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“Estamos ante una generación de adolescentes que se han convertido en verdaderos adictos a las pantallas”

Óscar Lorenzo es psicólogo, experto en tecnoadicciones y coordinador del Centro Aluesa, que pertenece a la Fundación Adsis
“Estamos ante una generación de adolescentes que se han convertido en verdaderos adictos a las pantallas”
Óscar Lorenzo, experto en tecnoadicciones. DA

Por Fátima Bravo | Bien empleadas, las nuevas tecnologías son una herramienta muy útil y una gran ventaja. Sin embargo, también entrañan peligros y desafíos, sobre todo, cuando quienes las utilizan son niños o adolescentes. Para profundizar en este asunto hemos entrevistado, en Atlántico Televisión, a Óscar Lorenzo. Él es psicólogo, experto en tecnoadicciones y coordinador del Centro Aluesa, que pertenece a la Fundación Adsis.

-¿Cuáles son las principales causas que hacen que los adolescentes se enganchen a las pantallas?
“Las nuevas tecnologías ofrecen oportunidades que atraen mucho a una mente adolescente o infantil. Les conectan con otras personas de forma inmediata, les ayudan a divertirse y a sentir cosas que en la realidad son más difíciles de experimentar. Sobre todo, les sirven como medio de ocio y de comunicación de emociones. El hecho de que generen una recompensa inmediata hace que se pueda desarrollar una adición. También les ayudan a no pensar, a no estar tristes. Las consideran como un refugio, y eso es un paso previo a que pueda desarrollarse una conducta adictiva.”

-Teniendo en cuenta estos factores, ¿qué edades son más vulnerables?
“Nos centramos en edades que van desde los 10 a los 17 años. En ese periodo, el menor tiene conductas más impulsivas, menos autocontrol, suele tener más problemas sociales y una afectividad desbordada. Imagínese, es la etapa del desarrollo hormonal, los cambios físicos, las primeras decepciones, los primeros amores, desamores…Ese periodo evolutivo es altamente peligroso.”

-Es la etapa, además, de formación y desarrollo de la corteza prefrontal.
“Efectivamente. En esa etapa hay una característica que se ha estudiado mucho en los últimos años, que es la dificultad para la regulación emocional y para el control de la conducta. En la adolescencia nos creíamos infalibles. Es una etapa especialmente susceptible para que el joven que accede a la tecnología piense que no va a tener ningún problema, que controla lo que está haciendo. Entonces, ese tipo de desarrollo cortical – que no te permite ver los riesgos y exacerba los placeres y las cosas positivas- pone en mayor peligro a este sector de la población.”

-Como terapeuta, ¿qué efectos ha observado en los adolescentes que son adictos a las nuevas tecnologías?
“Si la persona está en un entorno familiar, lo que se nota fundamentalmente es que empieza a aislarse, a desarrollar conductas que no cuadran con su forma de ser. También se vuelven más irritables. Para estar conectados constantemente, pierden el hilo de la comunicación cara a cara. Se aíslan en ese mundo virtual. Solo hablan con gente que está en ese universo. También hay otros indicadores de alarma, la mala trayectoria escolar, deficiencias en el rendimiento y en la atención. Por otro lado, como los videojuegos o redes, los ven sobre todo de noche, se les altera el sueño, pierden interés por las cosas cotidianas, dejan de hacer actividades, empiezan a tener problemas de conducta y no quieren socializarse. Lo único que quieren es estar todo el día con la consola, con el PC o con el móvil. En casos más extremos, donde ya se ha desarrollado una adicción, aparecen síntomas de ansiedad, depresión y, en algunos casos, violencia o ideas suicidas. Sin duda, estamos ante una generación de adolescentes que se han convertido en verdaderos adictos a las pantallas.”

-Qué delicado y qué difícil de detectar, ¿cómo un padre o una madre puede saber si su hijo está estudiando o está enganchado al móvil en su cuarto?
“Efectivamente, esto es muy difícil de controlar. Están habituados a estar con la tecnología cuando estudian. Desarrollan ese fenómeno que se conoce como la multitarea: pueden estar jugando, chateando y haciendo los deberes a la vez, incluso respondiéndole o gritándole al hermano. Ese tipo de simultaneidad hace que sea más complejo para los adultos supervisarles. Es importante que tengamos en cuenta que ellos en esto nos ganan, que son una generación experta en algo que nosotros, los adultos, no controlamos tanto. Hay que estar muy pendientes.”

-¿Qué enfoques terapéuticos considera que son más efectivos para tratar este problema?
“Si hablamos de una adicción ya reconocida, no hay que esperar ni un minuto. En este caso, es mejor ser alarmista y pedir consulta profesional para que valoren el caso. Las terapias más eficaces son, en caso de adicción a los videojuegos, la psicoterapia y terapias asociadas a una medicación controlada; esto último solo cuando hay síntomas depresivos o de ansiedad. La combinación de ambas, junto con las terapias grupales, son las que más resultados y mayor eficacia muestran. Si estamos hablando de redes sociales, en estos casos, no hace falta la medicación, con psicoterapia y ayuda familiar, es decir, con un adecuado control parental, se ven buenos resultados,

-Usted ha declarado que no importa tanto la edad a la que al niño se le dé el móvil, más bien el acompañamiento previo de los padres.
“Sí, he dicho eso y, a veces me arrepiento (risas). Es tan genérico que parece que estoy diciendo que no pasa nada. Es decir, no es tan importante que el menor tenga un recurso digital u otro. De hecho, lo va a tener. Aunque no tenga un móvil en propiedad, usará el de otras personas. Una entidad que trabaja para la prevención no puede decir que la tecnología es negativa. Gracias a ella, durante la pandemia nos comunicábamos, nos sentimos acompañados, aprendimos a cocinar… El buen uso no depende de que el menor tenga acceso a la tecnología; del plan educativo que tenga en mente la familia. ¿Con qué fines?, ¿cuánto tiempo?, ¿con qué restricciones?, ¿para qué lo va a usar?, ¿quién va a estar en ese momento?, ¿a quién va a dar cuenta un menor de nueve años de lo que hace o no hace?”.

-Esto puede ser un arma de doble filo ya que los propios adolescentes han señalado en un informe que el 92% de sus padres son adictos a las tecnologías. Estamos hablando de que sean los padres los que los guíen, cuando son ellos quienes tienen un problema.
“Los menores que llegan a nuestro centro nos dicen claramente: mi padre está más enganchado que yo al videojuego, o mi tío fue el que me introdujo, o mi madre y yo somos los que nos enfrentamos a los retos. Evidentemente, en la regulación del mundo digital, el acompañamiento del adulto tiene un papel importante, pero de revisión personal. ¿Para qué uso la tecnología?, ¿en qué medida tengo que depender menos para dar un ejemplo a un menor que se le está yendo de las manos? Todo esto es importante tenerlo en cuenta. Si un menor entra en un proceso terapéutico y la familia no cambia nada, la aparición de la conducta adictiva seguirá estando ahí. El proceso es en paralelo. Se trabaja con el menor y se trabaja con la familia. ¿Qué hábitos provocaron que esto se nos fuera de las manos como familia? Solo una familia que está preparada para asumir que ella también tiene algo que ver con todo esto, puede afrontar un proceso terapéutico hasta el final. Hay que ver si cada familia está dispuesta a ceder parte de su tiempo para aumentar el ocio en familia, a pasar más tiempo con los hijos sin la tecnología, para cambiar hábitos familiares y aguantar esa lucha diaria con las nuevas tecnologías.

-Hemos hablado de los padres. Hablemos ahora de las instituciones educativas. ¿Qué pueden hacer para ayudar a solucionar este problema?
Cuando empezamos como fundación a hacer los primeros proyectos de prevención de tecnoadicciones en 2013, desde las escuelas nos decían que a ese problema no se le podía llamar adicción. Había como una especie de conciencia de que el fenómeno no era tan peligroso. Hoy, doce años más tarde, evidentemente, la sociedad y los centros educativos han evolucionado y sí son conscientes de esa adicción. Ahora, la comunidad educativa, es la primera que detecta y deriva. Son los primeros que nos piden formación para ellos, para la familia, intervenciones con los menores, nos ceden espacios…El mundo educativo en Canarias está cada vez más sensibilizado con estos problemas, a veces incluso más que la familia.

-Se habla mucho del efecto FOMO relacionado con las nuevas tecnologías. ¿Nos lo puede explicar de una manera sencilla?
Es la ansiedad de sentir que te pierdes cosas cuando no estás conectado. En las redes sociales el elemento central es la comunicación, el estar informado, que se nos vea, saber qué va a pasar y estar a la última. Entonces, ese fenómeno genera una gran angustia, sobre todo en este sector de la población del que estamos hablando en esta entrevista.

-¿Puede dar ideas para tomar un respiro y salir de las pantallas?
Hay que invitar a los jóvenes a que hagan otras actividades, como por ejemplo, estar más al aire libre, emplear el tiempo en la música, en la pintura… Cualquier cosa que sustituya el ocio digital por el presencial. Hacer cosas que les permitan desplazarse y tener que sacrificarse. Se trata de cultivar la paciencia y no la satisfacción inmediata. En este aspecto, la estrella son los deportes, los utilizamos mucho en los programas de rehabilitación. También realizar actividades solidarias.

-¿En qué se diferencia la adicción a la tecnología de cualquier otra adicción?
Esta pregunta es muy interesante. Técnicamente la adicción a las pantallas se desarrolla igual que otro tipo de adicción. En un principio es algo agradable, que se empieza a hacer, luego te vas metiendo y cada vez necesitas más dosis, más cantidad de vídeos, de entrar en redes, de comunicarte o de jugar a videojuegos. Vas aumentando esa conducta y cada vez lo haces con mayor insistencia. Pasado un tiempo, desarrollas la tolerancia y ya tienes que volver hacerlo, porque si no lo haces, te sientes mal. Se empieza a generar el síndrome de abstinencia, vamos, el mono que todo el mundo conoce. Y luego, ya no juegas o te conectas para sentirte bien, sino para evitar sentirte mal. Al final se vuelve una especie de infierno psicológico, de infierno emocional. Ese proceso es exactamente igual que las adicciones a las sustancias.

-No me gustaría dejar de hablar de los videojuegos, la Organización Mundial de la Salud ha señalado que la adicción a los videojuegos es ya un trastorno de salud.
El trastorno por uso de videojuegos es una patología mental que está incidiendo bastante en la población adolescente y que es, ahora mismo, el tercer trastorno que atendemos en nuestra fundación, después de los juegos de azar.

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