arona

Adiós a la histórica dulcería El Artesano de Los Cristianos

Tras 40 años, cierra sus puertas el concurrido local de El Cabezo por la jubilación de su propietario, Sergio Hanquet: “Es tiempo de disfrutar de la salud que la vida nos regala”
Adiós a la histórica dulcería El Artesano de Los Cristianos

Después de 40 años de atención al cliente, la dulcería El Artesano, uno de los referentes del Sur, ha bajado la persiana por la jubilación de su propietario, Sergio Hanquet. El célebre local de El Cabezo ha sido el punto de encuentro de vecinos de varias generaciones que encontraron en este establecimiento el lugar ideal para desayunar, celebrar cumpleaños o una conversación acompañada de un buen café.


Tras visitar con 14 años por primera vez Tenerife en unas vacaciones con sus padres, Hanquet regresó en 1985 a la Isla con 23 años, sin hablar castellano, acompañado de su pareja, después de formarse en hostelería en Lieja (Bélgica) y dar sus primeros pasos en el oficio en Montecarlo, donde compartió cocina con 30 profesionales. Tras completar su formación en Bélgica y Francia, fue contratado como jefe de cocina durante dos años en un restaurante especializado en gastronomía francesa en Sidi Bou Sadid (Túnez), última escala antes de trasladarse definitivamente al sur de Tenerife.

Los inicios de El Artesano


En la Isla encontró el paraíso que buscaba: un lugar rodeado de mar donde poder compaginar el trabajo con su otra gran pasión, el buceo. Pero los inicios no fueron fáciles. “El cambio con Túnez fue radical, y, aunque yo me adapté pronto, a mi pareja le costó mucho más”, recuerda Hanquet, que comenzó trabajando durante varias semanas de cocinero en un hotel para poder pagarse el alojamiento en la pensión Olé de Los Cristianos y hacer frente a los gastos diarios. “Enseguida me di cuenta que mi formación y mis propósitos no encajaban en la Isla: por un lado, demasiados refinados y, por otro, no teníamos dinero para invertir. Había que empezar de cero”.


Decidieron entonces jugársela y abrir una tienda de platos preparados para llevar y productos de selección en un pequeño local en El Cabezo, zona de casas antiguas y ambiente marinero que, a priori, encajaba con la idea de ofrecer productos artesanales. “Abrimos con cuatro perras y casi con la misma decoración de la inmobiliaria que ocupaba antes el local, pero la idea no cuajó: la gente no estaba habituada a llevarse una lasaña, unas croquetas, pollo o carne en salsa para calentarlo o freírlo en casa”.


Pero comprobaron que la parte del expositor dedicada a los postres sí respondía a los gustos de la clientela. Y, sin dudarlo, se centraron en los dulces y las tartas. El despegue definitivo se fraguó durante una visita del responsable de compras del hotel Marazul. “Nos pidió que hiciéramos tartas para sus restaurantes, pero para nosotros no era viable porque no disponíamos de las herramientas para producir a ese nivel. Entonces me dijo que fuera a buscar la maquinaria al hotel y que ya arreglaríamos cuentas. Gérard fue una persona generosa que nos dejó muy buenos recuerdos”.


El acuerdo se cerró por un millón de pesetas, “cantidad que se iba descontando de la mercancía que nos compraba y que incluía, además de tartas, bollería, lo cual no suponía ningún problema por mi formación y por el recetario que me regaló un gran amigo y maestro pastelero, Alain Massart. Así empezamos a crecer y a contratar personal, la mayoría belga, porque en aquel momento era complicado encontrar pasteleros de aquí”, explicó a este periódico Sergio Hanquet, quien resolvió de la mejor manera posible la situación de su pareja para integrarla en la plantilla: “Decidimos casarnos para que ella también pudiera trabajar. Fue en Granadilla, por lo civil, a la una de la tarde, una hora estupenda, ya que coincidía con el horario de cierre del local, porque aquel día también había que trabajar para salir adelante”.


Con el proyecto de Marazul en marcha, la dulcería El Artesano comenzó a repartir a bares, restaurantes y supermercados, pero con los pies en el suelo, midiendo los pasos de la expansión del negocio. “Nos ofrecieron abrir sucursales, trabajar en exclusiva, contratarnos para grandes empresas, pero no caímos en la tentación, porque intentamos preservar la idea original de mantener calidad de vida, es decir, disfrutar mucho del trabajo sin renunciar al buceo y a los viajes”.


Y así, esquivando tendencias y modas culinarias, y siendo fieles productos estrella como los cruasanes de almendra, las tartas de profiteroles, las milhojas y los brownies, elaborados con las tres “c” del éxito (“cariño, calidad y constancia”), la popular pastelería de Los Cristianos ha conseguido formar parte de la vida de varias generaciones de familias playeras y turistas. En los últimos años de actividad, sus productos se repartieron diariamente a una treintena de establecimientos.


Ahora, en la retirada, Sergio Hanquet se sumerge -ese verbo que tantas veces ha conjugado en su vida- en su nueva realidad, ya sin compromisos laborales, tareas administrativas ni obligaciones como autónomo. “Es tiempo de disfrutar de la salud que la vida nos regala”, asegura. El mar le espera con los brazos abiertos.

TE PUEDE INTERESAR