Tenerife

José González, emigrante canario: “Tuve mi primer camión con 20 años”

Este palmero, que llegó a Venezuela en 1950 a bordo del Doramas, cuenta cómo consiguió salir adelante con 17 años

José González emigró a Venezuela en 1950 con 17 años, en el barco Doramas. / Fran Pallero

José González pasó 12 años de su vida en Venezuela, país al que llegó con 17 años a bordo de uno de los denominados barcos fantasmas de la inmigración, el Doramas. Lo hizo en 1950, cuando aún era ilegal la inmigración a Venezuela. DIARIO DE AVISOS relató su viaje, tan parecido al de muchos de los que hoy llegan a las costas canarias, y tan diferente porque, como él mismo relató, su viaje le permitió llegar a un país en el que se ganó la vida, una nación “rica y grande” que abandonó cuando el miedo por lo que le podía pasar a su hija fue más grande que sus ganas de seguir progresando. Esta es la historia de su lucha y de cómo, a los 21 años, ya tenía su propia flota de camiones, vehículos que empezó a conducir sin tener el carné correspondiente, “me lo dieron cuando ya llevaba años conduciendo camiones, pero también un autobús escolar y un taxi”, cuenta José González.

Y es que este palmero comenzó a conducir camiones con 15 años. Precisamente con el dinero que se sacó conduciendo camiones pudo pagarse las 5.000 pesetas que le costó el pasaje del Doramas. En el reportaje que DIARIO DE AVISOS publicó la semana pasada, la historia de José González se interrumpía con su salida del Centro de Recepción de Inmigrantes El Trompillo. De allí salía a trabajar a una finca de caña de azúcar donde, por un bolivar la tonelada de caña pelada y cortada, podía ganarse la vida durante dos años (el tiempo que el Estado venezolano estimaba tardaría en devolver los gastos de su manutención como migrante irregular). Don José sabiendo lo que le esperaba no se lo pensó dos veces y antes de llegar a la finca en cuestión se fué hasta la carretera con un compañero y cogieron una guagua que los llevaría primero a Puerto Caballo y de allí a Caracas. “Llegué a Caracas con 17 años. Yo iba con el nombre de un conocido en el bolsillo, con la idea de que me echara una mano”. Y es que, lo habitual era que los canarios que llegaban a Venezuela lo hicieran ya con las señas de otro isleño que hubiera llegado antes. Estos les buscaban un lugar donde dormir y le encontraban un trabajo, hasta que por fin conseguían la residencia y la cédula. Los isleños se dedicaron principalmente a explotaciones agrarias, restauración y comercio. Y precisamente un bar era el lugar al que se dirigía José González, con la suerte, como él mismo recordaba, de que “el bar estaba a 200 metros de la parada de la guagua en la que me bajé. Yo iba con mi maleta y no conocía nada de Caracas, imagínese si hubiera tenido que ir por esas calles cargado con la maleta, me hubiera perdido seguro”.

Allí estuvo viviendo un año entero. “Dormía en el tinglado que tenían en lo alto del bar. Allí dormía más gente y como yo fui el último en llegar la cama la tenía por fuera de los cuartos que estaban más cerrados”. Cuenta que en 15 días ya había conseguido trabajo. “Me coloqué como chofer, sin carné ni nada, manejando un camión. Me recomendaron, me probaron, y me contrataron. Me encargaba de llevar la piedra de una cantera a la picadora, ahí no había guardia ni nada que me pidiera el carné”.

Al año, se buscó otro trabajo, también como conductor, esta vez de una guagua escolar, empleo que compatibilizó con la conducción de un taxi. Cuando se le pregunta a don José si finalmente consiguió el carné de conducir camiones, una sonrisa se dibuja en su cara y también un nombre le viene a la mente, el de María Luisa. “Jamás olvidaré la ayuda que me prestó esa señora. No se si es que le caí bien o qué, lo que sé es que gracias a ella conseguí el carné, porque entonces, el de camiones, no te lo daban si no tenías una finca, y justificabas que lo necesitabas para llevar los productos al mercado”.

Como don José tampoco tenía la edad necesaria para conducir un camión, una triquiñuela con su pasaporte le permitió conseguir una cédula de identidad venezolana, y con ella el carné de conducir. “La hermana de doña María Luisa sumergió el pasaporte en agua, y claro ya no se leían bien los datos, así que, cuando me sacaron la cédula de identidad me pusieron como ocho años más de los que tenía. Con eso y el pasaporte pude conseguir el carné”, recuerda sonriendo.

Puede que fuera suerte la que tuvo don José conociendo a gente que le ayudó en su camino, pero su esfuerzo para no defraudar la ayuda no fue menor. “Para comprarme mi primer coche, también tuve ayuda, el dueño de la compañía de autobuses me consiguó un Mercury por 12.000 bolívares, dinero que tenía que pagar a razón de 1.000 bolívares al mes durante un año. Así que terminaba de trabajar en el autobús a las siete de la tarde, y me cogía el taxi para seguir trabajando”. Y es que gracias a su ángeles de la guarda, José también consiguió las placas de servicio público, “me las regalaron”, con las que ejercer de taxistas. A los 20 años, tras pagar religiosamente los plazos de su Mercury, lo vendió y se compró su primer camión. Llegó a tener una decena de estos vehículos, dedicándose al transporte de minerales desde el interior del país.

En esos 12 años en Venezuela, José González volvió a Canarias en dos ocasiones. “La primera fui solo un mes, no podía quedarme más porque aún estaba en edad de que me reclutaran y me obligaran a hacer el servicio militar”. Le gustó como estaban las Islas y volvió un segunda vez, “entonces estuve tres meses”, tiempo en el que conoció a su mujer. “Yo me marché, y estuvimos escribiéndonos un par de meses, hasta que decidimos casarnos por poderes”. Y así, Isabel, que así se llamaba su esposa, se fue para Venezuela con su marido.
Cuando se le pregunta a don José en qué momento decidió volverse, cuenta que fue cuando empezó a temer por la vida de su hija. “En Venezuela estuvieron robando niños un tiempo. Le cogí tanto miedo a que a la niña, que tenía dos años, le pasara algo, que le dije a mi mujer que cogiera las cosas y se marchara para Canarias”, cuenta este palmero desde su casa en Radazul. El motivo de ese miedo lo explica a través de una historia que leyó en el periódico. “Un padre salía denunciando que le habían robado una hija, era médico, y contó que la había encontrado en Colombia, con las brazos cortados, en una esquina, pidiendo limosna. Cuando leí eso le dije a mi mujer que se fuera para Canarias ya. Yo me quedé un poco más y me volví a finales de 1962”.

José González, que a la vez que prosperaba en Venezuela había ido mandando dinero a su familia para que invirtiera en Canarias, en el negocio de la construcción, se volvió a continuar una vida que empezó con 17 años cruzando el atlántico en un barco con otros 129 compañeros.

Jesús Trujillo (i), Marcelino Rodríguez y José González. / DA

El viaje en el Doramas contado a través de sus protagonistas

Las vivencias de José González, pero también de otros pasajeros como la de los padres de Jesús Trujillo y Marcelino Rodríguez, están recogidas en el diario de travesía que el padre de este último escribió a mano y que su hijo conserva. Una historia que Rodríguez pretende convertir en una novela. Fueron miles los canarios que en los años 40 y 50, cuando aún era ilegal emigrar a Venezuela, cruzaron el Atlántico.