“Las Islas Salvajes son un espectáculo para cualquier amante de los fondos marinos y de la naturaleza en general”, asegura Sergio Hanquet, fotógrafo naturalista, que destaca el parecido de estos tres territorios atlánticos con Canarias, “aunque con una fauna marina de mayor tamaño y mucha más vida, al estar alejadas del continente y ser una reserva natural”.
El submarinista y divulgador belga residente en el sur de Tenerife acaba de regresar de este archipiélago deshabitado situado más cerca de Canarias que de Madeira –165 kilómetros al norte de Anaga y 280 al sur de las islas portuguesas, aunque dependen administrativamente de estas últimas- y se trae experiencias y fotografías que hoy comparte con los lectores de DIARIO DE AVISOS.
Las Salvajes apenas se ven en los mapas y están formadas por tres pequeñas islas (Salvaje Grande, Salvaje Pequeña e Islote de Fuera) que ocupan en conjunto una superficie de 2,73 kilómetros cuadrados (algo más de la mitad que Lobos). Son territorios que no se pueden visitar sin una autorización de Funchal y solo se permite fondear en un par de puntos. Están considerados como un santuario de aves marinas, especialmente de pardelas, y las aguas que los rodean cuentan con la catalogación de reserva marina. Cualquier paseo en tierra, donde está prohibido acampar, se realiza durante un tiempo limitado y con la compañía de un guardia de medioambiente.
“Desde Anaga se tarda 18 horas en velero y 20 desde Santa Cruz, pero el viaje se debe hacer aprovechando las calmas marinas, entre septiembre y noviembre, porque subir fuera de esta época cuesta muchísimo”, advierte Hanquet después de su quinta visita a las Salvajes para practicar, junto a cuatro amigos, su gran pasión, el buceo, entre meros, pejeperros, chopones, cabrillas, viejas y medregales, las especies más comunes que habitan sus aguas.
Además, destaca la irregular orografía del fondo y la intensidad de las corrientes marinas, lo que dificulta la exploración, y subraya el riesgo que supone para la navegación las bajas. De hecho, en esta zona reposan los restos de barcos encallados y hundidos, entre ellos un petrolero que naufragó hace 50 años en Salvaje Pequeña.
Hanquet recuerda que estas islas reciben, además de las visitas de científicos que estudian las aves marinas y que encuentran en ellas un laboratorio privilegiado, las de navegantes procedentes del continente europeo: “Bajan por Azores y Madeira y aquí hallan, en muchos casos, refugio, porque hay una pequeña bahía donde se puede fondear para resguardarse de los vientos antes de seguir el viaje hacia las Islas Canarias”.













