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Días de frío y lluvia en el campamento de Las Raíces

El agua y las bajas temperaturas siguen azotando en las carpas donde duermen alrededor de 1.000 migrantes, pero se ha mitigado la enorme tensión que había a principios de año
Algunos migrantes que están en el campamento habilitado en la zona de Las Raíces. / Foto: Fran Pallero

A las nueve y media de la mañana del viernes 17 de diciembre, la estación meteorológica que la Aemet tiene en Los Rodeos marcaba 8,7 grados centígrados, con una humedad del 78%. Una situación habitual en época invernal y soportable para cualquiera que viva bajo un techo sólido, incluso si se trata de una casa mal aislada. Pero un problema para los alrededor de 1.000 migrantes, según fuentes oficiales, que actualmente duermen en las carpas del campamento de Las Raíces, a muy poca distancia del aeropuerto; aunque son cifras que cambian muy rápidamente, entre las nuevas entradas y los frecuentes traslados.

Ha sido una semana dura, con cifras de humedad que han alcanzado el 99% y temperaturas similares a las del viernes. Modou -nombre ficticio-, un joven pescador senegalés de 22 años, toma el sol de pie en uno de los terrenos que hay junto a la entrada del campamento con un gorro de lana. Es alto, delgado y lleva un chubasquero. “Hace mucho frío”, dice. “Sobre todo, a partir de las seis u ocho de la tarde, hasta la mañana del día siguiente. El sitio donde dormimos no es el adecuado. Cuando llueve, entra el agua. Tenemos que quedarnos en la cama y subir las bolsas del suelo para que no se mojen. Y así estamos hasta que desaparece el agua del suelo”. Lleva en el campamento un mes y una semana.

Aunque algunas fuentes señalan a finales de febrero como posible fecha de cierre del recurso, el Ministerio de Migraciones evita dar a DIARIO DE AVISOS plazos concretos. Desde la Asamblea de Apoyo a los Migrantes, que sigue haciendo labores de apoyo externo, critican que, casi un año después de su apertura, se mantengan en el centro “las malas condiciones de alojamiento”. Y aseguran que “la gestión sigue siendo nefasta”, que “el agua caliente para las duchas es insuficiente” y que el reparto de ropa es escaso. De hecho, realizan entregas habituales. También destacan que las colas para la comida vuelven a ser muy largas, ahora que las numerosas llegadas de cayucos vuelven a llenar el campamento. Y hablan de “violencia planificada”.

Aun así, la situación no tiene nada que ver con la tensión que se produjo en el primer trimestre del año. Entonces, la política de contención del Ministerio del Interior mantenía bloqueados en Canarias a varios miles de migrantes que fueron trasladados desde diversos hoteles donde se alojaban a las 8.000 plazas de acogida humanitaria de urgencia que el Gobierno central creó en las Islas, 1.200 de ellas en Las Raíces, sin duda el lugar más polémico. De la noche a la mañana, cientos de personas pasaron de vivir en habitaciones de hotel, con temperaturas normales, a dormir en un lugar gélido sin ningún horizonte de salida.

También tiene frío Mamadou, de 19 años, procedente de Guinea Conakry, que sacude la cabeza, resopla fuerte y abre mucho los ojos para dar cuenta del pelete que está pasando. Aunque dice que se abriga con el saco de dormir y las tres mantas que le ha dado el personal de ACCEM, la ONG que gestiona el campamento. Llegó a Fuerteventura. Estuvo allí diez días y lo trasladaron a Las Raíces hace mes y medio. Es poco tiempo comparado con el que ha transcurrido desde que dejó su país, en 2016.

DISTINTOS PERFILES

Si buena parte de los subsaharianos que este periodista entrevistó en Las Raíces el año pasado eran senegaleses huyendo de la crisis económica agravada por la pandemia y la falta de pesca en caladeros esquilmados por barcos chinos y europeos, esta vez, los perfiles son diferentes. La mayoría, elegidos aleatoriamente, llevan años de periplo migratorio tras huir de países en situaciones de conflicto.

Mamadou atravesó el desierto hasta llegar a Marruecos. Largas caminatas atravesando países como Malí, trabajos esporádicos para ahorrar y conseguir llegar a Europa cuando ni siquiera se había reabierto la ruta canaria. Thierno, también muy joven, intentó saltar la valla de Melilla, cuenta mientras enseña la cicatriz que tiene en una pierna, sentado muy cerca de su primo Adama, compañero de fatigas desde que salieron de Guinea Conakry en 2017. A Thierno le gustan las matemáticas, su primo quiere ser soldador. Los dos hacían el bachillerato antes de emigrar, tienen ganas de estudiar. Pero se ha interpuesto la situación política de su país: “El etnocentrismo, la hipocresía y el crimen”, dice Mamadou, que critica duramente a Alpha Condé, el expresidente de Guinea Conakry, derrocado por un golpe de Estado el pasado septiembre, aunque desconfía de los planes de la nueva Junta Militar.

“Habrá que ver qué pasa”. “Muchos amigos murieron tiroteados durante la presidencia de Condé”, asegura Thierno. “Yo quiero respeto, allí no es posible”, asegura Mamadou. “Y me gustaría tener un coche, y no una bicicleta”. Lo que más les preocupa es viajar pronto a la “Grande Espagne”. Allí será donde pidan el asilo, pues temen que solicitarlo aquí retrase el viaje a la Península. “Hay otros que sí prefieren pedirlo aquí”, explican. Y mientras llega el día de la salida, a pesar del frío, pasan el día charlando, jugando al fútbol, recibiendo clases de español. De hecho, dicen que están contentos con el trato que les da ACCEM. Y que se organizan excursiones para ir a la montaña o a la playa, que la comida está bien, que es “variada”. Nada que ver con las críticas de principios de este año, donde se difundieron por la redes numerosas fotos de papillas castrenses con aspecto nada apetitoso. Lo que no terminan de entender es que no reciban los 15 euros de asignación semanal que sí tienen los usuarios del centro de Las Canteras, gestionado por la Organización Internacional de Migraciones.

Desde el Ministerio de Migraciones afirman que “puede haber leves variaciones en la forma de cubrir las necesidades [de la diferentes organizaciones], decidiendo desplegar algunas de ellas este dinero de bolsillo para las personas acogidas, y decantándose otras entidades por ofrecer todos los servicios necesarios que forman parte de la atención humanitaria dentro del propio centro”.

En otro grupo, más abajo, conversan Patrick, de Costa Marfil, Abou, de Malí y Adaman, de Burkina Faso. Al sol. No quieren fotos. De hecho, Abou sospecha de que puedo llevar una cámara oculta entre la ropa. “Es algo que los periodistas hacen mucho en África”, explica Patrick, que salió en 2011 de su país y vivió varios años en un pueblo de Ghana, trabajando en una piscifactoría y ahorrando para viajar a Europa. Volvió a Costa de Marfil y viajó hasta Marruecos en avión. Luego merodeó por los cafés de Casablanca hasta que le hablaron de la ruta canaria.

Adaman salió en 2017 de Burkina Faso huyendo de la pobreza. Y en el camino encontró a Abou. Ambos afirman que fueron agredidos en Argelia y Marruecos. “Hay mucho racismo, ven a un subsahariano y le intentan robar. La única diferencia entre argelinos y marroquíes es que, cuando te quitan algo, en Marruecos te llaman amigo y en Argelia camarada”, dice uno de ellos. “Esto es totalmente diferente, aquí hay libertad”.

Si comparan su situación con lo que han pasado para llegar hasta Canarias, cuentan, el frío se sobrelleva mejor. Aunque eso tampoco justifica a quienes pusieron el campamento en un sitio tan malo.

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