Por Pedro Gómez Barreto
En cada pueblo hay siempre personajes que, a pesar de no estar físicamente con nosotros, aún hoy en día se les recuerda porque fueron personas ejemplares, serias, trabajadoras para sacar a su familia adelante en tiempos muy difíciles; pero, además, siempre serviciales, por lo que dejaron una huella imborrable de su colaboración altruista con su comunidad.
Este es el caso de don Antonio Plasencia, portuense nacido y criado en la calle Méquinez (La Ranilla), apodado con el apelativo cariñoso de El Pirulín. Gran parte de su vida la dedicó a colaborar altruistamente en el deporte y en las Fiestas de Julio.
Fue célebre directivo y aficionado al CD Puerto Cruz en su época dorada, así como presidente fundador del Infantil Peñón en 1963. Estuvo casi tres décadas al frente de este equipo, en las que hizo de todo. Aún se le recuerda sentado en una banqueta engrasando las botas de “sus niños” y los balones de cuero.
Pero don Antonio Plasencia destacó sobremanera como colaborador nato e insustituible de las fiestas portuenses y, por eso, a pesar de su adiós hace casi treinta años, hoy desde estas páginas queremos hacerle un merecido homenaje póstumo a su enorme labor desinteresada como buen ranillero.
Fue un personaje peculiar. No hacia falta pedirle un favor, él con su bondad se prestaba a aportar su colaboración y gran saber. Formó una bonita familia con su esposa Manola y sus hijos Pedro, Toño, Meli y Cándido, que le brindaron ser un orgulloso abuelo. Don Antonio, como respetuosamente se le llamaba, nació y falleció en dos fechas “señaladas”: el 1 de mayo de 1926 y el 5 de enero de 1997 (víspera de Reyes).
Su bondadoso corazón y sus ganas de colaborar le hicieron una figura muy importante en las destacadas Fiestas de Julio, especialmente en el día grande de la embarcación de su devota imagen la Virgen del Carmen. Desde muy temprano ya estaba en el muelle presto a ayudar, empezaba temprano colaborando con el famoso desayuno, también de la misa en la Capilla y luego en “su salsa” con micrófono en mano, organizaba y alegraba el popular concurso infantil de pesca. Así podíamos oírle con su picardía: “Un mero señores, ha pescado un mero”. O por ejemplo: “Mira, mira una palometa enorme”. Y con esas palabras de alegría y emoción transmitía un momento especial y hacía que los niños pescadores se creyeran los mejores por el simple hecho de sacar del agua un pejeverde.
Aquí no acaba todo, luego la entrega de premios, siempre al pie del cañón, y rápido a comer a su casa y a veces sin almorzar se ponía a organizar la gran cucaña. Era único con el micrófono en mano. Su potente voz aún resuena entre los muros y escaleras del muelle pesquero. Esa voz que daba vida a estas célebres tradiciones portuenses, que don Antonio supo amenizar durante casi medio siglo.
Además, también participó y colaboró en otros actos festivos como las sortijas, cabalgatas o las procesiones (fue hermano del Gran Poder de Dios); era un “multiusos” que nunca mostraba cansancio.
Hoy sus hijos y nietos le recuerdan con cariño, de igual manera que sus numerosos amigos y vecinos, quienes aseguran que en el célebre Martes de la Embarcación, y en el mágico muelle portuense parece que hoy retumba la gran voz de don Antonio.
A escasos meses de cumplirse los treinta años de su fallecimiento, hemos querido recordar la figura de Don Antonio Plasencia que tanto bien y años dedicó a las Fiestas de Julio y que, por este motivo, merece un homenaje de su ciudad, a la que tanto quiso. Humildemente pensamos que podría ser inmortalizado su nombre y el agradecimiento de sus convecinos con la colocación de una placa o similar, en un rincón del muelle, para que futuras generaciones y visitantes recuerden su labor y su gran legado de ranillero ejemplar.






