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Dámaso ‘el Brujo’: el asesino que escapó durante el Carnaval y puso a Canarias en vilo

El criminólogo Félix Ríos recuerda las fechorías de aquel joven cuyo historial delictivo comenzó mucho antes de que su nombre copara los titulares
Dámaso 'el Brujo': el asesino que escapó durante el Carnaval y puso a Canarias en vilo
Dámaso 'el Brujo': el asesino que escapó durante el Carnaval y puso a Canarias en vilo. DA

El criminólogo tinerfeño Félix Ríos ha recuperado la historia de Dámaso, conocido popularmente como “el Brujo”, un personaje vinculado a la crónica negra de Tenerife y con fuertes raíces en el Macizo de Anaga.

Lo hizo en el programa No te quedes con las ganas, donde explicó el origen y el contexto social en el que creció este hombre que durante décadas circuló entre la realidad y la leyenda.

Según Ríos, Dámaso “era un joven que se movía por diferentes zonas habitadas de Anaga, especialmente por el Solís, el Moquinal y otros caseríos del entorno”, y cuya vida transcurrió en un ambiente extremadamente rural.

“Estamos hablando de la Anaga de los años 70 y 80. Había pueblos prácticamente aislados y muchas carreteras ni siquiera estaban asfaltadas”, recuerda.

Ese aislamiento, explica el criminólogo, generó “una especie de subcultura” en la que los habitantes de los caseríos mantenían poco contacto con el exterior. El turismo, que años después transformaría la Isla, aún no había llegado a esos núcleos rurales.

Dámaso creció en ese entorno, dedicado a trabajos tradicionales como el pastoreo y la agricultura. Sin embargo, su nombre empezó a aparecer en informes policiales desde muy joven.

“Durante sus primeros años de juventud tuvo varios escarceos con la justicia: peleas, robos y alguna que otra fechoría”, señala Ríos. Uno de los episodios más llamativos fue cuando, en Tegueste, llegó a robar un coche de la Policía y se lo llevó conduciendo como si nada. “Era un personaje de mucho cuidado”, resume.

A pesar de ello, Félix Ríos explica que Dámaso no vivía al margen de la comunidad. “Se mezclaba bien con la población de la zona, sabía moverse perfectamente por toda Anaga y tenía habilidades innatas y aprendidas para desplazarse entre la laurisilva”.

LOS CRÍMENES DE DÁMASO

El historial criminal de Dámaso Rodríguez Martín comenzó mucho antes de que su nombre saltara a los titulares. Aunque su primera detención se remonta a 1962, tras un robo cometido con solo 18 años, no sería hasta 1981 cuando protagonizó el crimen que lo situaría en la crónica negra de Canarias.

Aquel año, Dámaso asaltó a una pareja que se encontraba dentro de un coche estacionado en la zona de El Moquinal. Disparó varias veces contra Bartolomé, al que conocía de vista, y después violó a su acompañante, que logró sobrevivir pese a la brutal agresión. Por este ataque fue condenado a 55 años de cárcel, pero su recorrido judicial dio un giro tan inesperado como trágico.

Apenas una década después, y pese a sus antecedentes, se le concedió un permiso penitenciario de tres días. Fue entonces cuando el caso dio lugar a una de las mayores operaciones de búsqueda jamás vividas en Canarias. Durante ese permiso, Dámaso volvió a actuar en el mismo entorno de Anaga y se cruzó con una pareja de turistas alemanes, Karl y Marta, de 82 y 87 años respectivamente. Al igual que en su primer ataque, violó a la mujer y disparó contra ambos, provocando su muerte.

Poco después se supo que también había agredido sexualmente a una vecina de 60 años, lo que confirmó que su peligrosidad no había disminuido durante su paso por prisión.

La fuga del ya conocido como el Brujo —apodo que debía a su habilidad casi sobrenatural para moverse entre los barrancos y la laurisilva de Anaga— desencadenó un mes de persecución en el que participaron fuerzas de seguridad de toda España.

El Grupo de Rescate e Intervención en Montaña (Greim) se instaló en Las Mercedes para rastrear las cuevas y senderos por donde se movía con total dominio del terreno. El miedo colectivo llegó a tal punto que circularon rumores de que Dámaso planeaba mezclarse en los bailes del Carnaval de Santa Cruz disfrazado, alimentando una histeria que hoy, con redes sociales, habría alcanzado dimensiones incalculables.

La persecución acabó en Tegueste, en una vivienda a la que había accedido desesperado, cercado por los agentes. Allí murió de un disparo de escopeta en el rostro.

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