Miles de turistas pasan a su lado cada día pero casi nadie se fija en él. Lleva allí medio siglo y ahí sigue, erguido y revestido de hojas redondeadas a escasos metros de la entrada principal del Lago Martiánez, en el Puerto de la Cruz, testigo del tránsito continuo de peatones por la avenida de Colón, de los baños de varias generaciones en el icónico recinto diseñado por César Manrique, de las terrazas llenas de clientes a todas horas y de quienes intentan ganarse la vida con la venta ambulante. Su aspecto no llama la atención –no se trata de ninguna especie extraordinaria ni especialmente atractiva-, pero es un árbol con un significado especial, con una historia detrás, aunque pase desapercibido entre la abundante y variada masa vegetal que circunda la obra más emblemática del artista lanzaroteño.
Su historia se remonta a la segunda mitad de los años 70, cuando, en plena construcción del gran lago artificial, Manrique se percató durante una de sus visitas a la obra de la existencia de un pequeño árbol, casi moribundo, en una zona de escombros, justo por fuera del perímetro del complejo de piscinas. Contaba con todas las papeletas para ser arramblado por los tractores de la obra, pero César se fijó en él y esa fue la salvación del arbusto silvestre.
Manrique y su equipo, en el que destacaban los ingenieros de Caminos, Canales y Puertos Juan Alfredo Amigó Bethencourt y José Luis Olcina Alemany, grandes artífices materiales de los sueños del genio conejero, decidieron proteger la planta leñosa integrándola en el entorno del nuevo complejo acuático como parte de la vegetación exterior. Se garantizaba así su supervivencia en la zona peatonal destinada a bancos, jardineras y balconada con vistas al interior del recinto.
Allí, a unos 20 metros de la entrada a la gran piscina, sigue en pie la especie indultada, una coccoloba uvifera, conocida popularmente como uva de mar, nativa del Caribe, de larga vida y gran resistencia a la maresía y a la salinidad del suelo, según explicó a este periódico Pedro Luis Pérez de Paz, biólogo, doctor y catedrático de Botánica.
“Desde el día que César decidió salvar el árbol, lo primero que hacía cada vez que llegaba al Puerto de la Cruz para supervisar la obra era visitarlo; no fallaba nunca, y lo trataba como lo que era, un ser vivo al que había salvado de una muerte segura”, rememora Amigó, quien recuerda cómo el artista “se plantaba delante de él, lo tocaba, lo acariciaba y le hablaba, en una especie de liturgia que practicaba solo, sin nadie alrededor y que nosotros contemplábamos desde la distancia; era un detalle más de su dimensión humana y de su gran sensibilidad por el medioambiente”.
El árbol rescatado por Manrique y su equipo mide hoy casi cinco metros de altura y sus hojas se despliegan en forma semicircular por todo su ramaje. Se alza frente al hotel Tenerife Playa, el histórico establecimiento portuense, construido en 1960, que guarda dos recuerdos ligados al escultor y pintor nacido en Arrecife. Allí, frente a su entrada, nació en septiembre de 1967 la relación profesional y de amistad entre César y Amigó y Olcina, su “familia chicharrera”, como presumía el creador conejero, después de que Cándido García Sanjuán, propietario del complejo turístico, encargara a los dos ingenieros una obra para ampliar el paseo situado delante de su hotel, en la avenida de Colón.
El empresario les habló entonces por primera vez de un artista que “estaba haciendo muchas cosas en Lanzarote” y que había pintado un sorprendente mural en el Casino de Santa Cruz de Tenerife. Así entrelazaron sus vidas los dos ingenieros con la figura del arte contemporáneo más aclamada en Canarias –el equipo lo completaría el constructor Luis Díaz de Losada- hasta su desaparición. El destino quiso que el adiós de César, en un accidente de tráfico a escasos metros de su fundación, se produjera el 25 de septiembre de 1992, el mismo día en que se conocieron, justo 25 años después.
En ese mismo hotel, César Manrique y su equipo subieron hasta su azotea, en abril de 1977, para divisar con perspectiva de altura la obra ya terminada y cuya idea había plasmado, años antes, en una servilleta de papel mientras almorzaba con sus dos colaboradores en una pizzería de la ciudad turística. Con aquellos trazos dibujados en cinco minutos, que representaban una gran esmeralda, Amigó y Olcina redactaron en los siguientes meses el proyecto que presentarían al alcalde Felipe Machado González de Chaves.
Nada más ver desde lo alto del hotel la dimensión de la joya de la corona portuense, el visionario lanzaroteño se emocionó y confesó al tándem que había hecho posible su sueño: “Es tal como lo había imaginado, esto es exactamente lo que yo quería”. Era su firma en el aire de su gran obra maestra.





