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Cariocas gana por segundo año consecutivo el Primer Premio de Interpretación del concurso de comparsas del Carnaval de Santa Cruz 2026

El segundo lugar lo ocupó Joroperos, que repite posición en el podio. El tercer puesto fue para Danzarines Canarios, gran sorpresa de la noche, y el accésit para Tropicana
Cariocas gana por segundo año consecutivo el Primer Premio de Interpretación del concurso de comparsas del Carnaval de Santa Cruz 2026

Con el cartel de entradas agotadas y un Recinto Ferial aún a medio llenar, a las 20:00 horas dio comienzo uno de los grandes atractivos del Carnaval de Santa Cruz 2026: el concurso de comparsas. Diez agrupaciones llenaron el escenario de ritmo, armonía y color, protagonizando una noche cargada de emoción que coronó a Cariocas como vencedores. El segundo recayó en Joperos, el tercero fue para Danzarines Canarios y el accésit para Tropicana. En el apartado de Presentación la ganadora fue Bahía Bahitiare, mientras que el segundo correspondió a Cariocas. El tercero y el accésit fueron para, en orden, Joroperos y Rumberos.

De la mano de los maestros de ceremonia Tomás Galván y Wendy Fuentes, las comparsas infantiles Tropicana y Joroperos fueron las encargadas de inaugurar la velada con un espectáculo lleno de vitalidad. Sus actuaciones pusieron de manifiesto el enorme talento que crece en esta categoría y reavivaron la reivindicación de un certamen propio para las agrupaciones más jóvenes. Los colectivos insisten en que el trabajo de cerca de seis meses de estos niños y adolescentes, de entre cinco y diecisiete años, merece un escenario exclusivo en el que su entrega y creatividad reciban el reconocimiento que les corresponde.

Bahía Bahitiare (2001)

Los de Zara Díaz —porque no se les puede definir de otra manera— regresaron al escenario con dos cartones bajo el brazo tras su éxito en la pasada edición: tercero de Interpretación y primero de Presentación. Llegaban dispuestos a revalidar su sello, ese que los convierte en la viva imagen de la constancia. Arrancaron desde el suelo y a golpe de percusión, levantándose al compás de una música que transportaba directamente a Brasil, en perfecta sintonía con sus tonalidades verdes y doradas: un auténtico “sueño” lleno de brillo que no pasó desapercibido.

Comenzaron innovando con una adaptación del tema Madrid City de Ana Mena, integrado en su repertorio, y sorprendieron con un creativo juego de abanicos. Las filas limpias permitieron apreciar con claridad los cánones de movimiento. Sin embargo, la propuesta apostó por una línea más clásica y se echó en falta algo más de riesgo y energía en la composición de los pasos.

El cambio de vestuario marcó un nuevo impacto, esta vez con tonos naranjas que transformaron por completo la escena. Mientras la solista entonaba “Abran paso… guarachera me llaman”, una protagonista daba vida al mensaje sobre el escenario. Destacaron los movimientos de cabeza y unas transiciones bastante limpias que llevaron al grupo hacia ritmos de salsa, rumba y son cubano, aunque faltó dinamismo.

La actuación fue claramente de menos a más. Las mangas blancas se convirtieron en un recurso escénico para jugar con las luces y, al compás de la percusión, generar un efecto que arrancó el aplauso del público: un momento original y diferente. El cierre, con País tropical de fondo y algunos juegos de altura, reforzó la explosión final. Para despedirse, no renunciaron a la esencia más clásica de las comparsas, incorporando saludos y gestos de agradecimiento hacia los asistentes. Los de La Salud terminaron mimetizándose con el Carnaval al ritmo de ‘Los 4’ y su popular tema Me voy, poniendo el broche a una propuesta fiel a su identidad.

Los Valleiros (1977)

“Ha llegado el momento que Tenerife estaba esperando”, anunciaron al son de la banda sonora de The Greatest Show. Sin embargo, el coro no terminó de acompañar el lucimiento del baile, con una dicción irregular y una sensación de sonido algo disperso. Se presentaron sobre el escenario como dioses del Olimpo, con una fantasía en tonos dorados, blancos y rosados, de líneas sencillas pero elegantes.

Desde el inicio apostaron por ritmos latinos combinados con I Like That, trabajando el espacio con diagonales y cruces que mantuvieron enganchado al público, pese a que el repertorio no destacó por la complejidad de los pasos. El merengue ganó demasiado protagonismo, lo que limitó en parte la innovación coreográfica y la variedad de registros.

El escenario se oscureció y el grupo cambió de registro. Las bailarinas que permanecieron en escena utilizaron esferas de colores para crear sugerentes efectos visuales, jugando con desplazamientos circulares, mientras la solista, al borde del escenario, entonaba lo que parecía un canto en yoruba. Llegó entonces el cambio de vestuario, ahora en rojos y blancos, al compás de una rumba cubana: “La rumba me llamo yo”. El cuerpo de baile fusionó este ritmo con la esencia comparsera, aunque Aguanilé, interpretado fuera de su tempo original, restó parte de la magia habitual del tema.

El cierre, a golpe de instrumental y percusión, desató los aplausos gracias a un juego de movimientos perfectamente sincronizados, con remates secos y acentos bien marcados. La evolución de Valleiros es innegable: cada edición suman más argumentos para estar entre los premiados. Culminaron por todo lo alto con “Arriba las manos, abajo las manos…”, momento en el que hasta la mascota de Diablos Locos se sumó al baile, con la sensación de no haber salido de la Final de Murgas.

Río Orinoco (1988)

La fantasía marcó el primer golpe de efecto sobre el escenario: al apagarse las luces, el verde neón envolvió a la comparsa en una estampa visualmente potente. “Desde lo más profundo de la selva…”, entonaron para abrir el repertorio: “Y esta noche la selva despierta, su voz se eleva sobre los tambores”. Sin embargo, varios problemas técnicos en la banda empañaron el arranque y desmerecieron parte del espectáculo.

A ello se sumó cierta falta de coordinación y una sensación de inseguridad en los movimientos que lastró la primera parte. Aunque apostaron por innovar en los temas elegidos, la coreografía no acompañó: apenas hay transiciones, se repiten bloques de pasos y el resultado se percibe estático por momentos. El cambio de vestuario llegó al grito de “¡Ooooole!”, como si de un espectáculo taurino se tratara. La agrupación reapareció con una fantasía en tonos rojos que evocaba a un traje de sevillanas y dio paso a un repertorio fusionado con aires andaluces. A partir de ahí se apreció una mejoría notable: el grupo ganó presencia escénica, aparecieron formaciones más definidas y el uso de luces y oscuridad se integró como un recurso coreográfico. Los temas en portugués de inspiración brasileña devolvieron parte de la esencia comparsera y lograron revivir la actuación.

En comparación con el pasado año, los de Carlos Santana han dado un salto exponencial y muestran una clara evolución. No obstante, aún están lejos de alcanzar el nivel de sus etapas más brillantes.

Joroperos (1972)

Treinta y seis premios de Interpretación —diez de ellos primeros— avalan por qué Joroperos parte siempre como una de las grandes favoritas. Su coro, en perfecta sintonía con el cuerpo de baile, elevó la coreografía, aportándole un brillo que a menudo pasa desapercibido, pero que resulta fundamental para el conjunto.

Los bailarines irrumpieron en escena con traje y chaqueta tipo frac en blanco y negro, una elegante carta de presentación que culminó con un espectacular cambio de vestuario: se desprenden de las prendas en forma de ola, con una precisión milimétrica, para revelar la fantasía definitiva en tonos verdes y plateados. Entonces se sumaron las bailarinas y el grupo arrancó con movimientos a golpe de percusión, arropados por una acertada elección musical y una energía desbordante. Joroperos vuelve a demostrar que es referente en desplazamientos y transiciones, tan fluidas que ni siquiera los cambios de vestuario rompen el ritmo. Destacó el trabajo en cánones y bloques, con formaciones limpias que aprovechan todo el escenario.

El espectáculo mantiene al público enganchado, aunque en la primera parte se echó en falta algo más de letra frente al predominio instrumental. Con las luces apagadas aparecieron seis cajas negras sobre el escenario, con bailarinas moviéndose al compás de Feeling Good. El vestuario sugiere una sutil sensación de desnudez que aporta picardía y teatralidad, acompañada por un acróbata que culmina con varios mortales hacia delante para dar paso al gran cambio de fantasía.

El escenario se inundó entonces de plateados, rosas y violetas: llegó Joroperos en estado puro. Parte de los hombres aparecen con falda y aro, reafirmando la esencia innovadora de los laguneros. Sorprenden con bailes en pareja —inéditos hasta ahora— y con pasos de gran complejidad que parecen sencillos por su ejecución. En definitiva, un espectáculo de Broadway con sello propio. Que te puede gustar más o menos, como Trapaseros y Bambones.

Rumberos (1965)

“Si al llegar a un barrio latino me preguntaran cuál es el ritmo más elegante… caballero, yo diría el chachachá”. Con esta declaración de intenciones se presentaba Rumberos, envuelta en una fantasía desbordante de color: naranjas, verdes, rosados, amarillos, dorados y blancos que iluminaron el escenario.

“Vamos rumberos, que la rumba va a empezar”, anunciaron, aunque en estos primeros compases se echó en falta algo más de energía. La actuación fue claramente de menos a más, manteniendo la esencia de la alegoría del Carnaval con una selección musical cargada de ritmos latinos. Destacaron los desplazamientos y las transiciones, bien trabajados, aunque en algunos momentos faltó mayor limpieza.

El equilibrio entre la parranda y cuerpo de baile condicionó por instantes la coreografía, haciendo que el resultado se percibiera algo monótono por la escasa originalidad de ciertos pasos. Llegó entonces Tata (La Conga), tema muy popular que aprovecharon para el cambio de vestuario. La nueva fantasía conservó las mismas tonalidades, pero en versión neón, con protagonismo de amarillos y naranjas que ganan fuerza bajo las luces. Se lanzaron a ritmo de batucada para enlazar con sones brasileños y devolver el pulso al espectáculo, mostrando mejor eje corporal y mayor seguridad en los desplazamientos.

Rumberos aterrizó en el concurso con varios cartones bajo el brazo de la pasada edición —tercero de Interpretación, accésit de Presentación y accésit en Ritmo y Armonía—, aunque esta vez no lograron evocar aquella versión que tanto convenció. Aun así, el grupo se atrevió con Bad Bunny para meterse de lleno en la salsa y cerrar con “Mamá, llévame a La Habana”, un broche festivo que devuelve al público el sabor más rumbero. Su premio es seguir, año tras año, con el buen hacer y la ilusión intacta que su fundador, Manolo Monzón, dejó como legado en la comparsa.

Danzarines Canarios (1971)

Estar entre las mejores es un sueño que Danzarines hizo realidad en este concurso con una actuación sublime. La fantasía se presentaba con una combinación de tonos naranjas, blancos y azules que creó un efecto visual muy atractivo sobre el escenario. Desde el primer minuto, el coro suena espectacular y la elección de I Like It Like That resulta una apuesta original para abrir el repertorio. Coordinados, dominando el espacio y con desplazamientos impecables, desprenden una energía arrolladora que los sitúa, hasta el momento, como los más enérgicos del concurso.

Continuaron a ritmo de chachachá, confirmando la solidez del conjunto. La llegada de Loren Díaz a la dirección coreográfica se percibe desde el primer minuto. Su sello, el mismo que en su día marcó una etapa histórica con Tropicana, ha traído un salto cualitativo evidente. El segundo cambio de vestuario se convirtió en uno de los grandes golpes de efecto: la comparsa se agrupó en el centro del escenario y, al compás de la percusión, dibujó figuras que recordaban al despliegue de un pavo real, con movimientos originales y muy cuidados. De ahí enlazaron con ritmos brasileños que devuelven al conjunto a su esencia más comparsera.

El grupo arriesgó con fusiones de estilos, mezclando aires árabes con pinceladas de jazz. Sus mejores momentos, cuando arrancaban con composiciones grupales, tanto en bloque como en formaciones más pequeñas. Mantuvieron la potencia y la limpieza en las líneas, con transiciones ágiles. Se atreven incluso con acrobacias con lanzamientos y figuras a ras de suelo, demostrando versatilidad. Y así, sonaron las voces a ritmo de la canción Águila del Monte para encarar un cierre por todo lo alto. Sensacionales.

Cariocas (1969)

“Prepárense mi gente, la comparsa Los Cariocas ya va a empezar”. El coro prueba sonido y anima al público a disponerse para el espectáculo de otra de las grandes favoritas de la noche. Sobre el escenario se despliega una mezcla de blancos, dorados, amarillos, azules y naranjas en suaves tonalidades pastel. A golpe de percusión arrancaron con una coordinación impecable, ocupando cada rincón del escenario para su presentación.

Un primer efecto visual, con telas de color rosa neón y luces apagadas al ritmo de I Will Survive, dio paso a la fantasía inicial en blanco y dorado —un recurso ya visto en otras comparsas, pero siempre efectivo—, integrado con juegos de mangas y abanicos. Desde el primer minuto son pura energía, algo que se había echado en falta en el concurso. Cariocas volvió a demostrar que es experta en coordinación, transiciones y desplazamientos, con posiciones claras y cambios de altura que dan profundidad al conjunto. El coro sonaba espectacular y sorprende una selección musical más arriesgada que en ediciones anteriores, manteniendo la actuación en todo lo alto.

El cambio de vestuario resultó impactante: un grupo de bailarinas en tonos amarillos toma el centro del escenario al ritmo de Whitney Houston. De ahí pasaron a un giro de registro con The Final Countdown y un breve medley de Beyoncé: el hip hop hecho comparsa, resuelto con desplazamientos limpios y formaciones bien definidas. Con Crazy in Love se incorporó el resto del cuerpo de baile, ahora en plateados con tocados naranjas. Y cuando parecía que ya habían mostrado todas sus cartas, apareció otra fantasía en blancos, amarillos y azules, evocando la bandera de Canarias. Se echó en falta algún juego con el pañuelo que colgaba del cuello. El grupo recondujo el final hacia un repertorio más clásico, con temas como Pégate de Ricky Martin. Terminaron con el Recinto Ferial en pie.

Tropicana (1994)

Al más puro estilo brasileño, con Samba do Brasil Ey Macarena interpretada con notable precisión en la pronunciación, los de José Bolaños irrumpieron en el escenario de los Ritmos Latinos luciendo una fantasía en tonos blancos, rojos y dorados. “Por la mañana café, por la tarde ron”, sonó al compás de Bad Bunny, aunque los primeros pasos resultaron algo básicos y no terminaron de acompañar la fuerza del tema.

Aun así, ya se observaban movimientos secos y bien marcados. Tras esto, parte de la comparsa se arrancaba con un chachachá para preparar el cambio de vestuario. El relevo llegó a ritmo de salsa y mambo con una nueva fantasía en negro y rojo, poco llamativa a nivel visual. El espectáculo giró entonces hacia un registro más cercano al cabaret, con propuestas más originales, aunque todavía faltaba precisión en la ejecución de algunos portés y en las transiciones.

Cuando se incorporó el conjunto al completo aparecieron composiciones grupales mejor estructuradas, con desplazamientos más limpios. De ahí saltaron a Juan Luis Guerra con A pedir su mano para continuar con La bilirrubina, donde el grupo muestra mayor solidez y mejor control del espacio. No son la misma Tropicana que deslumbró el pasado año. Cumplen con su papel: coordinados, enérgicos y agradables de ver, pero esta vez no terminan de conquistar.

Bella Mariana (2024)

Micrófono en mano y con traje y chaqueta, al más puro estilo “showman”, un presentador introduce a la comparsa, que se estrena en el Carnaval a golpe de percusión. Irrumpen con una fantasía desbordante de color en tonalidades naranjas, rosadas y azules, ocupando todo el escenario. Sorprende, además, el numeroso cuerpo de coro que los acompaña. En esta primera parte se aprecian pocos desplazamientos, pero el grupo se muestra coordinado y fiel a pasos sencillos propios del estilo comparsero, con cierta limpieza en la ejecución de los bloques.

La aparición de los trajes de gran formato anuncia el cambio de vestuario, que da paso a un baile con protagonismo del movimiento de manos. Continúan al ritmo de Mira cómo se menea y llega el nuevo vestuario, en tonos plateados y naranjas, acompañado de una selección musical agradable. Se percibe falta de coordinación en algunas entradas y salidas al escenario, pero la energía no decae.

Son correctos en su planteamiento: no arriesgan en formaciones grupales y apuestan, en su mayoría, por bailes en solitario con desplazamientos lineales de un lado a otro. Pero, a veces, menos es más. Y cuando parecía que todo estaba dicho, sacan su energía final para cerrar por todo lo alto, dejando buenas sensaciones para una comparsa que el pasado año se quedó fuera del concurso por falta de cupo.

Tabajaras (1983)

Amarillos, rosados, blancos, violetas y naranjas inundan el escenario para presentar a Tabajaras. El grupo se distribuye en tres bloques que, durante toda la primera parte, permanecen prácticamente en la misma zona, lo que resta dinamismo a la actuación pese a los intentos de jugar con cánones. Parte de las bailarinas quedaron en escena con fantasías en tonos violetas y rosados, acompañadas por un vistoso juego de plumas.

Los pasos, de escasa complejidad, se apoyaron sobre todo en vueltas y gestos repetidos, con poco riesgo en la propuesta coreográfica y una limpieza irregular que no terminó de consolidar el conjunto. Entraron, entonces, el resto de bailarinas, vestidas en blancos, azules y amarillos, interpretando una versión del pasodoble Islas Canarias mientras recrearon un efecto visual de la bandera del Archipiélago.

El registro cambió hacia la rumba y el guaguancó, con el pañuelo como elemento simbólico para representar la “vacunación”, gesto característico del folclore afro, y de ahí transitaron hasta la salsa caleña. Entonaron Pa’ fuera pa’ la calle con bloques de pasos que volvieron a repetirse, para finalmente unirse toda la comparsa en un homenaje propio por mantenerse desde 1983 al pie del cañón, un logro que celebran cada año subiéndose al escenario.

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