En Canarias (o en Tenerife, que ya no me arriesgo a dar pie al comentario del simplón de turno agazapado tras un perfil con una foto hecha con IA de él en una película de Hollywood, que vive para rastrear y detectar estos posibles errores, dar un salto por encima de la publicación, alargar el brazo señalando con el dedo índice y exclamar con una preciosa superioridad “JA!, así no es!”. Por cierto, si es acotación larga esta). Pues eso, que hasta donde yo sé, se suele usar el término “murga”, para definir a un grupo de lo que sea que no hace las cosas del todo bien. Vamos a explicarnos con detalle antes de que toque a mi puerta un Bambón o un Nieto de SaryManchez a meterme el pito por…a pegarme. Me refiero a que si estás viendo, yo que sé, al CD Tenerife (otros años que este va de maravilla), podrías con suerte escuchar en el Heliodoro el comentario del señor que emana fragancia a “Eau de Krueger” diciendo con ese tono de voz rasgado ganado en mil batallas (contra el hígado), que se cuela por entre los huecos que dejan múltiples piezas dentales que otrora masticaron pan de Arafo: “Chiquita murga!”. Y eso lo he escuchado yo y lo has escuchado tú, y no seré yo el idiota (que suelo serlo) que se meta con las murgas porque valoro su pasión y dedicación y porque son lo menos ciento y pico por agrupación y nadie quiere engrosar la lista de enemigos tanto y tan de golpe.
Esta extensa introducción viene por lo siguiente. Si se usa (porque se usa) el concepto “murga” para tildar de poco hábil, poco virtuosa cualquier agrupación humana, creo que nosotros, como sociedad, estamos un poco “amurguesados”. No confundir con “hamburguesados” que es lo que está pasando en los States ahora mismo, y mira, no me hagas hablar, State quieto con eso (jajaja).
Nos hemos convertido en una murga, criticamos, sí, una vez al año, o una vez al día en la red social de moda, para calmar nuestra sed de lucha (que sigue ahí), y volvemos al tablero de juego que nos pusieron para entretenernos, con sus manuales de instrucciones, sus multas, y si “vuelves a la casilla de salida sin cobrar”. Oiga, que me incluyo, que yo acabo este artículo y me pongo a ver otro episodio de ‘Pluribus’. Pero se echa en falta el sacrificio de Beneharo, no digo de saltar de un risco, pero si de volvernos un poco locos. De por lo menos gritar y espantar las cabras, de dejar claro, aunque no podamos romper la baraja, que este juego no nos gusta, que el balón no es nuestro, porque si no…
Quizá no estemos tan dormidos como parece, sino ensayando. Ensayando siempre la misma canción, con el mismo estribillo fácil, ese que se aprende rápido y no exige demasiado aire en los pulmones. Ensayando para no desafinar, para no molestar a los vecinos, para que nadie nos quite el micro ni nos baje el volumen. Antes la murga tenía algo de ritual: se preparaba durante meses para salir un rato, cantar lo que había que cantar y volver a la vida. Ahora es al revés: vivimos permanentemente disfrazados, todo el año con el traje puesto, opinando de todo, indignándonos a ratos, afinando discursos como quien afina excusas. Hemos convertido la crítica en un accesorio cómodo, algo que se pone y se quita, que no mancha, no pesa y lamentablemente, consigue poco o nada.
Criticamos sin riesgo. Nada de perder amigos, trabajos o tranquilidad; nada de quedar señalado, de que te miren raro en la cola del súper. Nuestra protesta es limpia, higiénica, reciclable. Se queda en el comentario ingenioso, en la frase compartida, en el “yo no estoy de acuerdo”. El castigo máximo hoy es un bloqueo, un silencio digital, una discusión que se enfría sola porque alguien tiene que llevar a los niños a natación. Y así, claro, la bronca dura lo que dura la batería del móvil.
Nos hemos acostumbrado a no desafinar demasiado, a no subir el tono por si acaso, a no pisar el cable equivocado, a quejarnos entre las líneas marcadas. Cantamos fuerte, pero siempre sobre la melodía que ya estaba sonando. Y ojo, que no hablo desde fuera: hablo desde dentro del coro, con mi letra subrayada y mi afinador en el bolsillo. Nos quejamos del juego, pero seguimos jugando. Protestamos contra el tablero, pero movemos la ficha cuando nos dicen.
Se echa en falta un poco de locura, no épica, no suicida, no de riscos ni de hogueras, sino de esa que incomoda. De esa que espanta a los pájaros que dormían sobre las ramas, que rompe el ritmo, que obliga a parar el ensayo porque alguien ha dicho algo fuera de compás. Antes había consecuencias, buenas o malas, pero consecuencias al fin y al cabo. Ahora hay métricas. Likes. Alcance. Engagement. Hemos cambiado el miedo por el algoritmo.
Seguimos cantando en el mismo escenario, delante del jurado de siempre, que bosteza deseando llegar a casa, esperando ganar al menos el segundo premio de interpretación. Y quizá ahí esté el error. Porque a lo mejor el premio no era ganar. A lo mejor el premio era romper el escenario, dejar el micro en el suelo y largarnos, quedarnos roncos, que no se nos entienda pero que se entienda todo clarito.
Pero claro, eso exige algo que no cabe en un estribillo fácil: perder, arriesgar, quedarse sin disfraz… y cantar, por una vez, sabiendo que nadie va a aplaudir.

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