conversaciones en los limoneros

Yaiza Díaz, periodista: “Siempre me han querido anillar, como si fuera una paloma, pero volé”

La hija del ciego (Kinnamon) es la crónica casi periodística de la corta vida de un ciego, su padre, que vivió sólo 44 años, que perdió la vista a los siete, y que se conectó siempre con el mundo que lo rodeaba a través de los ojos de su hija
Yaiza Díaz, periodista: “Siempre me han querido anillar, como si fuera una paloma, pero volé”

Que una mujer de 38 años, Yaiza Díaz Afonso (Santa Cruz 1983), se desnude en una novela, pero completamente, dice mucho de su valentía. La hija del ciego (Kinnamon) es la crónica casi periodística de la corta vida de un ciego, su padre, que vivió sólo 44 años, que perdió la vista a los siete, y que se conectó siempre con el mundo que lo rodeaba a través de los ojos de su hija. Yaiza Díaz es periodista por la Complutense, trabajó en la Televisión Canaria y ahora dirige una editorial. Su novela, escrita en 2019 y publicada ahora, es intimista y osada; nos lleva al límite. En conversaciones telefónicas con la autora, posteriores a la charla mantenida en Los Limoneros, me dice reiteradamente que no le destripe la novela en el periódico. Me lo pide con la misma inocencia de una principiante y ella no lo es. Ha tenido que lidiar en la vida con agresiones de todo tipo, en un ambiente hostil como fue a veces Madrid, y en esta misma Isla, a la que hay que echarle de comer aparte. Pero, miren, algunas veces encontró personas buenas que le hicieron bien. Es una mujer atractiva, hasta el punto de que el taxista de la tele –en las cadenas de televisión siempre hay unos taxistas contratados para los más diversos menesteres— le dijo en una ocasión: “Mira, Yaiza, hay dos misterios insondables que nunca voy a descifrar: la multiplicación de los panes y los peces y tu soltería”. Le dije el otro día: “Si no es bueno que el hombre esté solo, tampoco será bueno que la mujer lo esté”. Y me pidió que le buscara un novio. Le respondí: “Lo siento, pero no soy un casamentero”. De los seis hijos de sus abuelos paternos, tres se quedaron ciegos, aquejados del mismo mal incurable. Entre ellos, Sergio, su padre.


-¿Tenía razón el taxista de la tele?
“A mí siempre me han querido anillar, como si fuera una paloma. Pero no me encontraba bien en algunos nidos y me eché a volar”.


-¿Cómo te has atrevido a quedarte en pelotas (bueno, en lo que sea) en esta novela?
“Es que la vida es así, no seguimos un manual social predeterminado. En la vida te puede pasar de todo. Debes tenerle respeto al lector y mojarte. Y lo que pretendo con mi relato es revelar la forma en que le contaba a mi padre, que era ciego, cómo era el mundo. Yo vendía cupones de la ONCE con él en La Laguna”.


-¿Tu padre sabías cómo eras físicamente?
“Él pasaba sus manos por mi cara constantemente. Y lo percibía. Y, además, la gente le decía que yo era muy bonita. Y se lo creyó”.


-¿Qué edad tenías cuando murió?
“Murió de un infarto cuando yo empezaba la carrera de Ciencias de la Información. Él era mi razón de ser y fue muy duro emprender un camino sin la persona que te colocó en él”.


-Dije en la introducción que no es bueno que una mujer esté sola. ¿Lo compartes?
“Yo noto que cuando estoy sola, sin pareja, crezco profesionalmente. Eso que llaman ‘chico ideal’ tiene que ser algo más que lo que yo he tenido. Lo he probado todo: el guapito, el deportista, el inteligente, el surfista que sólo espera a que lleguen olas, el bohemio. He pagado muchos perritos calientes. Y no te he citado al de filología inglesa. Ha habido de todo”.


-¿Y?
“Pues que ahora la energía la gasto para mí; quizá esta sea la respuesta al taxista de la tele”.
(Presentó Telenoticias 3, le decían que tenía cara de angelito. Lo hacía con una serenidad y un aplomo impropios de su edad. Ha conducido programas de investigación excelentes, el último sobre la COVID-19. Una vez se le metió en el plató un loco que se había enamorado de ella. Se escapó de un hospital y se lo llevaron de allí con una camisa de fuerza. “Me llamaba a ver si estaba bien, porque tenía premoniciones de que me iba a pasar algo. Era un puro disparate”).


-Claro, una mujer como tú, cara al público, en una televisión, puede despertar pasiones, sobre todo en los desequilibrados.
“Otro se enamoró de mí, sin conocerme. Me mandaba ramos de flores con un número en el mensaje. Me envió nueve ramos, cada uno con un número. Me di cuenta de que era su número de teléfono, por raciones. El pobre se arruinaría de tanto ramo. Al final los regalaba, no sabía dónde meterlos”.


-Un relato tan íntimo revela cosas. No las voy a destripar. ¿Cuándo te sientes más cómoda para escribir?
“Mira, cuando estoy sola me siento más tranquila, analizo mejor las situaciones y pienso más en el lector. ¿Qué se escribe mejor cuando una está enamorada? ¿Qué te llega más la inspiración? Puede que sí, o puede que no. No lo sé realmente”.


-¿Eres consciente de que en la novela ‘La hija del ciego’, una ópera prima muy interesante, te has abierto en canal?
“Sí, claro”.


-¿Y no sientes acaso cierto pudor?
“Tienes que arriesgar, ya te dije que es necesario mojarse. Yo quería contar mi vida con mi padre y también mi lucha por la supervivencia y por reunir dinero para seguir la carrera. Te diré que soy romanticona, pero soy más realista que romántica”.


-¿Caes bien a las mujeres?
“No, en general. Han ido a por mí, por eso tengo este lazo rojo en la muñeca. Y en cuanto a la actitud de los hombres hacia mí, mis amigos me dicen que yo los asusto y que por eso no tengo pareja estable”.


-Hombre, Yaiza. No lo creo.
“Hasta el punto de que un piloto de un avión comercial hizo un comentario a alguien que tenía al lado, quizá a una azafata, y que yo escuché: “Para mí esa mujer sería inalcanzable”. ¿Cómo que inalcanzable?, yo soy alcanzable, coño, ¿por qué hay tantos miedos por parte de los hombres?”.


-Estuviste a punto de convertirte en una atleta de élite. ¿No?
“Bueno, estuve a punto de ir a un campeonato de España, pero mis tobillos me traicionaron. No sé si habría llegado a estar en la élite, quizás”.


-Te llamaban en La Laguna “la hija del ciego”. ¿Te disgustaba?
“Todo lo contrario, porque sí lo era”.


-¿Habrías escrito hoy la novela como lo hiciste hace dos años, aunque aparezca ahora?
“No lo sé. La publicación se retrasó por la pandemia. Quería hacer un ejercicio de sinceridad y salió como la escribí, sin que ningún corrector tocara nada”.


-¿Temiste alguna vez quedarte ciega, como tu padre y tus tíos?
“En ocasiones tuve algunas neuras, ya no. Mira, mi padre no veía, pero se esmeró con mis ojos color miel, que se ponen amarillos si me da el sol. Incluso una vez un concejal me preguntó dónde había comprado lentillas de ese color”.


-¿Sientes que has llegado demasiado lejos con ‘La hija del ciego’? Lejos en eso de ser sincera, de desnudarte.
“Podría haber ido mucho más lejos, pero yo creo que el mensaje de la novela es muy potente”.


-La soledad hace que hables con tu padre. ¿Puede oírte?
“Sí, tengo testimonios suficientes para ser rotunda en la respuesta”.


-Has pasado por situaciones peliagudas. No voy a citar la del ascensor, te lo prometo. Pero sí la del piso con los chilenos en Madrid.
“Si quieres te lo crees y si quieres no. Viví en un piso con siete chilenos, alguno esotérico, en el que la loza se colocaba sola en las repisas, las persianas subían y bajaban sin que nadie las tocara, el chorro de agua se abría sin que nadie lo accionara y más cosas”.


-Perdona, pero no me lo creo.
“Pues allá tú. Yo lo viví y lo vi con estos ojos”.


-Te llamas como el personaje de Vázquez-Figueroa. Casi nada.
“Que tenía una falta de ortografía en el nombre, porque escribió Yáiza. Y Yaiza no lleva tilde. Esa es otra de las razones para firmar con mi nombre mi novela. Yaiza es Yaiza, no Yáiza”.


-Tu padre era un hombre sabio, siendo tan joven. Tú lo dices.
“Mi padre asistía a los partidos de fútbol y sabía por dónde iba el balón. Se levantaba para llamar “papa frita” al árbitro cuando lo hacía mal. Hasta el punto de que la gente me preguntaba: niña, pero tu padre ve algo, ¿no? Y yo respondía: No, señora, no ve nada; es completamente ciego. Y no se lo creían”.


-En el libro hablas de tus hermanos, cambias los nombres a todos los personajes, cuentas la relación con tus profesores en colegios y facultad. ¿Todo es verdad?
“Todo es verdad, excepto los nombres. Yo en el libro soy Marina. Mi hermano mayor era para mí como el primo de Zumosol del anuncio, una especie de héroe. También le cambié los nombres a los dos, pero porque lo hice con todos, menos con Agustín, el chófer de la guagua de Madrid que me salvó de las garras de un necrófilo”.


-Coño, eres una cajita de sorpresas, Yaiza.
“Bueno, hay que leerse la novela. Ahí está mi vida y todo lo que he pasado”.


-¿Crees que has llegado a tu plenitud en la profesión?
“No lo sé, pero sí te voy a decir algo. Como mujer, sí. Y creo que como periodista y como escritora estoy en un momento muy bueno, pero se puede superar. Yo medito mucho y observo lo que está ocurriendo alrededor”.


-Y no paras de hablar.
“Si tú lo dices”.
(A su padre lo llamaban en La Laguna ‘el ciego guapo’. Era Sergio, ya lo dije. La relación de Yaiza con su madre es ahora muy buena, pero se enturbió un poco cuando su madre tuvo otra pareja. Confiesa que se ha quitado de en medio unas cinco o seis alianzas, que han desaparecido de sus dedos, solo “anillado” con un recuerdo de su madrina. Dice: “Soy tierna, lo doy todo y me tira el músculo”. No sé cómo se debe tomar esa frase. ¿Y ustedes? A su familia, por sus dedos, los llamaban Los Manillas. Eran panaderos y fabricando pan los dedos se deforman. Yaiza, cuando una moneda se cae al suelo, conoce por el sonido si es de un euro, de 20 céntimos o de 50. Su padre se lo enseñó. Ya he dicho que hemos hablado dos veces por teléfono, tras la entrevista, porque lo que yo no quiero es destriparle aquí la novela. Una de las veces estaba en su casa con su perra, Tila, de cinco años, que es su única compañía, aunque su madre vive en Candelaria, como ella; muy cerquita).


-Ahora eres gerente de una editorial. ¿Qué te preocupa?
“Que los libros lleguen a las librerías, las elevadas comisiones de los distribuidores, la forma de vender, la especulación. Hay muchos temas por resolver”.


-¿Echarás de menos la tele?
“No, porque en la tele hay puñaladas, desagradecimientos y falta de ternura y cercanía entre algunos de los que mandan y los que obedecen”.


–¡Diana!
“Lo digo porque nada más ser nombrada jefa, una mujer me quitó el programa que me curraba y que era un éxito. ¿Por qué? No lo sé. ¿Tú lo sabes?”.


(Así termina la novela de Yaiza Díaz y así concluiré yo: “Lo que nunca imaginé es que mi voz, mis gestos, mis sombras y mi luz podrían a través de la gran pantalla comunicarle al resto del mundo qué ocurre más allá de lo que no vemos y hacerlo con otros ojos. Los de la hija del ciego”).

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