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Jill Biden, una agenda apretada y contra reloj

El rol de la primera dama dista mucho del papel ‘decorativo’ de su predecesora
Jill Biden, una agenda apretada y contra reloj

Jill Biden no tiene tiempo que perder, pero sí una larga lista de tareas por hacer. Durante sus primeros 100 días en el cargo, el presidente Biden ha estado pidiendo al país que se concentre en la recuperación, mientras ha estado anulando gran parte de las políticas de su antecesor a un ritmo contra reloj, una táctica que la primera dama se ha tomado muy en serio.


Jill Biden se presenta como una mujer pragmática. No hay ostentación, su forma de vestir es práctica y su vestuario está compuesto, en su mayoría, por repeticiones de temporadas pasadas. Jill Biden ni siquiera ha tenido el tiempo, o la energía, para contratar a un decorador de interiores para la residencia de la Casa Blanca.


Jill Biden no es una figura decorativa de la política estadounidense ni la suplente del presidente para los actos en los que su marido no puede estar presente. Hasta ahora, ha visitado 14 estados de la nación americana y ha realizado más de una docena de viajes relacionados con el trabajo en solitario desde febrero, más de los que hace su esposo en sus viajes domésticos en solitario, impulsada por la urgencia de ver el país y difundir su mensaje, ya sea sobre la pandemia, colegios, vacunas, universidad comunitaria gratuita o recuperación económica. 


Quienes la conocen en las distancias cortas coinciden en que Jill Biden es imparable, y una trabajadora infatigable.


La Casa Blanca ha despegado, y es que el ala este mantiene el ritmo de los despachos de la famosa ala oeste. Jill Biden es informada de forma regular y está involucrada en temas que van desde la situación de las familias en la frontera sur; hospitales para las comunidades más vulnerables o una campaña para que los dos primeros años en universidades comunitarias sean gratuitos: todo forma parte de la agenda cotidiana de la primera dama. Jill Biden se está convirtiendo en una figura ominipresente, que si bien no ha podido aún concretar sus planes, complementa la imagen de su marido con el claro mensaje de que le importa lo que le sucede a la sociedad estadounidense, y que ambas alas vuelan en perfecta armonía.

Jill no es Melania


En sus primeros 100 días, la doctora Jill Biden se ha distanciado de la imagen de su predecesora en la Casa Blanca, Melania Trump. La esposa del magnate viajaba aproximadamente una vez al mes por trabajo, y llevó a cabo muy pocas entrevistas con los principales medios de comunicación, manteniendo su privacidad como algo primordial, lo que ocasionó que su campaña Be Best, terminara por ser un fracaso.

Las comparaciones son odiosas, injustas…. e inevitables. Los componentes contrastantes de cada primera dama, Biden y Trump, son abundantes, sin siquiera tener que tocar las diferencias en los partidos políticos o ideologías. Uno de ellos es el papel de la señora Biden en la Casa Blanca, algo de lo que careció la Administración anterior, que lejos de aunar los esfuerzos de ambos cónyuges, mantuvo aislada a Melania de cualquier participación en el gobierno.


Para Jill Biden, su papel no es necesariamente desempeñar un rol tradicional, ni ser portada de revistas de cotilleos. Ser primera dama es simplemente un vehículo para lograr sus objetivos. Casada hace más de cuatro décadas con Joe Biden, un funcionario público de carrera, la ahora primera dama ha aprendido a lo largo del camino a forjar sus propias misiones e iniciativas, lo que le confiere mayor experiencia que a muchas de sus predecesoras.

Poco presumida, Biden no piensa demasiado en su apariencia o en su guardarropa. Para muchos, significa un regreso a la vida normal, tras una primera dama que si bien no se le puede negar su elegancia en el vestir, hizo de su vida en la Casa Blanca, poco más que una pasarela de alta costura.

Doctora Jill Biden


Jill Biden mantiene su independencia como educadora, enseñando inglés y redacción en Northern Virginia Community College. Con una larga carrera como profesora, trabajando con estudiantes y sus padres, Biden encuentra una conexión con su audiencia en particular, una habilidad que emplea con frecuencia, ya sea que esté en un colegio, un centro médico o hablando sobre temas de mujeres. 

Borrar el ‘legado’ de los Trump


Una de las grandes controversias que dejó la primera dama anterior, fue su rediseño del emblemático Rose Garden que fue recibido con horror por parte de los restauradores, que ahora instan a Jill Biden a revertir el cambio de imagen del jardín de rosas de Melania Trump.


Una petición, firmada por más de 54.000 personas, pide a Biden que devuelva el jardín a su “antigua gloria”, obra de Jacqueline Kennedy.

La petición dice que la predecesora de Biden “hizo que se arrancaran los cerezos, un regalo de Japón, así como el resto del follaje y se reemplazaran con un aburrido tributo a sí misma”. En julio de 2020, mientras su esposo luchaba por la reelección y la pandemia de coronavirus se desataba, Melania Trump anunció que su proyecto de renovación, que incluía actualizaciones eléctricas para apariciones en televisión, una nueva pasarela y nuevas flores y arbustos, sería un “acto de expresión de esperanza y optimismo para el futuro”.


El legado de Melania Trump, para los historiadores que están trabajando en sus memorias es difícil de describir. Para muchos, fue una oportunidad perdida de utilizar su posición para hacer cambios importantes. Su iniciativa Be Best, se ha convertido en un chiste, ya que la propuesta para acabar al bullying cibernético, sirvió para eliminar la cuenta de Twitter de su marido, y más allá de elaborar álbumes de fotos, y reportajes de mobiliario, la aportación de la anterior primera dama fue pobre y sin visos de continuar en su etapa pospresidencial.


Por su parte, la doctora Jill Biden, solo acaba de empezar…

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