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El hombre que daba medicinas para el cuerpo y para el alma

Alfonso Carrillo González se acabar de jubilar después de trabajar durante casi 46 años en la farmacia del barrio de La Montaña, al que considera como una gran familia con la que ha compartido momentos de alegría, dolor y tristezas
El hombre que daba medicinas para el cuerpo y para el alma
Alfonso se jubiló después de trabajar durante casi 46 años en la farmacia del barrio de La Montaña. Sergio Méndez

El 3 de junio de 1976 se abrió la farmacia de La Montaña, un barrio de Los Realejos que en ese momento apenas tenía dos calles -la 25 de julio y San Cayetano- con unas pocas viviendas y en el que no había médicos.

Alfonso Carrillo González abrió la farmacia junto con su propietario, el hijo de una prima hermana de su madre, y permaneció allí hasta el pasado mes de febrero, cuando se jubiló después de casi 46 años. Durante ese tiempo, no solo vivió el crecimiento del barrio sino también de la farmacia, a los que considera su familia.

Alfonso es natural de San Juan de la Rambla pero tiene el corazón partido entre este municipio y su vecino de Los Realejos donde vive, porque se casó con una crusantera.

Cuando comenzó tenía 19 años. Por las mañanas y por las tardes trabajaba y por las noches iba a clases a Icod de los Vinos donde estudió bachillerato y luego COU (Curso de Orientación Universitaria).

No tenía conocimientos de farmacia, poco a poco fue adquiriendo experiencia. “Al principio no había trabajo porque la gente salía del médico, que atendía en el centro del municipio y compraba en las farmacias de allí”, cuenta.

Asegura que costó mucho sacar la farmacia adelante. Fueron dos vecinos, Faustino Hernández y Manuel González Mesa que en aquel entonces, fueron casa por casa buscando cartillas para justificar un médico de la Seguridad Social en el barrio y finalmente lo consiguieron.

“Cambiaba cada nueve meses y atendía en la consulta particular de otro profesional de lunes a viernes”, rememora.

A mediados de los años 70, el concepto de farmacia distaba mucho del actual. Los medicamentos estaban acomodados en el exterior, donde el público podía cogerlos fáciles. “Solo había dos estanterías de parafarmacia”, detalla.

Los comprimidos se clasificaban en ‘caducidad y no caducidad’ porque en aquel entonces “había medicamentos que no caducaban y tampoco existía riesgo que alguien los cogiera ni se los llevara. Ni siquiera se exigía receta para los psicotrópicos y tranquilizantes”.

Alfonso fue experimentando los cambios en el negocio de manera progresiva, igual que los de un barrio que fue creciendo hasta convertirse en uno de los principales núcleos del municipio. Vivió el paso de las recetas a mano, a las expedidas en papel y por último a las electrónicas. “Normalmente las primeras se entendían, pero cuando había alguna duda se llamaba al médico”, apunta.

Entre los años 80 y los 90 fue testigo de los problemas que originaban las drogas y sus consecuencias. “Empezaron a aparecer las recetas falsas, la gente se las ingeniaba de cualquiera manera para buscar tranquilizantes”, asevera.

En una ocasión llegó a la farmacia un hombre con el cuerpo íntegramente escayolado y la receta en una mano “que obivamente era falsa”. Se dio cuenta de su problema, así que logró que se sentara y le ofreció agua.

El hombre que daba medicinas para el cuerpo y para el alma
‘Fonsi’, como lo llaman algunas personas, junto a sus últimos compañeros en la farmacia. Sergio Méndez

No puede evitar reírse al contar que en otra oportunidad, un hombre “quiso hacerlo tan perfecto” que la fecha que puso en la prescripción era para los próximos seis meses. “Le tuve que decir que volviera”, dice.
Alfonso y el dueño de la farmacia “siempre tenían que estar con la mosca detrás de la oreja” para todo. “Porque de la misma manera que sabías cuando alguien venía a buscar una caja de preservativos, porque no tenía prisa y dejaba pasar a todas las personas que estaban detrás, o te pedía una caja de aspirinas y te guiñaba el ojo, sabías quien venía con la receta falsa”, relata.

Mientras por el día se enfrentaba a esta realidad, por la noche estudiaba por correspondencia auxiliar de farmacia. Años después, asistió a todos los seminarios, cursillos y charlas que se dictaban en Santa Cruz sobre drogodependencias, antibióticos, cosmética, técnicas de venta y marketing e incluso maquillaje. “Todo lo que había lo aprovechábamos”, afirma.

Luego sacó el título de Técnico Especialista en Electrónica Industrial, porque siempre le gustó y finalmente, se decidió a estudiar Técnico en Farmacia mientras seguía avanzando en el trabajo y el local crecía con la incorporación de un laboratorio que en ese momento gozó de un gran prestigio y del que también se beneficiaban barrios aledaños como La Zamora, La Cruz Santa y La Vera.

En un cursillo de marketing le sugirieron ir modificando cosas. Lo primero que hizo fue cambiar la estantería donde estaban los jarabes y puso perfumes, una mercancía que se empezaba a incorporar. El segundo, fue sacar los medicamentos de la vista del público y guardarlos en el interior, previamente clasificados por tipo.

Siempre trabajó pensando que la farmacia no solo era de su propietario, sino también suya. “Cada uno en su puesto. Si yo luchaba para que creciera, me beneficiaba porque tenía trabajo, mientras que él arriesgó su capital para ponerla en marcha”, subraya.

Ese trato cercano, cordial y familiar que Alfonso brindó a diario durante casi 46 años fue reconocido por los vecinos y vecinas del barrio durante un homenaje que le hicieron recientemente en la plaza del barrio con motivo de su jubilación.

En ese momento, le llegó la enhorabuena de una señora que decía: “Felicidades por la jubilación: todavía tengo la frase que me escribiste cuando estaba enferma de cáncer”. Se emociona cuando lo cuenta.
“Siempre me daba la vena por preguntar cómo estaban y los clientes me contaban sus problemas y yo les escribía o les decía algo”, relata.

Una noche, durante una guardia llegó una chica con cara triste y solo la valoró. “¿Tú te das cuenta lo maravillosa persona que eres?”, le dijo. Y la joven empezó a llorar. Pensó que “había metido la pata”, estuvieron hablando hasta que finalmente la chica le terminó dando las gracias por sus palabras.

También recuerda que atendió a una pareja mayor, la mujer tenía una conjuntitivis severa. Al verla, le recomendó al hombre que cuidara de su esposa “porque otra como ella no iba a conseguir”. Al día siguiente, a las 08.30 de la mañana, la señora cruzó la calle y entró a la farmacia para decirle que iba al ambulatorio y que el marido le había preguntado cómo tenía los ojos. “Me dejó de piedra”, confiesa. “El marido, que igual que muchos hombres de la época parecía bastante machista, no se había dado cuenta de como estaba la señora”.

Alfonso siempre tuvo con sus vecinos ese trato cercano. No solo les despachaba los medicamentos que necesitaban para el cuerpo sino también para el alma. Nunca dudó en escucharlos cuando lo requerían, ya sea para pedirle consejo, contarle algún problema o compartir un secreto.

“Hemos vivido y compartido momentos de alegría pero también de dolor, de enfermedad, de muerte. Ha sido mucha gente la que se ha ido. Yo he vivido la farmacia como una familia”, recalca.

Basta tomar un café con él en una cafetería de La Montaña, próxima a su antiguo trabajo, para comprobar la cantidad de personas que se acercan a saludarlo, a preguntarle como está, a golpearle el hombre en señal de cariño y agradecimiento.

De momento no tiene planes especiales de futuro. Es colaborador de Cáritas en la Cruz Santa, una labor bonita que también le lleva tiempo y acude a clases de canto, lectura musical y coral en la Escuela de Música de La Orotava. La música es otra de sus grands pasiones. “Voy a ver cómo me voy organizando, lo que tengo claro es que no voy a parar porque he estado siempre por el día trabajando y por la noche haciendo algo”, asegura.

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