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Hay algo hipnótico, casi místico, en observar a una vaca que rumia

Hay algo hipnótico, casi místico, en observar a una vaca que rumia

Ese sutil vaivén, esa espiral de hierba y saliva, ese movimiento cerrado y perfecto en su monotonía, como si cada bocado fuera una meditación circular. Las he visto tantas veces al borde de una autopista, ajenas al estruendo, con la mirada perdida, como quien mira una chola desenfocando la pupila a las siete de la mañana; pacen pacientes, conscientes de que no merece la pena seguir con los ojos la celeridad de nuestras vidas. O quizá entendiendo que, aunque nada tenga sentido, hay que seguir masticando.

Me quedo observándolas, observando a quien nada observa, y pienso que ese gesto recuerda al ciclo cuasiperpetuo de una galaxia, una espiral que parece infinita, un movimiento en el que te quedas anclado.

La autopista es ruido, velocidad, decisiones, destino. La vaca, en cambio, en su rumiar, es pausa, repetición, la vida parada y en bucle al mismo tiempo. Dos mundos separados apenas por un quitamiedos.

En nuestras cabezas hay una vaca, de ojos vacíos, rumiando constante, que no atiende a razones ni a las súplicas de que pare y agarre un nuevo bocado, porque esa pasivo-agresividad con la que le da vueltas a lo mismo acaba por desquiciarnos.

Rumiar no es pensar: es caminar un camino ya caminado para volver al mismo punto, haciendo un surco como el Tío Gilito en los cómics. La rueda de un hámster, pero sin el beneficio del ejercicio. Ojalá darle vueltas al estofado de pensamientos ablandara lo que producen, pero no: todo lo contrario. Te salen quistes de masticar recuerdos y ni hablar puedes, y das otra vuelta a la rotonda sin fijarte en si hay salidas —que las hay—, pero no aparecen indicadas.

No nacemos así, rumiantes y desconectados. Llegamos al mundo con la mirada limpia, alerta, curiosa. Pero la vida nos empuja a ese estado raro de mirar sin mirar, de estar presentes solo de cuerpo mientras la cabeza da vueltas a lo mismo. Y ahí podemos quedarnos estancados para siempre. Un día descubrimos que el mundo ya no nos encaja, como una prenda de otra talla; que la ilusión por vivir se ha ido deshilachando hasta desaparecer. Entonces la ilusión muere primero, y solo esperamos a que el cuerpo la alcance, rumiando en el proceso, detenidos en un punto aburrido del espacio mientras el tiempo pasa.

Las vacas, al menos, tienen un plan digestivo claro. Poseen cuatro compartimentos estomacales y, al rumiar, regurgitan la comida y descomponen mejor la fibra. Nosotros no.

Nuestro rumiar es una especie de deporte emocional sin medalla. A veces me pregunto cuántas horas de vida real se nos van dentro de la cabeza, detenidos en una curva del pensamiento, igual que ellas se detienen junto a la valla a no ver pasar coches. Lo inquietante es que, mientras las vacas rumiantes parecen vacías de intención pero llenas de paz, nosotros vamos llenos de intención y vacíos de paz.

La comparación es injusta para ellas, claro. Ellas rumian por pura biología. Nosotros rumiamos por parálisis. Como aquellas pesadillas aterradoras en las que huías de Freddy Krueger en un pasillo y corrías con todas tus ganas, pero no te movías. Es el miedo a movernos, a decidir, a equivocarnos, a que la vida avance sin nuestra supervisión. O quizá son ganas de ser capturados, un vestigio de haber sido presas fáciles en un pasado, aceptando el final sin dejar que el final ocurra.

Rumiar es quedarse en el borde, mirando, imaginando posibles accidentes sin dar el paso hacia ningún destino concreto. Quizá por eso la autopista me fascina tanto: porque tiene dirección, flechas, señales, un propósito que no admite rodeos. La autopista es la vida cuando nos atrevemos. Rumiar es la vida cuando nos escondemos de nosotros mismos. Pero, igual que pasa con los coches vistos a distancia, las soluciones nunca llegan a tocarnos: solo las intuimos, las vemos pasar a toda velocidad sin subirnos a ninguna.

Es muy fácil decir esto, pero… hay que empezar a tragar. No a empujar hacia abajo las emociones hasta convertirnos en un tamboril y explotar, sino a aceptar que hay trozos de bocado que no se sintetizan, que no se desmenuzan por más que les hinquemos el diente.

Hay heridas que no se cierran por análisis; hay dolores con los que adaptas el gesto, endureces el músculo que lo envuelve, te levantas, los mandas a pastar y sigues. Masticar demasiado no es forma de vivir; masticar eternamente no es forma de alimentarse.

No hay reflexión final. No quiero seguir dándole vueltas a darle vueltas a las cosas. Podría rellenar páginas y más páginas de este periódico hasta que se acabara el papel, y no llegaríamos tampoco a nada. Ese es el pánico: quedarse ahí. Que cuando llegue el último día, cuando el cosmos se apague y el último agujero negro engulla hasta su propia sombra, haya una vaca mirando desde detrás de un quitamiedos… y siga sin ver nada.

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