cualquier cosa

Rebobinar

Uno no se muere de golpe (salvo que te des un golpe), no, uno desaparece de a poco. La vida hace clic en el icono del pincel y va coloreando de grises y blancos algunos pelos, añadiendo una grieta aquí, una manchita allá. Luego ya agarra la goma de borrar y quita esos vellos que tiñó, difuminando la vista, difuminando la sonrisa. Y cuando se aburre del rostro, baja a las rodillas, les lima los resortes, añade ese crujido de puerta vieja, sube a la espalda y la limpia de ganas de saltar, desgasta el deseo de trasnochar, afloja los reflejos, los de reaccionar y los del espejo, uno ya no es uno, aunque lo sea, nos vemos, pero como si nos hubieran dibujado con la mano izquierda. 

Ese proceso es lento, en el mejor de los casos, y es sabia la vida, o es sabia la muerte, la misma cosa sin duda, porque nos da tiempo para acostumbrarnos. Para que la decadencia no sea un golpe, sino una conversación. Y menos mal que lo hace despacio, nos da tiempo a despedirnos de nosotros mismos sin que duela bruscamente, con espacio para entender lo que se va y lo que se queda, y sobre todo, que toca ir soltando. 

La sabiduría del desgaste está en su ritmo, nos da margen para procesar cada renuncia, pero siempre hay algunas que nos pillan desprevenidos. Nos vemos envejecer primero en el parecido con nuestros viejos, como si de un retrato de Dorian Gray se tratara, luego en el espejo, y si no le damos la espalda al proceso, si no tapamos el retrato y el espejo con una manta para ignorar lo inevitable, vamos aceptando.

Pero nadie me contó que uno también se va por fuera. Que el paisaje también se borra.

Dar por hecho. El gran aliado del bofetón inesperado. Por mucho que nos entrenemos, la lesión —como la humedad— siempre encuentra un vericueto para salir. De niño uno debe “dar por hecho”, de hecho, debe dar tanto por hecho que ni debe plantearse el hecho de que está dando por hecho. Eso es ser un niño. Luego ya se te remite a los hechos hasta tu lecho, y te lo tomas a pecho hasta que tocas techo y desechas tanto despecho, y alcanzas el “me he des-hecho”.

Sírvase ahora, querido lector, de cambiar mis lugares por los suyos, mis calles por las de su infancia. No sé en qué punto de su viaje está usted, pero imagino que vamos en la misma nave (y seguro en la misma dirección) cada cual mirando por su ventanilla, viendo cómo el paisaje se aleja a velocidades distintas.

Crecí en la Calle Serrano, en Santa Cruz de Tenerife, barrio Duggi. Una calle con pendiente suave, con el restaurante El Andamio justo debajo y, un poco más arriba, una “academia del cariño horizontal” —ya me entiende—. Una puerta con cortinas rojas y un neón que en algún momento había dicho “OVNI”, pero a la V se le fue la vida antes de tiempo. Así que, en casa, aquel sitio prohibido para la mirada se conocía simplemente como el ORNI.

El barrio dentro de la ciudad era un pequeño pueblo, donde todos sabían tu nombre antes de que tú supieras escribirlo. La ventita de Doña Isabel vendía anzuelos aunque no hubiera mar (como decía el maestro), y se apuntaba en el cartoncito del tabaco cortado a mano, longitudinalmente. Se saludaba por costumbre, no por educación.

En la tiendita de los gallegos uno podía imaginarse el próximo premio por una buena nota: mirar los cromos en silencio, como si fueran un tesoro por desenterrar.

La vida se medía en esquinas y en voces conocidas.
El viernes era de bocadillo de pollo en el Imperial, almendras tostadas y conversaciones de fútbol.
El sábado, película (la que hubiera) en el Cine Victor, perrito caliente en el PicNic; chocolatina en el Vietnam y la historia de Hai —seguramente exagerada— sobre su viaje desde Asia y cómo sacaron él y su pareja a una familia adelante a base de esfuerzo.

El barrio era pequeño, sí. Pero cabía un mundo. Era mapa y brújula.

Los recreativos La Paz —ahora convertidos en uno de esos locales tipo ORNI, donde el placer te lo da el clin clin de las apuestas— eran el súmmum de la tarde perfecta.

Y la cabalgata, la que fuera, pasaba por la Rambla Pulido, justo al lado de mi cama. Soñaba despierto y soñaba dormido.

Había menos cosas, pero todo importaba más.

Y entre todos esos paisajes trazados aquí a mano alzada, quería detenerme hoy en uno, recién desaparecido, y rendirle el homenaje que merece. Porque no fue solo un lugar de entretenimiento: fue una escuela, un mapa cultural, y el germen de lo que hoy soy.

El videoclub Scorpio.

Cerró sus puertas hace unas semanas. Era el último bastión de aquellas épocas, de aquel paisaje emocional que ahora solo puedo ver con las gafas del recuerdo cuando paseo por el barrio. 

Agustín estaba allí. Elegante. Con un parecido exagerado a Tim Robbins, que le venía de perlas para regentar un sitio dedicado al cine. Se iba en familia: una comercial para todos, una de miedo y un par de rombos para mis padres, otra específica para mi hermana de  vete tú a saber. Con el tiempo, empecé a ir solo.

Agustín no ordenaba las películas por géneros, sino por directores. Bajo su batuta, recorrí el cine como quien recorre una educación sentimental. Ese criterio, esa forma de mirar, puso un hormigón indeleble en mi sensibilidad artística.

Jamás podré agradecerle lo suficiente no solo sus recomendaciones, sino que me perdonara los constantes, y numerosos, retrasos en las devoluciones de los VHS.

Y luego estuvo aquel día. Yo iba a alquilar una comedia cualquiera y él me frenó con una sonrisa:

—Aarón, deja eso. Acaba de llegar una locura de un actor canadiense que creo que te va a gustar. Es un poco exagerado, pero este tío va a funcionar. Se llama Jim Carrey.

No hay tristeza en su cierre, Scorpio bajó la persiana, y está bien que así sea, aunque duela un fisco. Todo tiene su tiempo. 

Agustín apagó el proyector después de la última función y deja una sala llena de recuerdos. El espacio emocional cambia, claro, muta, se adapta a nuevas luces. Pero lo que él dejó no se desmonta con la estantería, Agustín y tantas otras personas son arquitectos de lo invisible. No levantan edificios, levantan memoria.

Y eso ni se derrumba, ni se traspasa, ni se alquila. 

Era un gesto de buena educación llevar la cinta rebobinada al devolverla. 

Hoy, le devuelvo en estas palabras un poquito de todo lo que nos dio, con ganas de rebobinarme a aquellos tiempos, sí, pero con la certeza de que lo suyo es agarrar esa energía y convertirla en herencia, cuidar nuestro trozo del mundo y transmitir, de nuevo, para los que vienen. 

FFWD— o como diría un compañero: palante.

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