obituario

El mejor cosmonauta para este vuelo espacial

Que José María Pérez Martín calzara 77 años no iba con él, y es posible que hiciera un pacto con sus dioses penates para fingirse mayor de lo que era
El mejor cosmonauta para este vuelo espacial

La mochila de José María llegaba siempre llena de afecto y de amistad a raudales, cada mañana, al Parque. Esta vida contraviene a menudo los mejores planes, nos hace una jugarreta y nos priva de la compañía de personas extraordinarias, como en un estadio la grada queda desolada si su estrella se lesiona y la sacan del campo en mitad del partido.

Que José María Pérez Martín calzara 77 años no iba con él, y es posible que hiciera un pacto con sus dioses penates para fingirse mayor de lo que era. Nunca le pedimos el carnet de identidad, pero esa larga setentera debía de ser una de sus bromas. En las sesiones de gimnasia del Parque García Sanabria, donde era el ídolo masculino del mejor equipo intergeneracional de atletas que he conocido, José María acudía, fiel a la cita, con su macuto, a mantenerse en forma y, sobre todo, a mantenernos a todos en otra de sus ficciones, en una infancia lúdica de travesuras y picardías con su consustancial bondad.

No es común a ciertas edades, cuando la vida nos ha agriado el carácter y la inocencia, que los años no prohíban seguir siendo bromistas y revoltosos como un niño, ponderados como un consejero sabio y buena gente, sensible persona como un padre que conserva un gran corazón.

En el Parque, las palmeras son testigo, en el paseo Pérez Minik, de que los turistas nos hacían fotos porque estábamos ejercitando los músculos con verdadero esfuerzo, incluidos los músculos del espíritu, lo cual hace que José María haya podido dar un salto tan grande, con la complexión del alma en perfecto estado de forma.

Un accidente de carretera acaba de poner fin a su trayectoria en este campus. Y a saber a qué otra universidad lo trasladan ahora. Pero los amigos del Parque nos hemos quedado solos, siendo tantoscomo somos, con ese grosor que tienen algunassoledades provenientes de ciertos casos únicos. Había sido un empleado bancario excepcional, un futbolista con madera para triunfar y un padre de familia de cinco estrellas, de Grettel y Yurena, el abuelo de Julia, el marido de Soco Darias Arteaga, con esos mimbres que definen a una familia feliz.

Sus excompañeros del Santander, sus conmilitones del Real Unión, del Muebles Yanes o el Tacoronte (que le llamaban Luzbel, como su padre, jugador del CD Tenerife), los socios del Círculo de Amistad XII de Enero y los vecinos toscaleros como él de toda la vida tienen razones, como nosotros, sus colegas del Parque, para sentir esa soledad honda y esa pena que deja atrás el éxodo de los seres queridos.  

Hasta el Real Madrid debería saber, en la capital del Reino, que se les ha ido no un hincha desaforado y arrabalero, sino un embajador, un caballero, un hombre bueno, un cosmonauta sin parangón para este vuelo espacial.