Hay vidas que se cruzan al azar para transformarse en historias entrañables, como la de Bongo y José Manuel. Este robusto perro se convirtió hace diez años en amigo y guardián de su actual dueño, a quien la falta de recursos económicos le empujó a habitar una de las cuevas del santacrucero barranco de Santos, donde, después de trece años, continúa junto a su fiel compañero.
Cada mañana, José Manuel y Bongo salen de su cueva y se acercan hasta el barrio Salamanca, donde realizan un tradicional ritual por la zona, en la que ya son más que conocidos. Sobre las 10.00 horas acuden al bar Capilla a desayunar. Bongo se sienta por fuera y espera ansioso por su bocadillo de pata o las lonchas de jamón que le dan los empleados. Luego, siguen su periplo hasta el estanco Price, donde le esperan las golosinas que le regala el dueño del negocio.
José Manuel explica que “Bongo es un perro muy listo y obediente. Es muy famoso, pues lo conocen más que a mi. No me roba ni me engaña. Es un puntalillo”, comenta su dueño.
Bongo, que ahora tiene 12 años, llegó a la vida de José Manuel sin esperarlo. “Su primer propietario se fue del país y se lo dejó a una chica, pero ella tenía otro perro y se peleaban, por lo que me dijo si se lo podía cuidar unos días. Al final nadie lo quiso y me lo quedé. Significa todo para mi, es mi familia entera, e incluso he dejado de comer para reunir dinero si tengo que llevarlo al veterinario”.

En el barranco ambos viven tranquilos. “Me dicen que tengo que ir al albergue para pedir ayuda, pero prefiero seguir aquí, donde estoy por necesidad. He limpiado toda la zona y con lo que reúno compro matarratas. Sé que este lugar no es mío, pero lo cuido y lo limpio e incluso he plantado árboles para hacerlo más agradable”, concluye.





