cualquier cosa

“Eso está crudo”

Oliver Laxe, el director de la película Sirat, tiene una de esas pedanterías que me encantan. Honesta. Está pensando en qué piensa, no en lo que piensan de él si dice una cosa o la otra. Está concentrado en lo importante y, colateralmente, es auténtico.

Eso jode mucho.

Porque ser uno mismo molesta una barbaridad. Basta que te empieces a encontrar en sintonía contigo para que se les encienda un piloto rojo en casa a los desafinadores emocionales.

Unos seres que no hacen nada útil y se preocupan de minimizar a quien ose iluminar la oscuridad de su mediocridad con su propia luz. No vaya a ser que un día tengan que ponerse gafas de sol, darse media vuelta y seguir durmiendo. No.

Ellos flexionan los dedos hacia atrás haciendo sonar los huesos de las manos y se preparan para ponerte en tu sitio.

Policías del punto exacto de la carne.

Seguro que los conocen. Son los que aparecen debajo de cualquier vídeo de una barbacoa en internet. Un trozo de carne rojo, jugoso, perfecto… y siempre hay uno que escribe:

“Eso está crudo”.

No importa que el cocinero sea argentino, vasco o japonés. No importa que haya pasado por un restaurante con estrella Michelin. No importa nada.

Porque el comentarista anónimo ha hablado.

Y él sabe.

Sabe porque en su casa la carne se hace hasta que parece una suela de zapato y porque lo que uno ha visto toda la vida pasa a convertirse, mágicamente, en la única verdad posible.

Aceptar que pueda existir otro punto de cocción es admitir que uno no ha tenido toda la verdad de su lado, cosa que según creces debería ser casi un mantra, pero hay quien se resiste a entender que somos ignorantes y se enroca en su porción de saber. Y es que cuanto menos sabemos, más rotundos somos.

El fuego transforma, de un punto a otro, de crudo a pasado, nacemos crudos y alcanzamos el punto demasiado tarde, al contrario de la carne, antes de estar quemados.

Pero hay quien nunca llega a estar cocinado, quien no se lanza al fuego del conocimiento, que quema tus “verdades” y te muestra como lo que eres en realidad: un trozo de carne insípida, al que le falta aderezo, cocción y alguien que sepa convertirte de ingrediente a comida.

Calcinar cualquier matiz es más fácil, de largo, que aceptar un término medio. Todo muy hecho. Todo negro. Todo seguro.

Las verdades absolutas suenan a fortalezas, la duda a debilidad. Pero revisar el punto no es traicionarte, es aprender, para que el siguiente mordisco sepa a victoria.

Porque el problema nunca fue la carne.

El problema, oh, sorpresa, es el miedo.

Miedo a reconocer que llevamos tiempo masticando algo seco pensando que “así era el mundo”.

Miedo a descubrir otras formas de cocinar la vida, otros fuegos, otros tiempos, otras digestiones.

Cambiar el punto obliga a aceptar que uno ha estado equivocado. Y eso repite.

Vivir bien hechos, duros por fuera, y por dentro secos.

Por eso me gusta la “pedantería” de Oliver Laxe. Porque no parece cocinar para gustar a nadie. Parece cocinar para encontrar su propio fuego.

Y es normal que a un kamikaze como a él, se le afilen los cuchillos del comentario rápido, críticos de cocina de paladar acostumbrado, exclamando a su tercera palabra:

“Eso está crudo”.

Aunque lo más probable es que también yo esté equivocado (si no, vaya tontería de reflexión) y el postre final sea aceptar que el mundo no tiene un único punto de cocción correcto.

Y que, para saborearlo bien, haya que dejar de opinar…

Y morder…

Y tragar…

Y digerir.

Fdo: Alguien poco hecho.

TE PUEDE INTERESAR