARN mensajero, que ha permitido hacer vacunas rápidamente, abre una puerta a reducir los plazos actuales en la investigación. ¿Eso no es lo que busca el proyecto BRAIN? ¿Dar herramientas para futuras investigaciones?
“Sí, de hecho lo original del proyecto BRAIN es que está enfocado estrictamente a desarrollar herramientas. Esto es algo que nunca había ocurrido en neurociencia. Sí en biología molecular, con el proyecto del genoma humano, que también se basó en desarrollar herramientas para secuenciar el genoma. Para eso contamos con personas a las que les gusta fabricar herramientas: ingenieros, científicos, expertos en electrónica, físicos, matemáticos…, gente que, como yo, somos manitas, nos gusta hacer herramientas. Esto creo que tiene muchísima importancia, porque es una cuña que abre el futuro de la ciencia; permite profundizar en temas de los que por ahora solo se conoce la superficie”.

– ¿Y cómo surgió? ¿Qué pasó en septiembre de 2011 en Buckinghamshire (Reino Unido)?
“Fue una reunión de tormenta de ideas para discutir por qué la neurociencia no avanza; por qué está atascada desde 1963, en términos de una teoría general que explique cómo funciona el cerebro. Los neurobiólogos estamos aprendiendo muchísimas cosas del cerebro, pero no tenemos una teoría general. Es como los biólogos moleculares antes de que sugiera el modelo de la doble hélice del ADN. En ese mitin nos reunimos 25 personas de varios sitios del mundo y de distintas disciplinas: neurobiólogos, nanocientíficos, físicos, biólogos moleculares… y nos pidieron a cada uno nuestra opinión. La mía fue que era un problema de métodos: la neurociencia no avanza porque los métodos que utiliza son muy anticuados, necesitamos métodos nuevos para abrir camino. En concreto, los métodos que faltan son para registrar la actividad del cerebro, pero no de neurona a neurona, sino de todas a la vez. Hice el símil de una pantalla de televisión: imagine que el cerebro es como una pantalla y cada neurona es como un píxel, si quiere ver la pantalla píxel a píxel se va a volver loco, nunca se va a enterar de nada. Tiene que verlos todos a la vez para ver que hay una imagen en esa pantalla, y para poder hacer eso en el cerebro necesitamos registrar la actividad de muchas neuronas a la vez. Y esa tecnología no existe. Esa fue mi propuesta, que fue muy criticada en esta reunión, pero de los 25 hubo cuatro personas más que me apoyaron, y con ese grupito, esa misma noche empezamos a escribir un borrador de un proyecto para desarrollar tecnología a gran escala para inventar herramientas que midieran la actividad de circuitos neuronales enteros”.

– ¿Y qué hicieron cuando terminaron el borrador?
“Se lo mandamos al presidente Obama, a la Oficina de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca, en diciembre de 2011. Y el mismo día que se lo mandamos nos contestaron que les encantaba, y a partir de ahí ya empezó una relación entre el grupo nuestro y la Casa Blanca que duró un año y medio. Fuimos cinco veces, y durante ese periodo armamos la estructura del proyecto, que fue el que después presentó Obama en febrero de 2013, en el discurso del estado de la nación, como el gran desafío de ciencia y tecnología para el siglo XXI de Estados Unidos”.

– Que el presidente Obama presentara su proyecto como un eje de su Administración, ¿le pilló a traspié, o ya estaba sobre aviso de que iba a anunciarlo?
“Nos pilló completamente a traspié, porque con la Casa Blanca no hay caminos de ida y vuelta; la información va, pero no vuelve. Tú les das todo lo que piden, pero ellos no te dicen lo que quieren hacer. Y me lo explicaron: No podemos deciros lo que vamos a hacer, porque si os lo decimos puede cambiar la situación y aparecerán muchos grupos de presión y lobbies. Por eso lo mantuvieron en secreto. Es más, durante seis meses dejaron de llamarnos y pensamos que se habían olvidado de nosotros o que habían optado por otros proyectos que estaban mirando, como uno de mandar a un hombre a Marte, otro de coches que no contaminan, otro de energías renovables… creímos que nos habían dejado caer. Y de repente Obama lo presenta en público. Yo ahí me quedé de piedra, porque utilizó las mismas palabras que había escrito en el borrador, y lo sé porque habíamos cometido un error en una de las cifras, que luego corregimos, pero él citó la cifra inicial. Entonces nos dimos cuenta de que era nuestro proyecto, que iba a ser el proyecto estrella, y a partir de ahí nos disolvimos”.

– ¿A qué se refiere?
“Nos disolvimos, en parte, porque el sistema de conflicto de intereses de Estados Unidos es muy estricto: los que proponen el proyecto no pueden estar recibiendo el dinero. Para evitar cualquier atisbo de conflicto de interés, ninguna de las cinco personas fuimos parte del grupo que lo desarrolló, y ninguna recibió fondos del proyecto BRAIN en los primeros años. Impecable. Un grupo independiente de nosotros reformuló el proyecto de BRAIN, ya dentro del Gobierno de Estados Unidos, y hasta le cambiaron el nombre; el nuestro era Brain Activity Map (Mapa de actividad cerebral) y lo cambiaron a BRAIN (acrónimo de Proyecto de mapeo de la actividad cerebral). Pero el grupo que nos siguió confirmó todas las cosas que habíamos dicho; fue como el espaldarazo definitivo. Y luego, una vez que se lanzó oficialmente, nos llamaron a algunos para ser miembros del Comité Asesor, un puesto rotatorio cada tres años. Yo estuve allí, pero ni dirigía el proyecto ni recibía dinero. De hecho, no he recibido dinero del proyecto BRAIN hasta justo este año, que es la primera vez”.

– ¿Podríamos definir algo tan sencillo como un pensamiento?
“Eso es lo que estamos intentando averiguar. No lo sabemos con certeza, pero tenemos una teoría que es consistente, con nuestros datos y los de otra gente: piense que 100 o 1.000 de los 100.000 millones de neuronas del cerebro disparan a la vez. Estas neuronas pueden estar en distintos lugares del cerebro, pero cuando eso ocurre creemos que tiene un pensamiento, una idea, un concepto mental de algo interno o externo. Y esto lo hemos demostrado en ratones; que cuando un grupo de neuronas se dispara en la corteza visual del ratón, él se comporta como si estuviera viendo algo del exterior. Entonces, para nosotros es, si no un pensamiento entero, una pieza, un trozo de un pensamiento. Esa es la hipótesis en la que estamos trabajando en el laboratorio para intentar confirmarla. La llamamos Hipótesis de los Conjuntos Neuronales y es una idea que viene de antaño. De hecho, la primera persona que sugirió una cosa así fue un discípulo de Ramón y Cajal que se llamaba Lorente de No. Él fue el primero que lo sugirió; llamaba cadenas a estos conjuntos neuronales”.

– ¿Qué tecnología se emplearía para hacer ese mapa?
“Se están utilizando tecnologías de todo tipo. De hecho, el proyecto BRAIN es como una carrera con muchos caballos, a ver cuál llega el primero. Hay tecnologías ópticas, con láseres; hay otras magnéticas; electrónicas; otras que vienen de la nanociencia, con sensores nanométricos; otras que son químicas y otras que son moleculares. Y luego hay tecnologías, también, de inteligencia artificial y de matemáticas. Todo este grupo de gente, que somos científicos, médicos, ingenieros, físicos, químicos, matemáticos, informáticos… estamos trabajando en paralelo para desarrollar estos métodos”.

– ¿No es similar a lo que proponía en su tesis doctoral, la técnica del Calcium Imaging?
“Precisamente por eso estoy yo en el centro del nacimiento del proyecto BRAIN, porque toda mi vida, desde que tenía 24 años, he estado trabajando en esto; en desarrollar técnicas ópticas para medir la actividad de conjuntos neuronales. Es como la pasión de mi vida, siguiéndole la pista a Lorente de No. Cogiendo la antorcha de una generación a otra. Intentando demostrar la hipótesis mediante óptica. Esta técnica, que desarrollé durante mi tesis y que ahora es muy popular y se utiliza en todo el mundo, es un ejemplo del tipo de tecnologías que pueden ser desarrolladas por el proyecto BRAIN”.

– ¿Ha habido cambios en la financiación al llegar Donald Trump a la Casa Blanca?
“No, no ha habido cambios, porque una ventaja del sistema norteamericano es que la financiación del Estado no depende del presidente de Estados Unidos, sino del Congreso y del Senado. Son ellos los que manejan el dinero. Pero cuando llegó Trump al poder intentó recortar el presupuesto de Ciencia el 30%, imagínese. Por eso pasé de estar cinco veces con Obama en la Casa Blanca a, durante la presidencia de Trump, estar una vez, con la diferencia, además, de que con Obama estaba dentro, y con Trump, fuera con una pancarta protestando. Entonces, a pesar de la burrada que quiso hacer, el Senado y el Congreso, tanto los republicanos como los demócratas, dijeron que ni hablar. Y no solo mantuvieron la financiación del proyecto BRAIN, sino que la aumentaron más de lo que se iba a hacer inicialmente. En resumidas cuentas: sigue imparable. Estamos en el quinto año de 12. El presupuesto para este ejercicio es de 540 millones de dólares, y a este ritmo de inversión se espera que se inviertan alrededor de 6.000 millones de dólares en sus 12 años de duración”.

– Y, cuando transcurra ese tiempo, ¿qué es lo que esperan obtener? ¿qué le dejará el proyecto BRAIN a la humanidad?
“Una serie de herramientas, que pueden ser ópticas, magnéticas, electrónicas o todas las que hemos mencionado, para registrar y cambiar la actividad del cerebro. Con estas herramientas se podrán hacer tres cosas: en primer lugar, los científicos podrán investigar el cerebro, de animales o de personas, y ver por fin esa pantalla de televisión y describir una teoría general de cómo funciona. La segunda tiene que ver con la clínica; todas las enfermedades neurológicas y mentales prácticamente no tienen cura porque no entendemos qué le ocurre a estos pacientes porque, a su vez, no entendemos cómo funciona el órgano. No puedes corregir el órgano si no sabes cómo funciona. Con estas herramientas vendrán asociados muchos diagnósticos nuevos y también terapias nuevas. Y la última consecuencia de todo esto, y es la razón que dio Obama para convencer al Congreso, es económica: se espera que estas herramientas den lugar a una nueva tecnología, la neurotecnología, que puede revolucionar la industria de las computadoras. De hecho, el año pasado ha habido un sorpasso y las compañías tecnológicas de Estados Unidos están invirtiendo hasta cuatro veces más que BRAIN. Ahora mismo, la empresa privada se está metiendo una inversión enorme, gigantesca, para desarrollar estas tecnologías. La idea que tienen Facebook, Google o Microsoft es que el iPhone del futuro sea un dispositivo cerebral; lo que llamamos una interfaz cerebro-computadora, que luego te puedas poner un casco o una diadema y te conecte directamente el cerebro con la red”.

– ¿De ahí surge la iniciativa que usted ha abanderado sobre los neuroderechos, para que la neurotecnología tenga líneas rojas?
“Ya en el borrador que le mandamos a Obama pusimos un párrafo sobre lo importante de examinar las consecuencias éticas y sociales de estas tecnologías. El presidente Obama no hizo nada serio en este sentido; es una pelota que dejó caer porque pensó que quizá se abordaría más adelante, pero cuanto más avanzamos en el proyecto BRAIN y en toda la neurotecnología, sobre todo las empresas privadas, más importante es cubrir el aspecto ético y social. Y de ahí que un grupo de 25 personas que ayudé a nuclear y a formar nos reuniéramos aquí en la Columbia en 2017 y propusiéramos una serie de reglas éticas para la neurotecnología y la inteligencia artificial. Y en esas reglas lo que decimos es que es un problema de derechos humanos. Lo que hay es que definir nuevos derechos humanos, los neuroderechos, que sirvan como guardarraíles para que esta tecnología se utilice para el bien de la humanidad, que no tenga consecuencias negativas. Y desde entonces hasta hoy estoy involucrado en, aparte de llevar mi laboratorio, diseminar esos neuroderechos, para que sean adoptados y protejan a la humanidad de los abusos potenciales de las tecnologías”.

– En concreto, trabaja a tres bandas: Chile, Estados Unidos y España, ¿no?
“De momento en esos tres países, pero estamos en conversaciones incipientes también con Naciones Unidas, con la Comunidad Europea, con Kenia, Argentina, México… estamos empujando este tema en todos los sitios que podemos”.

– ¿Cómo decide dedicarse a la neurobiología? ¿De dónde le surge el interés?
“Desde niño, tiene que ver con mis padres. Cuando tenía 14 años, mi madre me regaló por mi cumpleaños un libro que se llama Cazadores de Microbios, en el que se describen las vidas de bacteriólogos famosos del siglo XIX, que descubrieron cómo las bacterias generaban las enfermedades infecciosas. Este libro, que lo tengo aquí [señala un lugar de su estudio], fue muy influyente para mí, porque gracias a él me decanté por dedicarme a la investigación biomédica. La idea de ser un científico que pasa sus noches en el sótano mirando por el microscopio, descubriendo secretos que pueden ayudar a la humanidad, me pareció fascinante. Y esto se reforzó cuando, unos años más tarde, a los 18, me regala mi padre el libro de Cajal Los Tónicos de la Voluntad, que son consejos para los jóvenes investigadores, y ese libro también lo tengo en mi oficina de Nueva York; ese ejemplar, que lo leo de vez en cuando porque es el maestro que te está hablando a ti directamente, me hizo darme cuenta de que quería ser como Cajal. Estudié medicina para hacer eso, hice el doctorado para hacer eso, me especialicé en microscopía de láseres para hacer eso. Aunque los microscopios que utilizamos ahora son mucho más complejos que los que usó Cajal, los que había en el siglo XIX. Pero la esencia es la misma”.

– Por último. Usted fue discípulo de dos premios Nobel, Sydney Brenner y Torsten Wiesel, en Cambridge y Nueva York. ¿Se ve ganando algún día ese reconocimiento?
“No lo sé. Nosotros no nos metemos en la ciencia para ganar premios. Yo, sinceramente, haría esto aunque no me pagasen, de verdad. Aunque no me pagasen, iría al laboratorio a mirar por el microscopio para descubrir más sobre nuestras neuronas. Cuando te dan un premio, en realidad se reconoce la labor de un grupo de personas; se lo dan a gente que trabaja con otra gente. Yo no sé si me van a dar un premio o no en el futuro, pero a personas como Brenner y Wiesel las tengo en mente continuamente. Pasé mucho tiempo con ellos formándome, y con otra gente que no recibió el Premio Nobel pero es también muy buena. Por eso muchas veces, cuando estoy pensando sobre lo que hay que hacer e interpretando nuestros resultados, pienso que es un diálogo: lo más importante es pasar la llama de la ciencia de una generación a otra. Si te dan un premio o no da lo mismo. Yo estoy entrenando a gente joven para pasarle la llama que recibí yo de estos científicos tan importantes, como Wiesel y Brenner, y encender su antorcha para que ellos, en el futuro, también sigan el diálogo mental conmigo o con aquellos que les enseñen, y que la bola de la ciencia siga rodando”.

TE PUEDE INTERESAR