Los Realejos

La vida de riesgo y talento de Paloma, con 82 años

Paloma Blanco tiene 82 años, sigue estudiando inglés y alemán en la Escuela de Idiomas; tiene 7 hijos, 17 nietos y un bisnieto con los que habla por internet; su próximo deseo es tirarse en parapente

Paloma Blanco no aparenta los 82 años que tiene, dice que la genética ayuda, pero también el haber tenido una vida “muy satisfactoria”.
Sentada frente a la iglesia San Agustín, en Los Realejos, Paloma Blanco asegura que todavía le queda mucho por aprender. Sergio Méndez

Paloma Blanco nació el 4 de abril de 1939, justo tres días después de que “la guerra había terminado”. Desde hace cuatro, vive en Los Realejos, cuando la vida la trajo desde Venezuela a Tenerife. Tiene 7 hijos, 17 nietos y un bisnieto, con los que habla por internet y hace gimnasia todas las mañanas.


Estudia en la Escuela Oficial de Idiomas del Puerto de la Cruz, donde se ha ganado la admiración de compañeros y profesores por sus ganas y dedicación a los estudios. Este año sacó el C1-2 de inglés y el B1-2 de alemán y, como no hay edad cuando hay ganas de aprender, se matriculó en un curso online para reforzar sus conocimientos en lengua germánica en el verano.


Paloma no vivió una vida fácil, pero sí “muy satisfactoria”, subraya, ya que luchó contra viento y marea para casarse con el hombre que amó. Nació en San Sebastián, aunque se crió en Madrid y cuando tenía 17 años su familia decidió irse a vivir a Venezuela animada por uno de sus tíos que ya estaba allí. Su padre se había adelantado para abrir camino junto a su hermano mayor, y luego llegó su madre con sus otros 11 hijos, seis hombres y seis mujeres. Ella se encontraba entre los mayores. La idea era que todos pudieran ir a la universidad “porque en España era para millonarios”.


La sacaron en plena adolescencia. Paloma no se quería ir y le pidió a su madre que la dejara viviendo con sus tías porque quería estudiar enfermería, pero su progenitora no cedió.


Había estudiado en una escuela profesional, en la que, además de cultura general, recibió conocimientos de contabilidad, mecanografía, taquigrafía e idiomas, que la prepararon para trabajar y ayudar a la familia.


Llegaron a Caracas el 27 de enero de 1957 y el 17 de marzo tuvo su primer empleo en el Banco Provincial, en el departamento de contabilidad, durante un año y medio. Se puso de novia con un chico que no le gustaba a nadie de su familia, solo a ella, “así que duró un mes”, cuenta. Lo suficiente para que su madre contactara con una tía que vivía en Evanston, una ciudad próxima a Chicago, en Estados Unidos, y acordara que Paloma fuera a ayudarla con el bebé que esperaba a cambio de aprender inglés. De allí se marchó a Nueva York, donde estaba otro tío y en un total de siete meses y medio reforzó el idioma y se llevó una carta de recomendación que al regresar a Venezuela presentó en la Shell.


Paloma estaba convencida de que iba a trabajar en la empresa de hidrocarburos, pero la persona a la que tenía que ver estaba de viaje y regresaba en unos días. Se le cayó el alma a los pies y se acordó del aviso que ese mismo día su madre le había recortado en el que buscaban una señorita bilingüe con conocimientos en contabilidad. Encontró un teléfono, llamó y acudió a la entrevista.


Se la hizo el señor Raymond Thomas Arroyo, que era el contador y después fue su jefe directo, y también le explicó en qué consistía su trabajo en la British Overseas Airways Corporation (BOAC) una empresa que ya no existe. Dos días después le confirmaron que había sido seleccionada y que iba a ganar casi el triple de lo que esperaba.


Empezó a admirar mucho a Ray -como ella lo llamaba- pese a que tenía 35 años, 15 más que ella, y estaba casado y con hijos. Su esposa se había vuelto a Trinidad y Tobago, donde también había nacido él, porque no se había adaptado a Caracas y él viajaba todos los meses a ver a sus hijos.


Paloma siempre respetó la manera en la que él se comportaba con todos los trabajadores. “Thomas tenía esa nobleza que le salía por los poros y era muy cercano”, lo describe. Llegó un momento en el que le confesó que estaba enamorado de ella. El amor era mutuo. “Lo pensamos mucho, lloramos muchísimo porque los dos éramos religiosos católicos y terminamos muchísimas veces”, asegura.


Estuvieron así mucho tiempo, con una relación en secreto y decenas de pedida de mano que ella rechazó por su estado civil. En diciembre de 1963 dejó el trabajo para poder olvidarlo y se metió en la Universidad Católica a estudiar Psicología “para no tener oportunidad de estar con él”. Pero el tiempo y la casualidad hicieron que se volvieran a encontrar y decidieron volver a intentarlo. En el medio, ambos fueron a consejos de cristiandad, pero no sirvió de nada. Un día de mayo su exjefe la invitó a ver una película en el autocine y le volvió a preguntar si se casaba con él. Para ese entonces, Paloma “ya había hablado con Dios” y le había dicho que ambos hicieron lo imposible para terminar, sin conseguirlo.


Por lo tanto, no dudó en decirle que sí cuando se lo propuso por última vez. Las cosas se complicaron cuando se quedó embarazada, un acontecimiento que obligó a acelerar los planes de la pareja e hizo que su progenitor la diera “por muerta” ante sus hermanos y no quisiera volver a verla. Su madre ya había fallecido. Lamentó que ninguno de los mayores fuera a hablar con ella, pero al mismo tiempo los entendió.


Paloma tuvo cuatro hijos hasta que se casó con Ray el 28 de mayo de 1970, pese a que la sentencia firme había salido en 1967. Un abogado “tramposo” metió el expediente en un cajón durante varios años.
En septiembre de 1964, a los 25 años, dio a luz a su primer hijo, Edward, que actualmente reside en Barcelona. Le siguieron Jennifer, que vive en Los Realejos; Celia en Cincinatti; Merle, que está en Florida; Raymond, en Madrid; Cristine, que también está en Florida y Natalie, que está en Australia.


Ray había tenido con su exesposa otros cuatro hijos con los que a día de hoy Paloma sigue en contacto.
Seis años después de irse de su casa, logró recomponer la relación con su padre y sus hermanos.
Thomas falleció en 2012 a los 87 años, después de una serie de largos problemas de salud y Paloma cuidó de él hasta el último momento. Ahí tuvo su oportunidad de ser enfermera, la profesión que siempre le gustó.
A Tenerife la trajo la vida en enero de 2017 como consecuencia de un bulto en el pecho que le terminaron extirpando y que requirió tratamiento de quimio y radioterapia. Lleva empadronada desde 2012 y desde hace cuatro años vive con una hija.


Esta mujer alta y elegante, con una gran cultura a sus espaldas, conoce a sus 17 nietos. Cita sus edades y las fechas de nacimiento sin titubear. Habla con ellos a diario por internet, tanto en español como en inglés. El mayor tiene 29 años y el menor, un año y medio. Visita a los miembros de su familia durante todo el año y se queda un tiempo con cada uno de ellos, “siempre y cuando no tenga exámenes, porque eso es prioritario”, sostiene esta realejera de adopción.


Pese a que este año aprobó dos de los niveles más avanzados de la Escuela Oficial de Idiomas, tiene muchas ganas de seguir estudiando y aprendiendo y cree que continuará el próximo curso.


A los 75 años hizo el Camino de Santiago con un amigo y su hijo de 19. Salieron un 24 de julio desde Barcelona en tren hasta Pamplona y allí empezaron a caminar, cada cual a su ritmo. Recorrieron 350 kilómetros.


En julio le hubiese gustado ir a Washington a celebrar los 100 años de una de sus tías, pero la pandemia se lo impidió. Es un objetivo que tiene pendiente, igual que tirarse en parapente. “Ya hablé con mi fisioterapeuta y me dio el ok, así que cuando regrese de Barcelona de la casa de mi hijo, me tiro”, promete.

“Sigo siendo religiosa y creyente, pero no soy beata”

Pese a la estricta educación religiosa que recibieron tanto ella como su esposo, criaron a sus hijos en el amor a Dios, “pero no tanto en la forma, sino en el fondo”. Después de todo lo vivido sigue creyendo y es muy religiosa. “Pero no soy beata”, aclara.