Son muy habituales las simulaciones que muestran cómo fue Europa repleta de bosques hace nada en edad geológica, los desiertos del Norte de África rebosantes de agua y peces o la unión de Asia y América por el Norte que permitió a las luego llamadas tribus indias seguir a los rumiantes hasta distribuirse y asentarse en el “nuevo” continente hace 14.000 años, lo que refuerza esa lapidaria pregunta de Juan Luis Guerra de “quién descubrió a quién”.
Sin embargo, hay un científico que anhela que un buen diseñador le recree cómo debió ser el seguramente inmenso bosque de cedros que acompañó al Teide (desde Izaña hasta Ucanca) hace solo un suspiro en tiempo geológico, aunque mucho más si se aplica la visión y acción humana. Se llama Manuel Nogales, es delegado del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC, del grupo de Ecología y Evolución), miembro del Patronato del Teide y profesor de Biología en la Universidad de La Laguna que se pasa gran parte de su vida entre Canarias y Las Galápagos.
Nogales no se cansa de recalcar que los canarios deben sentirse privilegiados no solo por los paraísos que disfrutan (pese a todo), sino por vivir en uno de los sitios más ricos del mundo en biodiversidad: por su flora (600 plantas endémicas), fauna y geología. Aunque el contraste urbanístico y natural entre costa, medianía, monte y alta montaña es gigante y debe seguir haciéndonos reflexionar sobre nuestro deambular, este profesor subraya la riqueza vegetal y animal que se da en gran parte de las Islas, la espectacularidad de rincones como Las Cañadas y hasta incrementa la relevancia natural del Teide al dar por hecho que hubo ese bosque, frente a las dudas previas.

Según explicó el jueves en las Jornadas Telesforo Bravo del portuense Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, un estudio que lidera e iniciado en 2014 ha confirmado su existencia por los excrementos de mirlos (sobre todo del capiblanco, que emigra desde Europa y vuelve a subir) y lagartos, así como de otros animales que expanden de forma secundaria las semillas al alimentarse de esos otros (cernícalos, alcaudones… ), según la pionera tesis de David Padilla.
Esta investigación, que cuenta con la contribución clave de científicas como Beatriz Rumeu (que hizo su tesis sobre esto), se publicará en diciembre y sostiene que este bosque ocupó gran parte de Las Cañadas. En una casi primicia de la que disfrutaron los asistentes a las jornadas (pues ya lo ha expuesto en otras), Nogales afirmó que ese bosque era tan frondoso que los guanches tenían que quemarlo para poder atravesar lo que, mucho después, se convirtió en el parque nacional más visitado de Europa y el segundo del mundo, tras Yellowstone. Lo hacían no solo para desenvolverse con más comodidad junto al temido “dios” Echeyde, en aquella romantizada Nivaria, sino para poder pasar de Norte a Sur y al revés, pastar con sus cabras y hasta practicar su humilde agricultura a esas elevadas cotas.
Sin embargo, fueron esas quemas durante 2.000 años, hasta la conquista castellana, uno de los motivos clave de la creciente diezma del bosque y una clara prueba del daño que causa el humano en entornos naturales (o el planeta entero, como demuestra el cambio climático que Nogales volvió a recordar el jueves pese a tanto palurdo/a negacionista), Eso sí, en el caso de los guanches, por pura supervivencia. Y es que, a diferencia del pino canario, que suele resistir el fuego y rebrota con facilidad (al año y medio o dos; de hecho, se asentó en tierra de volcanes), el cedro no puede con los incendios y se pierde por completo, tal y como demostraron fuegos como el de 2007, que afectó a los ejemplares de la parte Norte de La Fortaleza.
Tras la llegada de los castellanos (si bien Nogales recuerda el peso inicial de los portugueses, que se refleja en un amplio acervo genético y cultural, como la palaba “mojo”), el cedro fue utilizado durante casi 5 siglos, sobre todo, por su prestigiosa madera. Aunque los usos eran variados, hasta las últimas décadas del XX hubo carpinteros que creaban las célebres cajas de cedro. El propio biólogo señaló el jueves que, según le indicó un señor mayor del Puerto, no había chica de clase alta que se preciara que no tuviera una caja así para conservar su ropa.
Estos factores hicieron que el antiguo bosque casi desapareciera y que, durante mucho tiempo, se dudara de su existencia. Sin embargo, desde 2008, el equipo de Nogales, que tenía marcado todo lo que había en el parque, comenzó a descubrir que los procesos originales se estaban reinstaurando, que los mirlos comunes empezaban a subir en invierno y que los capiblancos llevaban miles de años viniendo de forma regular (no ocasional, como decía la ciencia) a por sus nutritivos y resinosos frutos tras analizar sus heces.

El CSIC tenía plantas madres e hijos de cedros de lo quemado en 2007 y se los donó al parque. Gracias a esto, se salvó el diploma europeo tras ese incendio y se puede ahora hacer repoblaciones potentes en las tres zonas donde quedan ejemplares: Siete Cañadas y Montaña del Cedro, usando La Fortaleza como referente. Según recalca, lo ocurrido en este último enclave ha servido de acicate para las administraciones y, si bien esta planta “se lo toma con calma” (la madurez sexual de las hembras se da desde los 13 años y los frutos tardan 2 en madurar), espera que en 1 o 2 décadas la recuperación pueda llamarse bosque. De hecho, ya hay más de 3 hectáreas en La Fortaleza, quintuplicándose su número.
La evidencia que les hizo concluir que el Teide estuvo arropado por este bosque derivó del análisis del mirlo capiblanco (capturados media hora mediante redes japonesas), pues no era normal que bajara de forma regular al llegar noviembre, pese a los pocos ejemplares de cedros. Este pájaro, que tiene en su ADN las rutas migratorias, fue y es clave en la expansión (antes también los cuervos, como con las sabinas, pero ya casi no hay). Los lagartos también resultan relevantes porque, aunque apenas llegan a un radio de 100 metros, su número e influencia en poco espacio contribuye y permite luchar contra uno de los grandes problemas para que prosperen estos cedros: la acción de conejos y muflones.
La relevancia de esta recuperación la confirman los 2.000 ejemplares que ya hay, se refuerza con el hecho de que los mirlos y lagartos dispersan las semillas todo el año y también se está dando en Taburiente (La Palma), donde se han hallado ejemplares machos de 2 metros de diámetro, de más de mil años y, junto a los tinerfeños, los situados más al Sur en todo el planeta. Además, su importancia es aún mayor si se atiende a que, de 6 especies de frutos carnosos en Las Cañadas, 4 están amenazadas de extinción, siendo el cedro la que posee ahora mayor esperanza de vida tras un descubrimiento científico de hace pocos años que, sin embargo, no debe esconder los grandes riesgos del parque. Y es que, pese a estas buenas nuevas, “el Teide es un sistema enfermo”, según avisa.
El grave problema de las abejas por la pérdida de polinizadores
Nogales, apellido inmejorable para un amante irreductible de la naturaleza que procede de familia de ingenieros forestales y que se refugia en su finca de Tacoronte como sosiego y reimpulso existencial, advierte sobre las abejas de la miel en Las Cañadas y en cualquier campo que no sea monocultivo al desaparer los polinizadores. Según subraya, esto contribuye al colapso biológico que se da cuando, como pasó con el cedro, desaparecen especies y, con ellas, una gran cadena de fauna. “Al contrario de lo que piensan muchos, estas abejas no son buenas polinizadoras, pues roban miel y desplazan a los naturales, los que se desarrollaron con las plantas en tiempos evolutivos y son más eficientes. De hecho, hay un estudio de 2018 de Alfredo Valido que lo prueba. Es algo que no se ve, pero que influye mucho y que debe atajarse a tiempo”.






