Están diseminadas y escondidas por el casco antiguo de La Orotava. Son un pequeño ejército de guardianes silenciosos. Desde hace 300 años vigilan las calles y las casas de la Villa, pasando totalmente inadvertidas para vecinos y transeúntes. Son casi invisibles. Muy pocas personas han reparado en sus rostros monstruosos camuflados en cornisas y tejados. Son horrendas, pero benefactoras. Su misión es escupir agua a las calles cuando llueve copiosamente y evitar así las humedades en los muros, y, al mismo tiempo, espantar a los malos espíritus… Hablamos de gárgolas, caños, botaguas o canalones de aguas pluviales decorados en su extremo con figuras antropomorfas o zoomorfas. La Orotava es uno de los pueblos de Canarias que conserva mayor número de ellas. Son vestigios del pasado de gran interés artístico y etnográfico. Las más famosas son las diez espectaculares gárgolas de piedra de la iglesia de la Concepción (s. XVIII), joya del barroco canario, esculpidas por el maestro cantero orotavense Patricio García. Pero, una investigación de DIARIO DE AVISOS ha permitido sacar a la luz que, además, el casco antiguo villero conserva al menos siete gárgolas de madera de tea en casas particulares. La mayoría de las casonas de La Orotava de los siglos XVII, XVIII y XIX tienen canalones o botaaguas de madera, pero son muy pocos los que están adornados con figuras antropoformas o zoomorfas. Las siete existentes presentan una indudable calidad artística. No en vano, la Villa goza de una muy antigua tradición de grandes artesanos ebanistas y carpinteros.
El catedrático orotavense de Historia de América, Manuel González, cree que estas antiguas gárgolas de madera en las casas de La Orotava “son un mero elemento decorativo de las fachadas, aunque parece indudable una influencia americanista en su estilo”.
Las gárgolas son seres monstruosos hechos en piedra que adornan los tubos que recogen y expulsan el agua de lluvia en los tejados y cubiertas de muchos recintos sagrados, como las iglesias y catedrales góticas católicas en Europa. Muchas de las gárgolas fueron fabricadas durante la época medieval. Entre las más famosas del mundo están las de la catedral francesa de Notre Dame, en París. Son seres imaginarios aterradores y deformes, personajes alados y feroces que inspiran miedo a los fieles.
Egipcios, griegos y romanos ya usaron las gárgolas en tiempos antiguos con una función arquitectónica, como desagües que evitaban que los techos de los templos se inundaran cuando llovía y generaran humedades. Por eso tienen una forma alargada, para alejar los chorros de los muros. Pero, además, estos llamativos elementos cumplían una importante función evangelizadora: los monstruos de piedra quieren advertir sobre los vicios humanos, la inmoralidad y las consecuencias del pecado. Representan el horrible aspecto del demonio y del mal.
El profesor de la Universidad de la Laguna Fernando Gabriel Martín, explica en su libro Arquitectura doméstica canaria’ que “como los aleros, las gárgolas o canalones desalojaban el agua de lluvia más ordenadamente que aquellios, en fachadas, patios o sobre los balcones. Las hay de madera y de piedra. Las construidas de este material presentan formas de figura fantástica de tradición gótica y otras de boca de cañón platerescas”. Agrega que “estas gárgolas, más frecuentes en las iglesias, recuerdan bastante a ciertas formas plásticas prehispánicas de México y, en concreto, de las culturas totonaca y azteca. Igual parecido existe en la iglesia de La Concepción de La Orotava o en la del Cristo de Tacoronte, pudiendo pertenecer a una posible corriente de retorno”.
Martín detalla en su libro que “más generalizadas en Canarias, por facilidades de obtención de material y por razones económicas, son las gárgolas de madera. En las Islas Occidentales aparecen en los extremos de las fachadas, muy voladas, y constituyen el final de una viga, en forma de canal abierta, que corre a lo ancho de la casa para recibir el agua de los faldones laterales del tejado. En los patios se colocan en los ángulos, siendo fin también de una viga que recorre las cubiertas”. Relata el profesor que “en Tenerife existen gárgolas de madera figuradas. Abundan las zoomórficas, de abiertas fauces, magníficamente labradas, por las que sale el agua. Las hay en forma de león (Doctor Ingram, 6, Puerto de la Cruz); de felino (Viera, 14, La Orotava); de simio (casa Jiménez-Franchy, La Orotava); de perro (casa de Álvarez Rixo, en el Puerto de la Cruz), o la más habitual de serpiente de abultado labio superior, presente en, Santa Cruz de Tenerife y en Icod”. Añade que “este tipo de gárgola figurada aparece también en los patios, alguna con forma humana (casa Jiménez-Franchy), o de serpiente (las excelentes de la Casa de la Aduana, Puerto de la Cruz). Como con las de piedra, sostenemos la posibilidad de una procedencia americana para este tipo de gárgolas”, concluye Martín.
El periodista e investigador José Gregorio González sostiene que “las gárgolas tipo monstruoso que cuelgan en los frisos de la iglesia de la Concepción de La Orotava dan un toque maléfico a lo que, en mi opinión, deberían ser monumentos a la esperanza y el júbilo. En la Edad Media, una época en la que la mayoría de los ciudadanos no tenía acceso a la educación, las figuras de seres mitológicos o imaginados de las gárgolas fueron aprovechadas para enviar a la gente un mensaje sensorial”.
Agrega González que otros expertos “consideran que actúan como talismanes, ahuyentando a los demonios. Evocan a ídolos antiguos que además de proteger a los lugares, parecían simbolizar la fertilidad”. En cualquier caso, el investigador tinerfeño relaciona también estas figuras monstruosas con otros elementos simbólicos y misteriosos que esconde la parroquia orotavense en su interior, algunos de los cuales podrían tener conexiones con la masonería.
Un misterio y un tesoro más que guarda la histórica Villa orotavense.













