Jane Goodall soñaba desde niña con vivir en África rodeada de animales salvajes. Y materializó su propósito para alegría de la ciencia. Vivió 91 años y se mantuvo activa hasta el último momento, después de recorrer el mundo difundiendo un mensaje que resumía su compromiso y filosofía de vida: “No puedes pasar un solo día sin dejar huella en el mundo que te rodea: lo que haces marca la diferencia y tienes que decidir qué tipo de diferencia quieres marcar”.
Su adiós, esta semana, deja un vacío irreemplazable en el activismo medioambiental y en el campo de la investigación de los primates, su gran pasión, donde aportó revolucionarios avances científicos, gratificados con gestos inéditos como el de Wounda, la chimpancé a la que devolvió la libertad en Tchimpounga (Congo) en 2013 y que, tras salir de la jaula, la miró y la abrazó antes de perderse en la selva, en una estampa enternecedora que dio la vuelta al mundo.
La célebre etóloga británica que hablaba con los chimpancés, a los que llamaba por su nombre, visitó Canarias en varias ocasiones. La última vez que viajó a Tenerife fue en noviembre de 2023. En la Isla visitó el Centro de recuperación de Fauna Silvestre La Tahonilla, donde bautizó a Goja, una tortuga liberada en las aguas del Porís de Abona, e impartió una conferencia en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna, donde cautivó al público con sus vivencias y reflexiones.
Allí contó cómo a los cuatro años permanecía vigilante durante horas en un corral observando a las gallinas para comprobar de dónde salían los huevos. A través de la curiosidad se fue forjando una pequeña científica que seis años más tarde compró una edición de bolsillo de segunda mano de Tarzán de los monos, “aquel señor de la selva que se casó con la Jane equivocada”, bromeó.
En su disertación, la mayor experta mundial en chimpancés desveló el click que impulsó su transición como estudiosa de estos animales a defensora a ultranza de su libertad: “Asistí a una gran conferencia como científica, pero quedé en shock al ver los chimpancés objeto de estudio metidos en jaulas. Esa noche no pude dormir, entré en esa conferencia como científica y salí como activista”.
La presidenta de la Fundación Raíces y Brotes manifestó en el foro lagunero su esperanza en avanzar, contra viento y marea, hacia un mundo mejor y apeló a un papel más protagonista de los jóvenes, a los que advirtió de que “el mayor peligro para nuestro futuro es la apatía”. “Todos me dicen, en referencia a las generaciones previas, que la gente ha destruido el futuro y no hay nada que podamos hacer, pero hay gente joven comprometida con valores como la compasión, el respeto y la honestidad que defiende la necesidad de trabajar para tratar de salvar el planeta”, enfatizó.
Ese paso adelante de los jóvenes fue uno de los argumentos en los que basó sus Razones para la esperanza (título de su conferencia) y que completó con varias reflexiones más a partir de una pregunta: “¿Cómo es posible que la criatura más intelectual, que no inteligente, del planeta esté destruyendo su propio hogar”. Un contrasentido que atribuyó a la “desconexión entre el cerebro y el corazón” de los seres humanos: “Sólo cuando ambos órganos se coordinen alcanzaremos nuestro verdadero potencial”.
Entre los factores favorables a un equilibrio entre la especie humana y el medioambiente, citó la resiliencia de la naturaleza -“es más fuerte de lo que parece”, subrayó- y puso como ejemplo la recuperación de la vegetación en zonas devastadas. También recalcó el “espíritu humano indómito, que alimenta el afán de motivación y superación”.
A sus 89 años, la primatóloga londinense, que pisó por primera vez Tanzania a los 22 años para una campaña de observación de chimpancés encargada por el célebre paleontólogo y arqueólogo Louis Leakey, reveló en su intervención que le llevó su tiempo ganarse la confianza de estos animales, a los que se acercaba muy lentamente para que perdieran el miedo y a los que comparó con los seres humanos en su forma de comunicarse, de abrazarse y de “no querer saber nada de nadie si tienen hambre o necesidades, exactamente igual que nosotros”.
A partir de ahí empezaron a aparecer sorprendentes hallazgos en el comportamiento de estos animales, como cuando en un inolvidable día de lluvia en el que montaba guardia en la selva presenció cómo un chimpancé se aproximaba a un palo, lo cogía, lo limpiaba y lo utilizaba para capturar termitas. “Hasta ese instante, la ciencia pensaba que solo los humanos éramos capaces de crear y utilizar herramientas”.
LA CASA AMARILLA
Confesó al público del Paraninfo que no le sorprendió la inteligencia de los simios africanos, algo que había corroborado el psicólogo Wolfgang Köhler en la Casa Amarilla del Puerto de la Cruz, primer centro de estudios científicos de primates del mundo, que resultó decisivo para la psicología de la Gestalt y para el que Goodall, que conoció el edificio en ruinas en 2011, pidió su rehabilitación.
En esa visita de hace ahora 14 años, la carismática naturalista se mostró apenada por el grado de deterioro del histórico inmueble portuense y, en declaraciones a DIARIO DE AVISOS, a preguntas de nuestro compañero Fran Domínguez, se refirió a la Casa Amarilla como “un sitio único en el mundo” y reclamó su restauración para convertirlo en un “centro sobre la evolución animal”.
Su huella quedará para siempre en la ciencia, en los lugares que visitó y, sobre todo, en la selva de Tanzania y otras zonas de África que convirtió en su hogar y en las que se desvivió por su familia numerosa de primates, con los que hablaba, reía, lloraba y abrazaba. Ahora, solo queda profundizar en su legado y aferrarse al mensaje que difunde su fundación desde que el corazón de Jane dejó de latir en California: “Ella abrió el camino: los próximos pasos dependen de nosotros”.





