Olga García Quintero fue una mujer adelantada para su época y con una mente privilegiada. Ella y su esposo, José Felipe Díaz, abrieron la pequeña fonda o casa de comida en el barrio de Santo Domingo, en La Guancha, donde daban de comer con las cartillas de racionamiento en las que, curiosamente, el gofio no estaba incluido.
Eran muchas las personas que se trasladaban desde Santa Cruz a probar los platos de Doña Olga, porque era un referente, sobre todo la carne con papas y el pescado fresco, que en esa época era de bajo coste y se cogía en la playa del mismo barrio.
Olga nació en San Juan de la Rambla, en el núcleo de Tabaiba, pero se fue a vivir al municipio vecino. Unos años más tarde el matrimonio se trasladó a una nueva ubicación, una casa que ellos mismos construyeron. Además de vivienda, tenía una habitación enorme que destinaron para la restauración y le sumaron una venta de ramos generales en la que se podía encontrar desde comestibles hasta ropa, calzado, se despachaba gasolina y butano y tenía el único teléfono público.
Allí la gente quedaba para hablar, previo aviso de sus dueños. Funcionaba también como una oficina de correos y las guaguas paraban allí y dejaban paquetes o correspondencia que sus destinatarios después recogían. Cuando se casó el último de sus hijos, la pareja decidió cerrar la parte del comedor y dedicarse exclusivamente al trabajo en la tienda.
A los 56 años, Olga se quedó viuda y con todo a cargo. Sus hijos ya estaban todos casados y habían formado sus propias familias, así que no tuvo otra opción que hacerse cargo del negocio. Y así fue hasta los 92 años, cuando falleció el 15 de enero de 2012. “Hasta ese momento hacía los cálculos y las sumas mentalmente. Se sentaba con su bastón en la venta y supervisaba todo”, recuerda Pilar, una de sus nietas y actual gerente de la tienda, ubicada en el número 37 de la Avenida VIII de agosto.
Aún hay muchos vecinos y vecinas que siguen llamando al negocio Doña Olga, su antiguo nombre, pero los nuevos clientes ya lo hacen por el actual, que es Disa Santo Domingo, porque mantiene el surtidor.
Recuerda que hubo una ley que no permitía abrir los domingos las gasolineras, pero como el negocio de su abuela también tenía una venta, se le dejaba despachar. “Se montaban unas colas terribles desde por la mañana hasta por la noche”, cuenta.
Ella y sus tres hermanas iban a ayudar a su abuela, sobre todo los fines de semana, cuando la empleada que tenía descansaba. Las llamaban “las chicas que ponen gasolina” y fueron las primeras mujeres que pusieron gasolina, una tarea que en la época era exclusivamente masculina. Su abuela siempre se movió en un mundo de hombres y quizás por ello siempre repetía una frase: “Te tienes que dar a respetar”. En su caso, su carácter y todo lo que había conseguido eran suficientes. No hacía falta más, su trabajo la avalaba.
En los libros, que la familia aún conserva, apuntaba todo. Como muchos negocios de las época, vendía al fiado y registraba de manera clara y cuidadosa quién debía, el importe que entregaba y la fecha en la que lo hacía cada persona. En el año 2004 recibió un reconocimiento del Ayuntamiento de La Guancha como mujer empresaria. Fue una de las primeras en conseguirlo.
Pilar es economista y siempre trabajó en gerencia y administración y cuando Olga falleció se planteó hacerse cargo del negocio junto con Jorge, su esposo, dado que sus respectivas profesiones les permitían compatibilizar este reto y continuar con el legado de su abuela. Sus padres y tíos ya estaban jubilados y sus primos no tenían intención de hacerlo, así que decidieron “probar suerte”.
Llevan 11 años y han conseguido, pese a las dificultades, que Doña Olga cumpla hoy 70 años. Y lo van a celebrar, porque no hay muchas empresas pequeñas con su trayectoria y que duren tanto tiempo. La gente mayor sigue acudiendo a comprar allí porque es un punto de encuentro y porque recibe un trato personalizado que no le brindan en otros establecimientos. Lo mismo sucede con los proveedores. Su abuela siempre tenía como costumbre invitarles a tomar café cuando llegaban y Pilar y Jorge siguen manteniéndola. “Nuestra diferencia con otras tiendas es el servicio, el trato directo con el cliente, la familiaridad. Muchas personas vienen porque las tratas con amabilidad”, sostiene Pilar.
Patricia, Acoremy y Alicia tienen mucho que ver en eso. “El personal es el valor más importante que tenemos, porque es una empresa familiar, todos sabemos lo que tenemos que hacer, y si el negocio funciona es porque ellas funcionan, ya que son su principal imagen y tienen un trato excelente con los clientes”. Alicia es la más veterana, lleva trabajando 22 años en la venta, 11 de ellos junto a su abuela.
Al ser un negocio pequeño, las vacaciones de las empleadas y los fines de semana las cubren Pilar y Jorge. “No podemos crecer, estamos donde estamos y hay que echarle números, horas y cabeza porque al mínimo descuido, los números no cierran”, apunta.
El esfuerzo durante todo este tiempo ha valido la pena. No solo porque han conseguido mantener la venta abierta, sino también la filosofía de su abuela, “que siempre fue dar un servicio al barrio y ayudar a que tuviera su actividad”, concluye Pilar.
Un 70 aniversario con promociones durante dos semanas
Pilar y Jorge, nietos de doña Olga, tenían claro que querían celebrar el 70 aniversario de la tienda con quienes han estado junto a ellos todo este tiempo, vecinos y proveedores. Así, además del brindis que realizarán durante dos semanas, hasta el día 24, celebrarán este 70 aniversario con diferentes promociones.








