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Los carros de Chío: 50 metros de caída, los F1 y una fiesta viva

Se cree que esta costumbre llegó de la mano de familias oriundas de Icod, que se establecieron en el núcleo isorano y mezclaron sus tradiciones con las locales
Los carros de Chío: 50 metros de caída, los F1 y una fiesta viva

A media tarde, cuando el sol se descuelga, la calle Triana todavía parece una vía cualquiera de Chío. Pero en cuanto asoman los primeros carros artesanales, el pueblo se despierta.

Vecinos en las aceras, niños impacientes y algún turista curioso esperan el momento en que los jóvenes suelten freno y se lancen cuesta abajo. Así comienza este fin de semana de una de las tradiciones más queridas del municipio de Guía Isora, un rito popular que hunde sus raíces en más de un siglo de historia oral y que hoy reivindica su lugar.


Según recuerdan los mayores del pueblo, el 30 de noviembre, día de San Andrés, antes se asaban castañas en cada casa y se ofrecía el vino nuevo a quien pasaba por la puerta. Las parrandas recorrían las calles y los jóvenes se lanzaban sobre tablas en las zonas de tierra. Muchos creen que esa costumbre llegó de la mano de familias oriundas de Icod, que se establecieron en Chío y mezclaron sus tradiciones con las locales.


Lo cierto es que, con la llegada del asfalto a finales de los años setenta, las viejas tablas fueron cediendo espacio a nuevos ingenios de madera y ruedas, más aptos para el terreno y más seguros para lanzarse sin frenos cuesta abajo.


El presidente de la Asociación de Carros de Chío, Jordi Reyes, lleva años coordinando la logística de la fiesta. Asegura que la preparación nunca empieza tarde. “En enero ya estamos decantando la edición anterior y organizando la siguiente. Es una cosa que entusiasma a la gente”, explica.


La fórmula de los carros es clara, no hay gran ingeniería detrás (aunque sí varias horas para confeccionarlos): una estructura recubierta de cartón piedra, varias capas de masilla perfectamente lijadas, pintura definitiva y remates con espuma para asegurar que nada se desprenda. El volante suele salir de una bicicleta vieja y la silla, en muchos casos, es aquella pieza heredada de los abuelos.


En los últimos quince años, la creatividad se ha disparado. Los carros ya no son solo tablas con rodillos, como en los ochenta, ni simples chasis sobre ruedas de monopatín. Hoy aparecen diseños que evocan monoplazas de Fórmula 1 o pequeños monovolúmenes, piezas que podrían pasar por maquetas a escala.


“Celebramos varias categorías, de 0 a 6, de 6 a 15 y mayores, e incluso entregamos un premio al carro más original”, apunta Reyes.


En esta curva, quizá el punto más icónico del recorrido, los carros alcanzan ya una velocidad que hace casi imposible girar sin derrapar. Desde fuera, la escena podría parecer arriesgada. “Si sabes conducir puede llegar a ser seguro. Nunca ha habido ningún accidente grave”, afirman.


Quienes participan por primera vez suelen sorprenderse por el nivel técnico que exige construir un carro competitivo.


Normalmente, un mes de trabajo es lo mínimo, aunque los más perfeccionistas dedican muchas semanas más. Algunos recuerdan los bidones cortados que se usaban “cuando las calles eran de tierra”, o las primeras tablas untadas de grasa con las que se deslizaban los abuelos. Lo artesanal convive ahora con la imaginación.


“Esta es la fiesta que más le gusta al pueblo. Se para todo por esta tradición”, resume Reyes.
Con el tiempo, la comunidad ha empezado a reclamar reconocimiento institucional. No piden una etiqueta para engordar el orgullo, sino para proteger una práctica que consideran patrimonio vivo. “Es una festividad que debería ser declarada bien de interés cultural”, sostiene Reyes.


Esta festividad, y la reclamación popular que la acompaña, recuerda la sencillez de antes: un pueblo reunido para ver cómo la gravedad y la destreza se cruzan en una pendiente de cincuenta metros.