Ángel Arocha Guillén, natural de Granadilla de Abona, pero nacido en Santa Cruz, fue uno de los delanteros más prolíficos surgidos de la cantera del CD Tenerife. Debutó en el primer equipo con apenas 15 años y, aunque su etapa en el representativo fue breve, su vínculo con el club tiene un gran valor simbólico.
Su extraordinario rendimiento le abrió las puertas de la selección española y lo convirtió en el primer tinerfeño convocado con la Roja. También militaría en el FC Barcelona, donde se coló en la historia del club culé al situarse entre sus diez máximos goleadores.
Tras un posterior paso por el Atlético de Aviación (actual Atlético de Madrid), Arocha murió fatídicamente bombardeado el 2 de septiembre de 1938, en el frente de Balaguer, en Lleida.
La historia y trayectoria de este mito habría quedado en el olvido (en parte) sin el trabajo de los periodistas Juan Galarza, Luis Padilla y Juan S. Sánchez. Los autores han dedicado dos libros a reconstruir la historia de los 36 internacionales canarios hasta la fecha, una obra coral en la que Arocha ocupa una figura que dota de sentido al conjunto.
En 1927, el fútbol canario aún arrastraba las consecuencias de la reciente división provincial.
Es por ello que los clubes, a la espera de la nueva configuración, aún no competían de manera oficial en torneos regionales y se sostenían casi exclusivamente a base de amistosos. “Antes hubo intentos y torneos puntuales, pero no había fructificado nada”, explica uno de los autores de la obra, Luis Padilla.
No fue hasta la temporada 1927-28 que se consolidaron las competiciones oficiales en las Islas.
Con este contexto, volvemos a principios de los años 20, donde un moreno y robusto joven ya levantaba pasiones en la Isla. “Provenía de una familia futbolera; dos de sus hermanos habían jugado anteriormente en el CD Tenerife”, señala el cronista.
Arocha debutó en un partido homenaje a dos grandes mitos del club, Joaquín Cárdenas y Raúl Molowny. Fue el 5 de abril de 1925 y el resultado no dejó lugar a dudas: 2-0, ambos tantos con la firma de la nueva sensación blanquiazul. En total, marcaría en el club blanquiazul hasta 73 goles en 77 partidos.
Sus grandes actuaciones no pasaron inadvertidas para el FC Barcelona. El club azulgrana lograría fichar a Arochita, sumándole una nueva pieza a una plantilla de ensueño que contaba en sus filas con Paulino Alcántara y Josep Samitier. Durante seis temporadas como azulgrana disputó 210 partidos, entre encuentros oficiales y amistosos, en los que firmó 203 goles, una cifra que lo sitúa entre los futbolistas con mejor promedio goleador en la historia del club.
ALBERTI Y SU ODA A PLATKO
Una de las escenas más recordadas de Arocha se produjo en el verano de 1929. El Barça, tras lograr la primera Liga de su historia, hizo escala en la capital tinerfeña antes de viajar a Sudamérica. Miles de personas acudieron al muelle para recibir a su ex jugador. Las crónicas de la época señalan que “fue llevado a hombros hasta la sede del CD Tenerife”, en la calle del Clavel.
“Siempre estuvo muy unido al Tenerife, jugando numerosos amistosos con el club y llegando a regalar incluso la pelota de una final de Copa del Rey ”, rememora Padilla.
El delantero era dado a ocupar la portería y, de hecho, en el partido inaugural en el Heliodoro se le recuerda por defender los palos, y a su vez, marcar el segundo de los goles del partido. Esa doble personalidad futbolística, de goleador y atajador, lo llevó a quedar ligado como personaje secundario a una obra de la Edad de Plata de la literatura española.
“Sangrando en los ojales, sangrando por ti, Platko, por ti, sangre de Hungría, sin tu sangre, tu impulso, tu parada, tu salto temieron las insignias. No nadie, Platko, nadie, nadie se olvida”. Así inmortalizó Rafael Albertí, exponente de la Generación del 27, al portero del Atlético de Madrid, Franz Platko, que tras un duro golpe durante el primer partido de la final de la Copa del Rey de 1928 contra el FC Barcelona, quedó herido.
El guardameta abandonó el campo y dejó a su equipo en inferioridad (no habían cambios por aquel entonces).
En este punto aparece en escena Arocha, a quien, aunque no se le dedicó ni un solo verso de la obra, terminó ocupando la portería en lugar del húngaro hasta su recuperación.
“Es anecdótico, pero lo más llamativo es que en 30 minutos no le metieron ningún gol”, apunta Padilla entre risas, al recordar el histórico episodio que evocó una de las obras más conocidas del poeta gaditano.
El 26 de abril de 1931, debutó con la selección española en el estadio de Montjuïc, en un empate ante Irlanda (1-1). De esta forma, se convertía en el primer tinerfeño de la historia en jugar con la Roja.
El encuentro se disputó apenas doce días después de la proclamación de la II República, lo que obligó a modificar el escudo de la camiseta y eliminar la corona.
BLANQUIAZUL Y CULÉ
Sólo disputó un partido más con la selección, la vuelta ante el conjunto británico, que terminó con un contundente 0-5 en el que marcó dos tantos.
La Guerra Civil interrumpió su carrera, y en la contienda, acabaría perdiendo la vida. Enrolado como voluntario en el ejército nacional, (citan los autores que “por convicciones religiosas”) combatió en el frente de Balaguer, donde se desplegaron una serie de contraataques del bando republicano en la primavera y el verano de 1938. Arocha murió durante un bombardeo aéreo mientras descansaba en una trinchera en las inmediaciones de Castelló de Farfaña.
Su legado deportivo, sin embargo, ha ido ganando espacio con el tiempo. Luis Padilla ahonda en la necesidad de reivindicar su figura; una leyenda blanquiazul y culé, conectada con su tierra y pionera del fútbol insular.
“Dentro de la historia del club barcelonista es reconocido como una institución. Por su vida azarosa, victoriosa y por su fatídico final, Arocha, sin lugar a dudas, es una de las primeros grandes mitos del fútbol tinerfeño”, concluye Padilla.






