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Canarias cumple 40 años de Autonomía con el vértigo de afrontar cambios tan urgentes como inevitables

Mientras justicia social, energía y control poblacional y territorial siguen siendo asignaturas pendientes, ahora se enfrenta a la posible militarización del Archipiélago y repartir las aguas con Rabat
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Como media, los canarios viven mucho mejor que hace 40 años gracias a su Autonomía, que cumple tan singular aniversario el próximo 30 de mayo. Cualquiera puede comprobar que siempre funciona mejor una administración cuanto más cerca se encuentra del administrado, por mucho que le pese a la exitosa propaganda rupturista de la nueva ultraderecha española al promover un neocentralismo que rompe con el consenso constucional alcanzado en 1978 en su afán de desbordar el conservadurismo del Partido Popular desde una radicalidad populista. La misma que tanto éxito logró el mismo proceso por la izquierda que llevó a Podemos, en apenas cinco años, a conseguir que la llamada izquierda real tenga hoy responsabilidades de Gobierno en España, por limitadas que sean.

Si alguien tiene alguna duda de la bondad que ha supuesto la Autonomía para Canarias en estos 40 años, baste con recordar que ni en siglos había vivido Canarias una bonanza económica de tal calibre como la resultante de las dos fases del boom turístico (primero con Arona y San Bartolomé de Tirajana, luego sirvan Adeje y Mogán como referencia), justo al alimón del aluvión financiero llegado desde la Unión Europea que impulsaron sus infraestructuras hasta un nivel aún utópico para territorios como el gigante continental vecino, Marruecos.

Aún así, y por mucho que las Islas arrastrasen siglos de miseria generalizada por el mal gobierno de una metrópoli decadente como la Madrid del ocaso imperial, su convulso siglo XIX y la catástrofe retrógrada de la dictadura franquista, en el balance de esos 40 años no se discuten como asignaturas pendientes la insuficiente justicia social, el retraso en la adaptación energética a los nuevos tiempos, por no hablar del cortoplacismo político que impide abordar aún debates como el control poblacional y/o el territorial.

En resumen tan suscinto como este, al menos recordar que la miseria sigue siendo excesiva en una tierra con la riqueza de Canarias, donde el acceso a la vivienda es una utopía donde alquilar una habitación en Icod de Los Vinos cuesta 500 euros al mes desde hace años. Ahora se clama al cielo por el desplazamiento implícito con la llegada de los nuevos isleños (desde los que hace tanto pasan aquí ese invierno tan frío en sus países de origen a la actual moda de los nómadas del teletrajo, por no hablar de los atraídos ante las rebajas fiscales que responden a la singularidad ultraperiférica). Hace decenios que expertos como Antonio Machado Carrillo explicaron que, en un territorio como este, (donde la protección del mismo es imprescindible para su sostenibilidad, por alto que parezcan los porcentajes del mismo -más del 40%-), no caben más de medio millón de personas, menos de la cuarta parte de los residentes de la actualidad. Y aun así, no se ha abierto el melón de un posible control poblacional ni se logra alcanzar un consenso entre el lógico sentir ecologista mayoritario en las Islas con la igualmente razonable apuesta por alguna vía para encarrilar el desarrollismo que se defiende desde sectores trascendentales para la economía de Canarias como el turismo o la construcción.

Por mucho que de esos polvos vengan estos lodos, el Archipiélago afronta ahora su particular crisis de los 40 años. Dice la Cruz Roja que el pasado fue un ‘annus horribilis’ para Canarias dado el extremo esfuerzo asistencial soportado, no en balde los isleños asisten atónitos cómo la hecatombe humanitaria de la llamada crisis de los cayucos se ha reeditado apenas tres lustros después, de tal modo que sus aguas son otra vez un cementerio en el que se ahogan cientos y cientos de personas sin más pecado que huir de sus casas en busca del futuro que se les niega en las mismas.

Tras unas vísperas increíblemente catastróficas, donde la quiebra de un turoperador como Thomas Cook parece ahora anecdótica tras sucederle desde la pandemia mundial por la Covid y su turismo cero a una erupción en pleno corazón económico de La Palma, la historia sigue acelerando endiabladamente su ritmo, porque el próximo mes tendrán lugar dos citas en las que, por una parte, la OTAN decidirá si en su estrategia para el próximo decenio incluye o no una militarización de las Islas en refuerzo de su flanco Sur -a lo que aspira el Gobierno de España-, mientras que por otra ya se negocia con Rabat cómo llegarán los pretendidos beneficios de la histórica renuncia de Madrid a velar por la autodeterminación del Sahara Occidental a cambio de -nada menos- acordar al fin una mediana en las aguas que separan Canarias con el continente africano y, por ende, repartir entre España y Marruecos los tesoros de sus fondos marinos, sea por los yacimientos de combustibles fósiles (petróleo y gas) sea a cuenta de los yacimientos detectados de minerales raros tan atractivos para las nuevas tecnologías como el telurio.

Por no hablar del papel que los marroquíes pueden jugar para frenar la catástrofe migratoria -por mucho que su rol se limite en la práctica a ejercer como gendarme de sus costas- y, ojo, de dique de contención ante el terrorismo yihadista y sus franquicias más o menos delincuenciales, que tan preocupante resulta en el Sahel y la desestabilización alimentada por el dictador ruso, Vladimir Putin, y sus mercenarios.

Ahora mismo, Canarias no va mal y sus indicadores económicos son hasta buenos, comparados con el resto del país. Pero sopla las velas de su Autonomía con el agobio de la tarea pendiente y el vértigo de que, inesperadamente, se juegue buena parte de su futuro en apenas unos meses.

Los primeros pasos ante el inevitable cambio climático

Que la OTAN decida reforzar su frontera Sur o se fije al fin una mediana de las aguas entre Canarias y Marruecos son temas tan importantes como urgentes, pero tanto o más es la adaptación del Archipiélago a los efectos del cambio climático, que en las Islas serán notables en el próximo medio siglo. Tras 40 años de Autonomía, se dan unos primeros pasos bajo la angustia de sospechar si llegan demasiado tarde.

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