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Cariocas se alza con el primer premio de Interpretación en el Concurso de Comparsas del Carnaval de Santa Cruz

El segundo lugar lo ocupó Joroperos, que se intercambia los papeles con los de Valleseco. La tercera posición fue para Bahía Bahitiare y el accésit para Rumberos
Cariocas se alza con el primer premio de Interpretación en el Concurso de Comparsas del Carnaval de Santa Cruz

Con el cartel de entradas agotadas y un Recinto Ferial a medio gas, a las 20:00 horas arrancaba otro de los platos fuertes del Carnaval de Santa Cruz: el concurso de comparsas. Nueve agrupaciones desplegaron ritmo, armonía, color y energía sobre el escenario en una noche vibrante que coronó a Cariocas como vencedores. El segundo recayó en Joperos, el tercero fue para Bahía Bahitiare y el accésit para Rumberos. Las comparsas restantes encargadas de reafirmar por qué Santa Cruz de Tenerife tiene uno de los mejores carnavales del mundo fueron Danzarines Canarios, Río Orinoco, Tropicana, Tabajaras, Abenaura y Valleiros. En el apartado de presentación los ganadores fueron Bahía Bahitiare, mientras que el segundo recayó en Joroperos. El tercero y el accésit fueron para, en orden, Cariocas y Rumberos. 

Bajo la presentación de los maestros de ceremonia Tomás Galván y Pilar Rumeu, las comparsas infantiles Tropicana y Joroperos abrieron la velada con un espectáculo vibrante. Sus actuaciones dejaron patente el talento emergente en esta categoría, evidenciando la necesidad de un concurso específico para las agrupaciones más jóvenes. Y es que los colectivos defienden que el esfuerzo de seis meses de estos niños y adolescentes, de entre cinco y diecisiete años, merece un espacio propio donde su dedicación y creatividad sean reconocidas.

Danzarines Canarios (1971)

Apenas dos minutos de preparación bastaron para romper el hielo entre plumas blancas y rosadas. Este año, la agrupación dirigida por Rayco Hernández apuesta por los sonidos latinos, con especial protagonismo del tema Nadie te cree, de Nesty y Alexander Delgado. La banda suena impecable, permitiendo que la comparsa se luzca en su cambio de vestuario al compás de La Negra Tiene Tumbao, de Celia Cruz.

El azul domina la escena mientras el grupo transporta al público a Latinoamérica con una propuesta llena de energía. A pesar de algunos desajustes en la coordinación, logran mantener el espíritu con temas como Vamos a ser feliz, de Olga Tañón. La coreografía, aunque no sobresale, refleja la esencia de Danzarines y cumple con su sello distintivo.

Río Orinoco (1988)

Tras un año sabático, la agrupación reaparece con una propuesta renovada bajo la dirección de Besay López, coreógrafo de amplia trayectoria y director del grupo de baile Crew of Dreams. La presentación arranca con ritmos africanos, en sintonía con la temática del Carnaval. 

El escenario se viste de rosa al compás de Hay que vivir el momento, de Manuel Carrasco. Sin embargo, en el primer bloque se percibe cierta falta de seguridad en los movimientos. Luego, una samba transporta al público a Brasil para dar paso a la exhibición de los llamados trajes grandes. El cambio de vestuario, en tonos dorados y azul aguamarina, provoca desajustes en las entradas. Se arrancan con un intento de rueda cubana, que no consiguen ejecutar con coordinación.

El repertorio, moderno y actualizado, resulta algo recargado por la cantidad de transiciones. La falta de energía deja la sensación de un espectáculo con más potencial del que finalmente se mostró en escena. 

Rumberos (1965)

La comparsa madre del Carnaval de Canarias conmemora siete décadas de historia con una puesta en escena cargada de simbolismo. Bajo la dirección de los Monzones, el espectáculo arranca con un diálogo que narra el vínculo entre Tenerife y Venezuela: “Sin billete ni documentación, se subió a un barco. Y volvió 25 años después a ver el sol de Venezuela”. A continuación, la interpretación de un joropo transporta al público, con bailarinas luciendo trajes inspirados en el folclore del país caribeño.

A lo largo del repertorio, se suceden melodías emblemáticas del concurso de comparsas y pinceladas de ritmos latinos. El clásico Vamos a ser feliz, de Olga Tañón, vuelve a sonar en el escenario. Con el cambio de vestuario, la energía se intensifica y el público responde con aplausos. Pese a algunos desajustes en las entradas, la fantasía en tonos plateados y blancos realza el trabajo de Rumberos. Sorprende que, pese al gran número de integrantes en la banda, cueste entenderlos. Como marca la tradición, el espectáculo cierra con el himno Mamá, llévame a La Habana.

Bahía Bahitiare (2002)

Llegan bajo la dirección de Zara Díaz, reflejo perfecto de la constancia por seguir sacando hacia adelante esta formación. Con una apertura impecable, transportan al público a Rusia a través de una de sus danzas más populares, desplegando una energía imponente desde el primer momento. La fantasía, en tonos rojos, dorados y blancos, brilla aún más gracias a la cantidad de integrantes.

El repertorio mantiene la intensidad con temas como Run The World, de Beyoncé, que sostiene el dinamismo de principio a fin. Aunque se extraña más coreografía, compensan con desplazamientos y cambios de formación, confirmando que, en ocasiones, menos es más.

Uno de los momentos más innovadores llega con Vale la Pena, de Juan Luis Guerra. Desde el suelo, juegan con los pasos, dando lugar al cambio de vestuario de manera creativa: con luces apagadas y barras LED, simulan ser parte de la percusión. El impacto visual arranca una ovación cuando la iluminación regresa y presentan su nueva fantasía en negro y amarillo. El único punto en contra es su disposición, quedando demasiado hacia un lado del escenario, lo que afecta a la percepción del conjunto. Aun así, cierran con fuerza y sentencian un espectáculo a la altura.

Tropicana (1994)

Con las luces apagadas, ya la fantasía se iluminaba gracias a los tonos neón, anunciando un inicio cargado de energía. La banda, potente y arrolladora, recuerda a un coro de ópera cuando las bailarinas, al borde del escenario, inician la primera coreografía. Después de su intervención, el recinto queda en silencio, dando paso a una intensa muestra de percusión, con más de quince tambores que evocan los ritmos africanos. 

El resto del cuerpo de baile se une a la actuación con algo de inseguridad, probablemente debido a que a la banda no se le percibe en los primeros momentos de su interpretación. Sin embargo, poco a poco recobran fuerza, y el rosado vuelve a dominar el escenario, acompañado esta vez por tonos azules y destellos brillantes.

El repertorio fusiona temas en inglés, cerrando con un toque latino al son de Mambo 23 de Juan Luis Guerra, entre otros. El cambio de vestuario refleja una clara declaración de color, con una mezcla de verdes, naranjas y amarillos sobre una base rosa palo. Su actuación es correcta, pero no consiguen conectar, lo cual resulta desafortunado dado el gran número de integrantes y el potencial que podrían aprovechar mejor. El punto fuerte, la voz solista, que a veces se ve opacada por los problemas de sonido ajenos a la agrupación.

Tabajaras (1983)

Bajo la dirección musical de Wilmer Rodríguez y la coreografía de Yésica Pérez, con 41 años de trayectoria en el Carnaval, la agrupación da inicio a su actuación con luces apagadas y una fantasía que resalta gracias a los tonos neón de sus colores, producto del material utilizado. La presentación comienza con una propuesta de inspiración africana, acompañada de cantos aparentemente tribales, fusionados con un tema más moderno y vinculado al Carnaval, Waka Waka de Shakira.

El repertorio de Tabajaras cumple, combinando diversos estilos y temas como Mami, ¿qué será lo que quiere el negro?. Sin embargo, las canciones elegidas no parecen ser las más acertadas, lo que desvía la atención de una coreografía correcta, con una mayor concentración en pasos que en movimientos complejos. Uno de los aspectos más sorprendentes es la ausencia de cambios de vestuario, lo que resta impacto al espectáculo y genera una sensación de monotonía a lo largo de la actuación.

Cariocas (1969)

En el escenario de África, la comparsa Cariocas, ganadora del Segundo de Interpretación en la edición pasada y Primero de Interpretación en Ritmo y Armonía, inicia su actuación con la fuerza característica que les ha valido reconocimiento. Su fantasía, una mezcla de blanco, rosado y verde, destaca por su belleza y elegancia. Abren con una fusión de sonidos tribales y modernos, con instrumentos como la guitarra eléctrica, mostrando una impecable coordinación que eleva la calidad del espectáculo.

Durante el cambio de vestuario, dominan los tonos verdes con detalles plateados, acompañados de percusión y movimientos innovadores. Su uso del escenario es sobresaliente, con desplazamientos armónicos que enriquecen la propuesta. Los hombres de la formación toman el protagonismo en esta parte del show, especialmente al interpretar Crazy in Love de Beyoncé, llenando el espacio con ritmo, elegancia y dominio. 

Luego, el resto del grupo se une con Bemba Colorá de Celia Cruz, luciendo otra fantasía en plateado, dorado y verde, y culminando con una puesta en escena que recibe vítores y aplausos, logrando levantar al público del Recinto. Sin duda, Cariocas cumplió con las expectativas, ofreciendo un espectáculo vibrante y bien ejecutado, en el que los hombres de la comparsa robaron la atención del público con una fuerza y dinamismo que marcó el ritmo de la actuación.

Abenaura (2021)

Abenaura, la última incorporación al Carnaval, celebra su cuarta participación, con el cupo completo y sin espacio para nuevas incorporaciones por el momento. La presentación comienza con un golpe de percusión, acompañado de la breve intervención de una de las solistas. El coro, compuesto por cinco integrantes, tarda en entrar en sintonía, pero finalmente dan paso a una samba que recuerda a la película Río de Disney o a los Mamelucos, dependiendo de lo carnavalero que seas.

La fantasía, en tonos blancos, dorados y azul cielo, no alcanza a resaltar todo su potencial debido al reducido número de miembros. Sin embargo, el cambio de vestuario ofrece un momento destacado, con un largo interludio en el que siete bailarines se adueñan del escenario, desbordando energía y estilo con cada golpe de percusión. Este, el mejor momento.

Tras este interludio, la agrupación regresa al escenario con una nueva fantasía en negros y plateados. Su repertorio es diverso, combinando temas en inglés con ritmos latinos, destacando Pa’ mi gente de Havana de Primera. La actuación culmina con Que Hubiera Sido de Karol G, mostrando una mejora con respecto a presentaciones anteriores.

Valleiros (1977)

“¡Atención, percusión!”. Con esta potente llamada, Valleiros daba inicio a un espectáculo vibrante. Desde el primer momento, la formación mantiene buena disposición, con movimientos sincronizados que aportan equilibrio y dinamismo a la actuación. Su fantasía, en una combinación de azul, dorado y naranja, destaca por su elegancia. La primera parte del show concluye con Ahora te puedes marchar, de Luis Miguel, dando paso al cambio de vestuario. Mientras tanto, los trajes de mayor tamaño permanecen en escena, impregnando de colorido la interpretación de Viva La Vida de Coldplay, junto a los integrantes masculinos del grupo.

El cambio de vestuario resulta impactante. De repente, el escenario se inunda de dorados, rosados, violetas y amarillos, generando un contraste sorprendente. Esta transformación tiene como telón de fondo Bajo La Tormenta, de Óscar D’León. El coro, compuesto por seis voces, transmite una fuerza que parece duplicar su número, gracias a la intensidad con la que interpretan. Valleiros sorprende, con una presentación llena de energía que finaliza con una ovación del público, reflejo del esfuerzo y la dedicación tras seis meses de arduos ensayos.

Joroperos (1972)

Los ganadores de las dos últimas ediciones en la categoría de Interpretación regresaron al escenario para poner el broche de oro a la velada, tal como ocurrió en 2024. La expectación en el Recinto Ferial crecía a medida que se ultimaban los preparativos, anticipando una actuación que prometía ser inolvidable. Desde los primeros compases, quedó claro que Joroperos no dejaría indiferente a nadie.

El espectáculo comenzó con los integrantes masculinos, ataviados con una fantasía en negro y plateado, llena de destellos y brillo. Un elaborado juego de paraguas formaba parte de la puesta en escena, aunque pequeños desajustes impidieron una sincronización perfecta en su apertura y cierre. Posteriormente, las bailarinas tomaron altura sobre tarimas, utilizando los movimientos para generar impacto visual, todo ello acompañado por una selección de temas en inglés que evocaban la época dorada de las discotecas. La precisión de cada paso y la armonía del conjunto ofrecieron una imagen impecable, alcanzando uno de los momentos más destacados con Arrasando, de Thalía.

El cambio de vestuario marcó un punto de inflexión. La combinación de negro, rojo, amarillo y naranja representaba el fuego, alejándose de la paleta tradicional de las comparsas y aportando un aire innovador. Los hombres abrieron el segundo bloque con una coreografía en pareja, dando paso a un despliegue de ritmos que transportaban al carnaval de Río de Janeiro. Joroperos demostró por qué es referente en el género: supo conjugar pasos, formaciones y desplazamientos con una precisión asombrosa, disimulando cualquier posible fallo. El efecto final perdió fuerza al no lograrse una salida uniforme en los laterales, pero el público, entregado, respondió con una ovación en pie.