El Hospital Civil Nuestra Señora de los Desamparados, primer establecimiento benéfico de Santa Cruz de Tenerife, fue una iniciativa de los hermanos Rodrigo e Ignacio Logman Van Udeen, vicario eclesiástico de Santa Cruz y beneficiado de la parroquia de la Concepción, respectivamente, al comprobar el estado lamentable de los enfermos y ancianos que vivían en las cuevas existentes en los barrancos. Acción caritativa que les valdría el título de “Padres de los Pobres y de todo este Pueblo”.
Las obras comenzarían, el 30 de abril de 1745, en el solar cedido en las inmediaciones del Barranco de Santos por Juan Bautista Herrera y Ponte, Conde de la Gomera y Marqués de Adeje. Al año siguiente, al fallecer los citados sacerdotes, los trabajos pudieron continuar gracias a las donaciones de las personas pudientes de esta Villa.
El Hospital, abierto en 1753, disponía de dos salas para enfermos, con 15 camas para mujeres y 15 para hombres, y un patio situado en el centro del edificio que servía de recreo a los enfermos convalecientes. Contaba con enfermería, cocina y comedor, y una huerta en la que se plantaban hortalizas y se criaban animales, con lo que se abastecía a los acogidos. La capilla se encontraba en el lado Norte, en ella llegó a custodiarse la Cruz Fundacional de la ciudad y se veneró al Señor de las Tribulaciones –El Señor de Santa Cruz-.
En 1819, la Junta de Sanidad, formada por seis vecinos, lograron que el Gobierno les concediera una renta anual de 9.000 reales para poder pudiendo disponer de un médico, un practicante, un capellán, un mayordomo y tres criados que atendieran a las 54 personas ingresadas y a los pobres de limosna -3 hombres, 3 mujeres y 5 expósitos-.
En 1849, el Ayuntamiento comenzaría a hacerse cargo del establecimiento sanitario, nombrando una Junta Municipal de Beneficencia para su cuidado y administración. A partir de entonces, en el Hospital se integraría la Cuna de Expósitos que estaba instalada en una casa de la calle de la Caleta, desde 1827.
Cuando por Real Orden, de 29 de diciembre de 1853, todos los establecimientos de Beneficencia pasan a depender de la Diputación Provincial, la Junta de Gobierno, formada por un Director, un Administrador y un Secretario, lo dotan de un médico, un capellán, dos practicantes, tres enfermeros, una cocinera, un pinche de cocina, un mozo de oficio y un portero. En sus seis salas, tres para hombres (Jesús, San Eduardo y San Pedro) y tres para mujeres (Santa Isabel, Dolores y Desamparados) recibían asistencia diariamente 80 enfermos. En 1881 se incorporarían 10 Hermanas de la Caridad.
El Hospital también disponía de habitaciones para los enfermos que podían costearse su estancia, cuyo valor era de 7 reales de vellón diarios; uno de estos huéspedes fue el teniente general Antonio Benavides Bazán y Molina, natural de La Matanza de Acentejo, que después de haber sido Gobernador de La Florida, de Vera Cruz y de Yucatán (1717-1749) pasaría aquí los últimos 13 años de su vida, pagando la estancia de su peculio y muriendo en la más absoluta pobreza al haber dejado cuanto tenía a esta Institución benéfica.
PRIMERA AMPLIACIÓN
La primera ampliación del Hospital se llevó a cabo en 1868, cuando la Diputación Provincial le encargó al arquitecto provincial Manuel de Oraá y Arcocha que iniciara las obras en el terreno del cementerio clausurado en 1823 y en el solar que saldría después de derribar la histórica capilla. Durante los trabajos, un incendio destruyó toda la parte antigua del edificio, no llegando a afectar a las obras que se estaban realizando, gracias a la colaboración de los marineros de dos buques de guerra franceses que se encontraban en el muelle. De los 400 enfermos que fueron trasladados a la iglesia de La Concepción, fallecerían dos niñas. Las obras, cuyo presupuesto alcanzaba las 44.502 pesetas, se pudieron terminar gracias a las 37.000 pesetas que abonó la compañía aseguradora y a las aportaciones recibidas de distintas personalidades, comercios y particulares.
Al fallecer Manuel de Oráa (1889), los trabajos continuarían bajo la dirección del arquitecto municipal Manuel de Cámara y Cruz, quién se encargaría de completar uno de los mejores ejemplos de la arquitectura neoclásica del Archipiélago Canario. El inmueble de dos niveles, con vanos de arcos rebajados, cornisa con dentículos, y un cuerpo superior con ventanillos de menor tamaño y molduras de cantería, está compuesto por cinco crujías, las cuales forman los cuatro patios interiores de grandes dimensiones, claustrados en el nivel más bajo y cerrados en los superiores, en los que sobre pedestales de cantería se abren ventanas equidistantes y a regla, apeados por columnas de hierro. Las cubiertas se resuelven sobre armadura de madera y tejado de teja francesa, con sectores de cubierta plana. El pavimento de mármol fue donado por la Junta de Caridad de Señoras. En el frontis superior, una imagen de bronce representa La Caridad, y en el tímpano sobresale el escudo de las Islas Canarias.
En 1914, cuando todos los centros de beneficencia pasaron a depender del Cabildo Insular de Tenerife, el consejero Patricio Estévanez encargó al arquitecto Antonio Pintor y Ocete un proyecto de ampliación, por lo que hubo que adquirir varias casas colindantes en la calle San Sebastián. En la ampliación de las nuevas salas y dependencias, en las tres crujías que parten del cuerpo central, diseñó dos nuevos patios mediante paños cerrados de tipología similar a los de la primera planta, y adintelados en la superior. En el lado norte de los citados patios, las galerías superpuestas son abiertas con soportes y balconada de hierro, mientras que la del lado sur se cierra mediante un muro macizo de menor altura. La última planta, correspondiente al proyecto del arquitecto Tomás Machado, se disocia de la composición general del inmueble en diseño, volumetría y organización.
Museo
Al inaugurarse, en 1971, el Hospital General de Tenerife, más tarde Hospital Universitario de Canarias, el edificio permanecería cerrado hasta que, en 1994, el Cabildo comenzó su rehabilitación integral, según el proyecto de los arquitectos María Nieves Febles Benítez y Agustín Cabrera Domínguez, quienes adaptaron sus espacios para dedicarlo a Museo de la Naturaleza y la Arqueología (MUNA), que sería inaugurado por la reina Sofía el 9 de enero de 2002.






