Carlos Matallana (Las Palmas de Gran Canaria, 1956) se considera conejero porque en Lanzarote pasó su infancia y su adolescencia. Estudió el bachillerato en Arrecife y realizó sus estudios de Bellas Artes en Tenerife y en Barcelona. En los 80 vino a Tenerife, donde sigue viviendo. Figura en la colección de artistas canarios del Gobierno de Canarias, los famosos libros sobre autores de las islas que configuran una colección portentosa. Ha realizado una veintena de exposiciones individuales y ha participado en varias muestras colectivas en Canarias, en la península, en Suecia, Nueva York, Senegal, Portugal, Bélgica, Italia, Marruecos, etcétera. Si me preguntan cuál es su estilo, yo diría, a lo Groucho Marx, que tiene varios, pero todos son de una precisión y de una belleza dignas de resaltar. Es un gran conversador. Como su tío, César Manrique, Carlos es vitalista, extravertido, cordial y me da que también es, en sí mismo, un torrente de ideas. Desde luego, su obra, que he estudiado con cuidado a través de ese libro, lo dice. Además, es un pintor que vende, en unos momentos en que el arte ha caído, en que los artistas están desesperados por falta de mercado para unas obras que son buenísimas. Él no se queja. Se lo he preguntado, porque acaba de exponer en la Galería TC y no le ha ido nada mal, por lo que he podido comprobar.
“Es verdad que ya no existe la efervescencia de los 80. Pero mi obra se sigue vendiendo razonablemente bien”.
-¿A qué atribuyes el éxito?
“Pues será por los temas que trato o por el tratamiento hedonista que marca toda mi obra. Soy de esos pintores a los que les gusta la belleza y siempre me han relacionado con la pintura colorista y lumínica”.
-Tú cultivas una variedad de estilos. Unas veces recuerdas a Van Gogh y otras practicas un realismo sorprendente. Y otras veces mezclas ambos, como el cuadro de la cabra y la montaña. ¿Me equivoco?
“Se puede decir que la variedad de estilos que he cultivado, desde la abstracción geométrica a la figuración radical, se debe a mi inquietud de enfrentarme con lo desconocido”.
-¿Y eso?
“Me refiero a no quedarme en ningún espacio estético inmutable; se trata de un estímulo a mi creatividad. Esa deriva estilística es la que me mantiene con la vitalidad necesaria para seguir pintando. Puede decirse que soy un nómada de los estilos, pero también un provocador de las estéticas”.
-¿Qué te enseñó tu tío, el gran César Manrique? O tú a él, quizá.
“Mi tío me enseñó muchísimas cosas”.
-¿Me las cuentas?
“Mira, no sólo del arte y de la pintura, sino también mucho de la vida, de la libertad personal, de sexualidad, del respeto a la Naturaleza. Me aconsejaba cómo vivir en el mundo artístico y me hacía hincapié en que buscara mi propia voz en el arte. Me preguntas si yo le enseñé algo a César… pues no, yo supongo que no le enseñé nada”.
-Yo, que fui amigo suyo, le consideré siempre un hombre muy familiar. ¿No crees?
“Te puedo decir que la de nuestra familia fue una relación muy natural. Él, aunque era muy independiente, también le encantaba la familia y le gustaba pasar por la casa de mis padres y de sus otros hermanos. Cada vez que llegaba de viaje nos hacía una visita. Le encantaba comerse un buen potaje de lentejas”.
-Y hablaba sin parar…
“Hablaba sin parar de todo lo que había vivido. Hablaba de arte, pero también de sus sentimientos con respecto a sus experiencias personales. No se callaba nada y cuando hablaba de sexualidad ponía a mis padres en apuros. Su libertad era extraordinaria, si se compara con una época marcada por el franquismo”.
-Carlos, eres uno de los ochenta y tantos privilegiados. Figuras en la Biblioteca de Artistas de Canarias. A eso se le llama estar consagrado.
“Estar representado en la Biblioteca de Artistas de Canarias es, por supuesto, un honor, pero, no creas, también lo considero una responsabilidad”.
-¿Por qué lo dices?
“Porque estas ediciones monográficas de artistas canarios tienen la ventaja de dar cuerpo a todo un recorrido profesional de los artistas y eso es muy interesante porque aclara y visualiza toda una producción. En cuanto a la consagración de la que hablas, más bien me parece que ya me están matando porque estos monográficos solían, antes, hacerlos post mortem”.
-Me he leído ese libro, he visto tu obra. El grafito de un señor que limpia un retrete me parece genial. ¿Eres tú?
“Sí, soy yo”.
-Háblame de esos grafitos.
“Esa serie de dibujos a grafito, que titulo Petites Farces, Pequeñas Farsas, no la considero como auténticos autorretratos, sino que se trata de un juego de espejos donde pretendo acentuar de una manera lúdica, pero corrosiva, y algunas veces con humor, la condición del artista actual. En este caso, el retrete está firmado por R. Mutt, seudónimo de Marcel Ducham, y en esta obra en particular me refiero a la limpieza escatológica y conceptual que a mi parecer es excesiva en el arte contemporáneo”.
(Se trata de una sátira, entonces. Noto, en la conversación mantenida con Carlos Matallana Manrique en Los Limoneros, donde tomo mis apuntes, que jamás habla mal de sus compañeros de profesión y esto es muy extraño entre los artistas famosos. Y, claro, esta actitud le honra. En realidad, hablamos de muchas cosas, no sólo de pintura. De sus hijos, de su precioso estudio en Acorán, donde vive con su familia, con un gato que apareció por allí y nadie lo quería, y con un perrito adoptado en el refugio de Valle Colino que creció tanto que no cabe en un transportín y odia ir en bodega de un avión).

-Confieso que me he quedado impresionado de cómo puedes transitar desde el bodegón con manzanas a recrear a Adán y Eva en el Edén de un barranco de las islas.
“Aunque pueda parecer contradictorio, y es cierto lo que dices, para mí es muy natural actuar de esta manera”.
-¿Por qué?
“Pues porque desde el principio de mi carrera me di cuenta de que en el desarrollo de mi obra llegaba a un agotamiento formal que me impedía seguir haciendo lo mismo, una y otra vez, con el mismo concepto o la misma estética. Sé que mi estilo en el arte es alternado, agitado y casi contradictorio, pero como decía André Breton: “El arte debe ser convulso o no será”.
-Tus trazos son milimétricos cuando practicas la abstracción geométrica. Son bellísimas esas figuras.
“La abstracción geométrica es una de las estéticas que surgió en los años 20 del siglo pasado y ha sido muy importante en el desarrollo del arte hasta nuestros días”.
-Es verdad que perviven esas formas. No envejecen.
“Siempre me han interesado y me siguen interesando. Se trata de una simplificación estética donde la línea y el color tienen un valor por sí mismos. Se desarrolla obviando la representación figurativa, aunque también puede llevar consigo una significación simbólica de la vida, como es el caso de Broadway Boogie Woogie, de Piet Mondrian”.
-Basada en Nueva York.
“Estas pinturas representan el dinamismo de la vida moderna de la ciudad de Nueva York. En mis obras geométricas, la construcción formal siempre está relacionada con la sensación espacial”.
(Y yo relaciono estas formas, y esta es una opinión muy personal que no sé si comparte mi interlocutor, con una pintura decorativa de despacho de Wall Street, de mansión de vanguardia de Park Avenue. Desde luego, yo no me privaría de una de ellas, de ser uno de esos magnates de –yéndome a California— de Silicon Valley. Estoy echando a volar la imaginación, ahora).
-Dicen que somos una región privilegiada en el mundo del arte.
“Canarias ha sido siempre, al menos con relación al mundo del arte, una región singular”.
-¿Por qué lo dices?
“En la plástica, como en la literatura, ha tenido muchos y muy buenos artistas. Antes, el problema era la incomunicación por la distancia geográfica, pero ya hace tiempo que Canarias no sólo está perfectamente conectada en transportes, sino también en cuanto a medios de comunicación. Vivimos en un mundo global. Así todo, no podría decir que sea Canarias privilegiada y el mejor síntoma de lo que digo son las pocas galerías de arte y el casi nulo coleccionismo, aunque es verdad que se ha mejorado mucho en infraestructuras museísticas, como el MIAC, el Juan Ismael, el CAAM y el TEA”.
-Se trabaja bien aquí, Carlos, ¿no crees?
“Este sí que es un privilegio, no sólo por la belleza y la variedad de sus paisajes, por el clima, etcétera, sino también por esa misma distancia que le otorga una objetividad que sería difícil de encontrar en capitales artísticas. Pero para las relaciones con otras galerías y el mundillo del arte, de alguna manera seguimos siendo la periferia. Aunque es verdad que se ha mejorado mucho en los últimos veinte años”.
-Háblame de una jornada de trabajo habitual.
“No me levanto temprano, tampoco tarde, desayuno y salgo a caminar una hora diaria con mi mascota, Root. Las mañanas las dedico a mi casa y después de almorzar bajo al estudio, leo el periódico, algo de redes sociales y a partir de ese momento sigo con lo que tengo en proceso en ese momento. Pinto todos los días, mi jornada de trabajo suele ser de seis a nueve horas y en esto soy disciplinado. Pero el momento más ilusionante y creativo en todo el proceso de pintar es el decidir qué voy a pintar y cómo lo voy a hacer, qué concepto está debajo de lo que he pensado, etcétera. Todo este proceso lo voy anotando con todo detalle en mi libreta de dibujo donde hago los bocetos previos”.
-¿Sientes a Lanzarote como una tierra de inspiración?
“Tuve la suerte de vivir en Lanzarote cuando la isla todavía sufría un retraso en infraestructuras y era primitiva en muchas de sus formas. Y esto para un niño era una maravilla porque podías jugar con tus amigos en cualquier callejón. Vivía en un Arrecife tranquilo, donde todo el mundo se conocía. Puede decirse que tuve una infancia muy feliz porque además mis padres, que eran estupendos, veraneaban cuatro meses de La Caleta de Famara, un pueblito marinero que por aquel entonces era pequeño y auténtico. Fíjate que la luz eléctrica llegó cuando yo tenía 13 años. Tuve una infancia muy vinculada al mar, al misterio, a los cielos llenos de estrellas, al desierto de Soo, a los camellos, a los barquillos de vela latina, a las caminatas por la playa, a la libertad total”.
-Recuerdos hermosos.
“Todos estos recuerdos, entre otros, son los que me han formado y puedo decir que Lanzarote es tan singular que a nadie le deja tranquilo; al revés, lo arrebata, lo transporta a lo primigenio y, por muchas cosas más que se nos escapan, Lanzarote es una inspiración brutal”.





