En este año, se cumplirá el segundo centenario de este hecho histórico que comenzó el día 7 de noviembre de 1826 y se prolongaría hasta el día 9, con las horas más álgidas durante la madrugada del día 8. Podría parecer de ficción, si no fuese porque hay suficiente documentación que lo corrobora, como el relato del residente y comerciante inglés Alfred Diston, recogido en su libro Costumes of the Canary Islands.
Así lo menciona en su artículo sobre este aluvión, Doris Martínez Ferrero, publicado en la revista semanal La Prensa, del 10 de noviembre de 2018, en que se hace noticia de la reciente traducción al castellano de la obra de Diston, en el que detalla su vivencia desde el Puerto de la Cruz, lugar donde residía desde 18101.
En su relato, Diston menciona asombrado los múltiples destrozos por el desbordamiento de barrancos, que arrasaron casas, cultivos, ganado y cientos de vidas humanas. Solo en el Valle de La Orotava se contabilizaron 235 personas fallecidas, a las que habría que añadir muchas más en otras partes de la isla de Tenerife y especialmente en el norte, como 51 en La Guancha o13 en San Juan de La Rambla; con aldeas desaparecidas como Santa Catalina, o el antiguo pago de Higas en el propio Valle de La Orotava.
Sin ánimo de extendernos en los detalles de las afecciones por este tremendo temporal, si habría que resaltar que tuvo una incidencia abrupta, no solo por lluvias tormentosas como nunca se había visto, sino que también afectó de manera muy severa al estado del mar; hasta el punto de encallar varios barcos con la perdida de las vidas humanas en sus tripulaciones y viajeros.
La tormenta se hizo notar también en el resto de la isla e incluso en buena parte de todas las islas canarias, aunque con menor incidencia y afección que en el norte de Tenerife. En el sur de la isla, al no contarse en esa época con poblaciones en la costa, la incidencia en vidas por aluvión fue escasa, a no ser en Candelaria, que ya contaba con un núcleo poblacional consolidado.
Los destrozos en la villa mariana fueron importantes desde el punto de vista material, además de pérdidas humanas, ya que entre ellas se contaron 8 personas de una misma familia (el cabo de la guarnición, su esposa y sus 6 hijos). El fenómeno atmosférico produjo más perjuicios por el oleaje que penetraba con fuerza, que por aluvión de agua y materiales arrastrados por la lluvia desde las zonas altas.
Fue tan fuerte y persistente el oleaje, que inundó el convento dominico en el que desde siglos atrás, se albergaba la imagen primigenia de la Virgen de Candelaria, terminando por arrastrar hacia el mar a la propia imagen de la virgen, perdiéndose en ese día para siempre.
El desastre fue tal en toda la isla en general, que produjo consecuencias que tardarían años en recuperarse, no ya solo por las numerosas afecciones en vidas humanas, sino también en diferentes tipos de ganados, en casas, en infraestructuras y mobiliario en general, en la agricultura y en la pesca (pues muchas pequeñas embarcaciones se perdieron); pero también en el ámbito religioso y en el ánimo de la gente de la isla, por la pérdida de un símbolo tan emblemático como era la imagen de La Virgen de Candelaria.
Como alternativa final (pues hubo otra que no se atendió y que describiremos más adelante), se encargaría la actual imagen al polifacético artista orotavense Fernando Estévez, que la terminaría y sería presentada en 1830 (casi 4 años después de que el mar se llevara la original). Sin embargo el enigma continuó y aún hoy en día se suscitan entre algunos, dudas y suspicacias al respecto de la desaparición de la primitiva imagen de la Virgen, por las circunstancias previas a su desaparición, aunque hubiesen ocurrido muchos años atrás.
Se ha apuntado, que poco tiempo antes del huracán de 1826, el marqués de Adeje, como Patrono General de la Orden de los Predicadores de Nuestra Señora de Candelaria y del convento dominico que la albergaba, pidió prestada la imagen para llevársela a Adeje y mandar allí a hacer una copia o réplica de la original, además de hacerse un cuadro de gran formato, representando la aparición de la imagen a los guanches, alrededor del año1392; pero que al devolverla a Candelaria, se devolvió la copia y no la original, quedándose en la iglesia de Santa Úrsula de Adeje, la imagen primitiva. Por lo que la imagen que se llevó la tormenta la noche del 8 de noviembre de 1826, fue la copia y no la original, que permanecería en Adeje hasta hoy.

Este relato contiene parte de verdad, aunque con tergiversación de las fechas del préstamo y devolución de la imagen y el cuadro. No sería un relato inventado y sin fundamento, si no fuese porque desde Adeje, el marqués Don Juan Bautista de Ponte Fonte y Pagés (fallecido en 1680), o quizás su sucesora Doña Mariana de ponte Fonte Pagés Castilla, efectivamente, se pidió prestada la imagen original para llevársela a Adeje y que allí le hicieran la copia, pero no fue muy poco tiempo antes de la tormenta de 1826 como indican algunos sospechosos del cambio de la imagen, sino que el préstamo y viaje a Adeje, se tuvo que hacer en la segunda mitad del siglo XVII, pues la imagen ya aparecía en el inventario de la iglesia de Santa Úrsula de 1684.
El retablo de la imagen en el que se encuentra, está a la derecha de la entrada al templo y hoy en día está protegido por unas rejas en el frente de la capilla. Según el Dr. Trujillo Rodríguez, el retablo está realizado en cedro policromado y con dorados, realizado por el imaginero Miguel Adán y pintado por Diego de Salcedo; obra hecha en Sevilla en 1596, para ser el primitivo retablo de la imagen originaria de La Virgen, en su antigua iglesia de Candelaria, que sería reemplazado en 1681 y trasladado a la iglesia de Santa Úrsula de Adeje, alrededor de esa fecha.
Ya el dominico Fray Alonso de Espinosa, en su obra: Historia de Nuestra Señora de Candelaria, para la que se documentó en los archivos del convento candelariego, donde había venido desde América para conocer la imagen de la Virgen y estar cerca de ella, pues era conocida ya como milagrosa por aquellas tierras, concretamente por Fray Bartolomé de Las Casas que le habló de ella. En su obra describe Espinosa como tras llegar a la isla y residenciarse en el convento dominico de Candelaria, fue indagando entre los descendientes directos de los guanches, sobre la historia de la imagen y del propio pueblo conquistado, obteniendo el permiso para su publicación1591, viendo la luz tres años más tarde en Sevilla.
En su obra, el dominico describía a la imagen con detalle, su estatura, sus colores, como si estuviera describiendo a la imagen de Adeje, donde se aprecia el color rubio de su pelo, en contraposición del pelo oscuro de la actual imagen realizada por Fernando Estévez en 1830. También hace una amplia referencia a los letreros del ropaje policromado, tanto en el cuello, como en el cinturón, en el pie de la túnica y en las bocamangas, así como en los bordes del manto azul estrellado.
Letreros o iniciales sobre los que declara Espinosa, que ya se habían hecho múltiples consultas a doctos en muy diversas lenguas, para descifrar el significado de esas letras que circundan toda la vestimenta de la imagen y que según su criterio, bien podría ser en latín antiguo, aunque nadie ha podido descifrarlas (cuestión que me parece aún hoy, de gran interés histórico para investigar).
La llegada del retablo desde Candelaria hasta Adeje (1681), coincide bastante con que la réplica de la Virgen, ya figurara en el inventario de 1684, por lo que puede que el marqués deseara ver pronto en la hornacina central del retablo, una imagen de la Virgen de Candelaria, que emulara totalmente a la verdadera imagen, a la que se adoraba en la isla desde casi tres siglos atrás, es decir, desde un siglo antes de la conquista en la que los guanches la custodiaban y veneraban.
Cuenta Espinosa en los capítulos 11 y 12 del libro II de su referida obra, que no sabría decir si como historia o como leyenda, mucho tiempo atrás, antes de la conquista de Tenerife, gente de Sancho Herrera señor de Canarias, se habían llevado en la noche la imagen de la Virgen para sus islas; pero que por una serie de adversidades y señales estando la imagen en Fuerteventura, les hizo temer de posibles grandes castigos, por lo que fue devuelta a su lugar en Candelaria.
Incluso posteriormente, las autoridades coloniales de la isla a finales del siglo XVI, quisieron llevarse la imagen de la Virgen para la ciudad (La Laguna), por lo que los guanches herederos de la imagen, con la ayuda de los dominicos que la custodiaban, consiguieron tras pleito y sentencia (Pleito de los Naturales), que se reconociera el derecho a seguir permaneciendo en Candelaria.
Con estos antecedentes de querer el poder señorial y colonial, apoderarse de la imagen de la Virgen, no es de extrañar que el poderoso marqués de Adeje y conde de La Gomera, principal mantenedor económico de los dominicos custodios, ejerciera su poder como patrono de la imagen, no para mandar a hacer la réplica de la imagen en Candelaria, sino que pidió llevársela y se la llevó para Adeje, para que le hicieran allí el trabajo. Por lo que aunque esto sucediera 145 años antes de la desaparición de la imagen durante la tormenta; hay quienes siguen dudando de si ya el marqués en aquel entonces se quedaría con la imagen original en 1681, cuando la pidió prestada, devolviendo en aquel tiempo no la original sino la réplica, que siguieron custodiando los dominicos hasta que se la llevó la tormenta en noviembre de 1826, sin que nadie detectara durante todo aquel tiempo, que no era la original.
En este ámbito de las dudas parece abundarse, por el hecho de que cuando tras la tormenta y mientras se decidía que hacer, para reponer una imagen de la Virgen en su iglesia de Candelaria, se pidió que desde Adeje se cediera la réplica hecha en el siglo XVII (no se sabe si de manera temporal), mientras se tomaba una decisión y luego, mientras se realizaba el encargo a Fernando Estévez de la actual imagen morenita.
El hecho cierto es que al parecer, desde Adeje se negaron a enviar la imagen para Candelaria y en su lugar, se envió el cuadro que también se había realizado allí, de la aparición de la imagen a los guanches en la actual playa de El Socorro; cuadro que aún permanece en Candelaria. Esta negativa al préstamo de la imagen invitaba a algunos, a dudar de que de hacerlo se devolviera luego la imagen, pero quizás a otros a que se descubriera que la imagen podría ser la original y verdadera.
La diferencia de años en la hechura de las dos imágenes, del siglo XIV la original, mientras que la réplica es del siglo XVII, debería facilitar que se pudiera comprobar con algún método preciso de datación actual, la antigüedad bastante aproximada de la imagen que permanece en Adeje; eliminando así sospechas y conjeturas por no haberse hecho antes o de haberlo hecho, no haberlo dado a conocer.







