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No hay una sola mirada que lo diga todo de la realidad migratoria

El Festival MiradasDoc organizó ayer un encuentro donde se cruzaron las voces de artistas, migrantes del pasado y el presente y gente del público ávida de luchar contra el racismo
No hay una sola mirada que lo diga todo de la realidad migratoria
No hay una sola mirada que lo diga todo de la realidad migratoria

Hay una película americana, ‘How to make an American Quilt’, basada en una novela de la escritora Whitney Otto, donde un grupo de mujeres con historias vitales dispares teje, en un pequeño pueblo estadounidense de bonitas casas con porche, un edredón como regalo de boda para una joven estudiante universitaria encarnada por Winona Ryder. Cada una de ellas teje su parte, donde dibujan su particular experiencia sobre el amor, y luego las unen todas, formando un conjunto de historias para abrigar al futuro matrimonio.

No hacía falta edredón alguno ayer en Guía de Isora, soleada, limpia y casi un sueño paradisíaco para quien viniera de la plomiza La Laguna. Pero sí se tejieron varias historias migratorias, algunas muy recientes, en un encuentro organizado de manera casi espontánea, a lo largo de esta semana, por la XIV edición del Festival Miradas Doc, en Guía de Isora, aprovechando que ayer se exhibía ‘Stolen Fish’, una película documental de la directora polaca Gosia Juszczak que refleja las consecuencias que ha producido el expolio del pescado de Gambia por parte de China y los países occidentales. Uno de sus protagonistas, Abou, se debate sobre si migrar o no. Otro, Paul, intentó llegar a Europa a través de la ruta mediterránea, pero fue detenido en Libia y pasó año y medio encerrado en pésimas condiciones. Cuando lo soltaron, lo deportaron a Gambia. La tragedia, entonces, fue la presión social de no haber llegado a Europa para poder ayudar a su familia.

Más suerte tuvo Abdou, senegalés, que llegó Gran Canaria en 2006, durante la llamada ‘crisis de los cayucos’, y terminó, tras un largo periplo por la Península, asentado en Canarias y con dos hijos. Ayer, justo antes de entrar al encuentro, pedía varias pulgas de pollo con tamaño de bocadillo para un grupo heterogéneo donde había varios jóvenes migrantes llegados recientemente. “¡Qué grandes estas pulgas!”, decía. “Es que esto es el sur”, respondía vacilando el músico de reggae Baba Sall, también senegalés, que llegó por avión en 2010 sin saber nada de español y sudó la gota gorda hasta que consiguió regularizarse en 2015 y vivir tranquilo. Mientras los demás desayunaban, él contaba los avatares de sus primeros años. “Es importante tener un objetivo. Yo vine por mi música, me preparé para eso. Lo había intentando antes a través de Turquía. Y tenía claro que quería venirme a Italia, Francia o España”. Ya dentro de la sala, Baba recuerda que la mayor parte de los migrantes llega por avión, pero que impactan los cayucos porque son son una migración pobre. Gosia Juszczak, la directora polaca, cuenta que Abou finalmente resolvió su dilema sobre si emigrar o no y decidió marcharse de Gambia hace unos meses. Llegó a Canarias y luego lo trasladaron a Sevilla, pero ahora intenta hacer la entrevista para la solitud de protección internacional y no le dan cita.

En la mesa hay también un joven veinteañero gambiano que llegó hace unos meses. “He venido aquí, como cualquier otro inmigrante, a mejorar”, dice en wolof, traducido por Abdou. “Las razones para venir son muy diversas, unos por problemas políticos, otros por problemas sociales, otros, por problemas familiares”, continúa. “El trayecto ha sido muy duro, casi hemos llegado a la muerte”, añade. “En África, siempre pensamos que, al llegar a Europa, la vida va estar ya hecha, pero la realidad es diferente. Hay muchas diferencia culturales, y cuesta un poco adaptarse, pero estamos contentos con la manera en la que nos han recibido”.

“No deberíamos tener que emigrar. Porque si hablamos de riqueza, África es el continente más rico”, dice Abdou. “Si emigramos, es por algo. Dejar a tus padres, a tu familia, a tu tierra, es por algo. Si arriesgo mi vida en una patera es para mejorar mi vida y la de mi entorno”, explica. “Uno prefiere lanzarse al mar que no tener dinero para llevar a su madre al médico”, cuenta. “Es un tema muy complicado. Además, imagínate lo que supone para un senegalés que lo metan en Las Raíces a ocho o cinco grados, cuando un senegalés no ha estado nunca a menos de quince grados”.

Del público hay también quien teje su parte del relato. Como un señor muy vehemente que se explaya hablando de la dependencia colonial de los países africanos, condicionados aún por las viejas metrópolis, bien se llame Francia en el caso de Senegal o Reino Unido en el caso de Gambia. No podemos obviar, recuerda, nuestra cercanía geográfica a África. “Desde Fuerteventura se ven las luces de Tarfaya. Y desde Tarfaya las de Fuerteventura”, afirma el señor con intensidad.

“¿Qué se puede hacer ante el auge de la ultraderecha para que calen otro tipo de mensajes positivos sobre la emigración?”, preguntaba un joven entre el público.

“Los medios nos venden cosas falsas, con esas imágenes de pobreza y guerras sobre África. Y eso genera xenofobia”, reflexionaba Baba. “Pero también allí hay vida”.

Anna Alboth, también polaca, es una periodista que trabaja en una organización llamada Minority Rights Group Europe y lleva trabajando tiempo con Gosia Juszczak en el proyecto de ‘Stolen Fish’. Ayer también aportó sus reflexiones: “He visitado muchos campos de migrantes en Europa y he visto buenas soluciones y malas soluciones. Y creo que las de aquí no son buenas. No sé cómo cambiar la política del Gobierno, pero sí sé qué puedo hacer yo”. E hizo una defensa de la experiencia personal como forma de enfrentar la xenofobia. “El miedo vive de la falta de información y de experiencia. Si cada uno busca su propia experiencia..”. Y puso como ejemplo su país, donde el racismo está desatado a base puro imaginario fantasmagórico, pues hasta allí apenas llegan africanos. “Tienen ustedes una oportunidad”.

“La gente ha invertido todos sus ahorros en venir aquí”, cuenta el joven gambiano. “Si los devuelven a África, no tienen nada”, dice. “Cuando oímos que va a haber deportaciones, la gente pasa mucho miedo. Ni siquiera duerme”. Cada uno teje su trozo de tela.

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