Han pasado ocho años -se cumplen hoy- pero muchos vecinos de Guaza recuerdan como si fuera ayer la fatídica madrugada del 23 de marzo de 2018 en la que Ricardo Ortega, de 23 años, asesinó a cuchilladas a sus padres adoptivos, Antonio Ortega y Carmen Nola, y a su abuelo Luciano Martín cuando descansaban en sus dormitorios de la vivienda familiar que compartían en este núcleo del municipio tinerfeño de Arona.
Según se demostró en el juicio, el autor del triple crimen atacó primero a su padre, luego a su madre y por último a su abuelo después de “una lucha interna gigantesca” de casi una hora por evitar la “locura”, según reveló el propio Ricardo en la vista oral celebrada en la Sección II de la Audiencia Provincial en junio de 2020.
Su progenitor “llegó a estar de pie, pero no se pudo defender demasiado por el daño causado en la arteria pulmonar y el corazón”, aseguró una forense en la vista, mientras que la autopsia de la madre reveló numerosas heridas por arma blanca en distintas partes de su cuerpo y en varias direcciones “cuando la víctima se encontraba en movimiento”. Su abuelo no mostró defensa y sufrió cuatro cuchilladas, una de ellas mortal por encima del corazón.
En la versión inicial que ofreció a los agentes que llegaron a la casa, construida en medio de una finca de plataneras, Ricardo, muy nervioso y con las manos y camiseta ensangrentadas, señaló que al entrar a la vivienda oyó “ruidos” y sorprendió a una persona que, tras forcejear con él, salió huyendo. La explicación no concordó en ningún momento con la inspección ocular de los investigadores ni con las primeras pruebas recabadas en la vivienda número 7 de la calle Abdón Rocha. Horas más tarde, durante el interrogatorio con la Guardia Civil, Ricardo acabó confesando su autoría.
El triple parricidio causó una gran conmoción en La Palma, isla donde habían nacido las tres víctimas. Centenares de vecinos acompañaron a los tres féretros en un imponente silencio hasta el cementerio de San Andrés y Sauces, donde recibieron sepultura.
Tras declarar culpable a Ricardo un jurado popular, la Audiencia Provincial le impuso la pena de prisión permanente revisable como autor del triple crimen y dictaminó el máximo castigo por el asesinato del abuelo, además de 22 años y seis meses de cárcel por la muerte violenta de la madre y otros 20 y medio por la del padre.
El condenado planteó sendos recursos al Tribunal Superior de Justicia de Canarias y al Supremo, alegando que debía aplicársele una eximente por trastorno mental transitorio, basándose en el testimonio de un técnico sanitario que señaló que Ricardo estaba en shock, con las pupilas dilatadas y la piel pálida, y el de un agente de la Policía Local de Arona, que indicó que se encontraba muy nervioso e hiperventilando.
Recurso desestimado
La Sala II al alto tribunal desestimó el recurso y ratificó la condena al considerar que el recurrente mantenía el control de su voluntad y sus facultades no estaban alteradas de forma relevante.
Para ello los magistrados argumentaron en la sentencia “la forma de preparación de sus actos, poniéndose previamente unos guantes de látex y utilizando un cuchillo adecuado; la forma del ataque a su familia, aprovechando que su padre dormía y que tanto su madre como su abuelo acababan de despertar como consecuencia de los ruidos o los gritos; los lugares del cuerpo donde dirigió todos los golpes, la existencia de recuerdos coherentes de lo sucedido, la llamada al 112 comunicando que un ladrón había entrado en la casa y había causado las muertes y el estado que presentaba poco después de los hechos: tranquilo, orientado y consciente”, extremo confirmado por la médico forense que llegó al lugar una hora y media después de activarse el operativo policial y sanitario.
La espeluznante acción protagonizada por Ricardo, adoptado por su familia a los 7 años en Venezuela, sigue muy presente en la memoria colectiva de Guaza por más que sus vecinos quieran borrar de sus mentes lo ocurrido en la casa amarilla de dos plantas enclavada entre plataneras aquella madrugada de viernes, en la antesala de la Semana Santa de 2018, en la que nadie oyó ladrar a las dos perras de la familia.





