Cincuenta años ha cumplido en estos días Casa Chano, en Guamasa. ¿Qué es? No sé. Fue un supermercado. Antes fue un solar. Después, y ahora, se sirven los mejores desayunos de Tenerife. El secreto, que no es un secreto sino que todo surge de la calidad de la materia prima y de la atención al cliente, pues el secreto está en que acaban de cumplir 50 años haciéndolo bien. Chano Pérez Machado, que nació en Tacoronte en 1950, es mi protagonista de hoy. Yo lo conozco desde hace 40 años, desde los tiempos en que tenía una amiga que veraneaba en Guamasa. Casa Chano es un templo gastronómico. “Quitamos el supermercado porque con una bandeja de entremeses ganábamos más que vendiendo productos de la cesta de la compra durante todo el día”, me dice Chano, sentado en Los Limoneros con dos de sus amigos del alma: Mariano Ramos y Juan Millán. Una vez en semana, se van los tres de guachinches y aparecen a las tantas. Pero ellos saben dónde van. Y Chano tiene una memoria prodigiosa. No crean que viene de pobre. Su abuelo, Lucio Pérez, ya hizo dinero con la agricultura, tanto como para donar a su barrio un campo de fútbol.
“Mira, mi abuelo se llamaba Lucio, como te dije. De su aljibe cogía agua todo el pueblo y jamás cobró a nadie una peseta. Yo me tenía que haber llamado Lucio, pero como mi padre se llamaba Sebastián, a mí me pusieron su nombre”.
–Lo que no me explico es que tienes uno de los mejores jamones que se encuentran en la Isla y que lo cortas a máquina.
“Es la tradición. En mi casa, el mejor jamón de España no se corta a mano. A máquina”.
–¿Y cuál es el secreto de estos 50 años con el local lleno cada día?
“Pues la calidad de la materia prima. Mi hijo, Iván Pérez Rosales, la cuarta generación, es todavía más exigente que yo en la compra de productos. Los bocadillos salen tan bien porque el pan es bueno y lo que llevan dentro, más”.
–¿De dónde te viene la afición a los caballos?
“Teníamos cuadras en la familia y había que llenarlas. Yo soy un apasionado de los caballos y del C. D. Tenerife. Ahora tengo una yegua, pero ya monto poco. Las fuerzas no son las mismas”.
–Tu padre no siempre trabajó para él, según creo.
“Bueno, él era el encargado de don Lázaro Álvarez Dorta. Vendían desde cajas de cervezas a abonos para el campo. El almacén estaba en el punto de mira de la autopista. Un día, don Lázaro le dijo a mi padre que siguiera él, porque ya estaba cansado. Total, que la planificación de la autopista duró diez años y hasta ese momento no expropiaron los solares. Y mi padre me dejó a mí como responsable, con quince años. Y, antes, me daba un cartoncito y una gomita con cien pesetas dentro. Así empecé a ahorrar”.
–Y ahora eres rico…
“No, rico no, trabajamos, pagamos a los empleados y nos ganamos la vida. Mi hijo Iván tiene 48 años y ya lleva las riendas de Casa Chano. Que yo comprendo que es una referencia en la gastronomía y en donde puedes desayunar, almorzar y cenar. ¿La llamamos tasca? Vamos a llamarlo como quiera cada uno”.
–¿Y cómo se les ocurrió este tipo de negocio?
“Fue a mi padre y a mí. Compramos el solar y fabricamos. Ya te dije que pusimos un supermercado, pero al mismo tiempo mantuvimos un localcito para los desayunos y el tasquerío. Y ganábamos más con un plato de entremeses que vendiendo productos a las amas de casa. Se acabó el supermercado y nos dedicamos a lo otro, a la tasca”.
–Te pregunté si había un secreto.
“Sí, pero es un secreto a voces: la calidad de la materia prima y el amor que uno pone en las cosas que hace”.
–Háblame de tu padre.
“Era una gran persona. Tuvo la desgracia de coger la polio a los 7 añitos y cojeaba, el pobre. Le fiaba a todo el mundo, la gente le estaba muy agradecida, lo mismo que a mi abuelo Lucio. Yo tengo el orgullo de pertenecer a una familia dedicada al trabajo. Primero, Lucio, mi abuelo; después Sebastián, mi padre; luego yo cogí la antorcha; y ya se la he entregado a mi hijo Iván”.
–¿Sigues yendo por el negocio?
“Sí, claro, todos los días”.
–Y tu familia está muy unida.
“Lo está. Sí, porque la relación con mis hermanos es muy buena. Mis padres tuvieron cuatro hijos y a mi padre le tocó la lotería con mi madre, que era una gran cocinera. Mi mujer aprendió de ella y un día, si ella quiere, te cuento su historia, que es muy bonita. Mira, mis padres se conocieron en el circo Iris, que era de la familia y que se instalaba en terrenos de mi abuelo. Es que mi tío político, que vino de Cuba, era hombre de circo, que allá tenía mucho éxito; se casó con mi tía, y mi abuelo los ayudó con el negocio circense. Y ganaron dinero. Yo no me acuerdo, era imposible porque todavía no había nacido.”.
–La verdad es que, con lo que me has dicho en privado, la historia de tu mujer es apasionante. Lástima que no me atreva a contarla sin su permiso.
“La podrías contar, tienes el mío. Es una gran mujer pero me gustaría que fuera ella la que te contara cómo fueron sus orígenes”.
–Un día lo intentamos. ¿Qué ocurrió en la pandemia?
“Pues que cerramos. Yo pensé que nos arruinábamos, los bancos nos ofrecían, el Gobierno nos prometía cosas, pero era todo mentira, porque luego nos lo iban a cobrar con intereses. Luego había que pagarlo. Decidí resistir, porque mi familia ha sido especialista en salir adelante en los momentos malos. Y resistimos y sí, salimos adelante”.
–Cuando yo iba por allí tenías fama de tener un buen vino propio.
“Y la seguimos teniendo. Desde luego, los embotellados, los mejores. Y del vino de aquí, tenemos cosecha propia y también compramos. Hay otro secreto: tener de todo y todo muy bueno. La gente pide un bocata de cualquier cosa y sale encantada”.
(Interviene Mariano Ramos, el propietario de Los Limoneros, para decir que “lo que cada uno tiene no es casualidad, sino el fruto de mucho trabajo; hombre, de un poco de suerte también, pero sobre todo de mucho trabajo”. Además, coinciden los dos, Mariano Ramos y Juan Millán, sus amigos, que “Chano es una de las mejores personas que nosotros conocemos. Nunca le ha hecho mal a nadie y su secreto ha sido trabajar toda su vida y ya tiene 75 años”. Hay que repetir que los lleva muy bien y que, aunque medio retirado, sigue yendo todos los días al negocio, aunque ha dejado las riendas del mismo a Iván, al que no le dejaron poner Iván, que era un nombre ruso, y tuvo que colocarle el José delante. “Si yo me hubiese dado cuenta, le pongo Sebastián Iván y hubiera sido el tercer Sebastián de la saga”, dice Chano).
–Tus padres te apoyaron siempre.
“Siempre. Mi madre era cocinera y costurera. Enseñó a mi mujer, que no recibió sino cariño de ella. Date cuenta de que a los 7 años, mi padre casi se queda sin poder caminar, por culpa de la polio. Aún así realizaba cualquier tipo de trabajo en el almacén. Pero con mi madre le tocó la lotería porque ella fue una gran mujer. Sí, mi abuelo hizo dinero con la agricultura, era un hombre de posibles que le dio buena vida a su familia y era también un hombre muy generoso, ya te digo que donó una hectárea para un campo de fútbol en La Caridad, donde también se instalaba el circo de mis tíos”.
–Tu casa será un follón de gente que entra y sale.
“Mi casa particular, no. A mí no me gusta invitar a nadie a mi casa. Ni siquiera tengo móvil. Yo prefiero que vayan a Casa Chano. A veces, la familia lo ha pasado mal porque los golpes que nos da la vida no los puedes arreglar. Mi padre perdió una hermana con 18 años y aquello produjo mucho dolor en la familia. A esa edad no se puede morir nadie y menos una niña en la flor de la vida. Eso es cruel. Afortunadamente, las cosas han cambiado”.
–¿Cuál fue el mejor consejo que te dio el viejo?
“Mira, te voy a hablar de una frase que a mí me hizo reflexionar mucho. Me decía: “Chano, no sabes lo que hay dentro de cada persona; debes profundizar en el trato para entenderlas y ayudarlas”. A mí esto me llenaba de emoción y habla del talante de mi padre, que era buenísima gente”.
–Me han dicho que te ganaste el cariño de tu familia política también.
“No lo sé, pero sí te contaré que mi suegra estaba esperando que yo fuera a verla al hospital para morirse. Mira, yo no soy muy amigo de presenciar el sufrimiento de la gente y me resistía a ir, porque no la quería ver sufrir. Yo la apreciaba mucho. Pues fui, por fin, tuvimos una larga conversación y después descansó. A mí me destrozó su muerte, porque ya digo que la quería muchísimo”.
–Y tu mujer y tú, muy unidos. ¿Me equivoco?
“No, no te equivocas. Hemos criado a nuestros hijos y ella es un ejemplo, desde sus comienzos. Mi padre siempre decía: “Tengo que buscarle una hija única a mi hijo Chano. Y no me la buscó él, pero da la casualidad de que ella es hija única, Loli Rosales, una mujer extraordinaria”.
–¿Qué significan para ti estos cincuenta años de Casa Chano? Por cierto, yo iba allí desde hace cuarenta años.
“Pues una satisfacción muy grande, primero porque podemos contar una historia familiar, que yo considero apasionante. Y después porque hemos conseguido una tasca de calidad, donde van desde empleados del aeropuerto y de líneas aéreas a personas del lugar y de toda la isla que quieren desayunar muy bien y consumir alimentos de excepción a cualquier hora del día. Hemos acertado con la fórmula y esto me llena de orgullo, como persona dedicada a la restauración”.
–¿No se te ocurrirá abrir otra vez un supermercado?
“No, qué va, aunque las cosas han cambiado. Ahora los supermercados ganan mucho dinero. Fíjate, si no, en el ejemplo de Mercadona. Roig es uno de los hombres más ricos de España”.
–Mira, tú sigue con Casa Chano, por si acaso.







