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La abuela de Canarias cumple 110 años

La partida oficial de nacimiento de Rosalba Castro Bello detalla que nació en el año 1907, pero, según afirma su familia, realmente nació un año antes. Andrés Gutiérrez

Cada una de las arrugas de su rostro son parte de una historia única; la misma que se alarga ya 110 años. Sus ojos siguen mirando con curiosidad todo lo que la rodea y su memoria, a pesar del siglo de recuerdos que en ella atesora, se mantiene en perfecto estado. Rosalba Castro Bello (Santa Cruz de Tenerife, 1907) no solo es la chicharrera más longeva, sino que también lo es en el Archipiélago y además forma parte del selecto grupo de las 30 personas con más edad de toda España. El pasado 16 de febrero cumplió los 110, aunque su sobrino, Joaquín Castro, recuerda que tiene 111: “Tardaron un año en inscribirla en el registro”, subraya.

Doña Rosalba es, además, una de las protagonistas del singular proyecto fotográfico del artista estadounidense afincado en España Charles Ragsdale, que lleva por título Generaciones. Esta muestra, que ya ha iniciado su peregrinación por distintos puntos de España (y que la familia de doña Rosalba confía en que pueda verse en la capital tinerfeña), reúne a personas que superan los 105 años de edad con la intención de ser, como explica su autor en el texto que acompaña a la presentación del proyecto, “un homenaje a los llamados supercentenarios, a su papel como importantes transmisores de cultura y experiencia, elementos esenciales para la construcción del futuro por sus descendientes”.

Rosalba Castro, junto a 25 supercentenarios más, pone rostro a una generación que prácticamente ha visto nacer y morir un siglo y que ha entrado en el siguiente con sus recuerdos intactos. Esta chicharrera también es una de las 187 personas que superan los 100 años en Santa Cruz, donde 127 son mujeres y 60 son hombres.

El Hogar de Nuestra Señora de Candelaria, el popular asilo de ancianos de la capital, del que se encarga la Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, es ahora su casa, pero antes lo fue el domicilio familiar en el que nació, en la avenida de Las Asuncionistas, la céntrica calle Cruz Verde, a la que se trasladó más tarde, o el piso que compartió con su hermana en la calle de Tomás Morales, lugares que recuerda a la perfección. Nunca se casó, aunque tuvo algunos pretendientes, pero la rigidez de su padre impidió que algún novio superara sus exigencias. Con seis hermanos y más de una quincena de sobrinos, trascurrió su juventud y edad adulta.

Doña Rosalba recuerda a la perfección cómo ella y sus amigas iban a la plaza de La Candelaria a pasear por las tardes. “Allí Dimas cobraba una perra por sentarnos en las sillas que había en la plaza”, los mismos asientos que los más pícaros usaban sin pagar. “Cuando venía a cobrarles, se levantaban y se iban corriendo”, cuenta. Entonces la visitamos en el asilo. En esta ocasión su sobrino nos sirve de enlace, ya que solo sus familiares pueden visitarla, aunque el pasado 16 de febrero, su cumpleaños, contó con la visita del presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo.

Doña Rosalba, acompañada de su sobrino, Joaquín Castro, en el asilo de ancianos de Santa Cruz, donde reside actualmente. A. G.

También la Fundación Tu Santa Cruz le rindió homenaje con una tarta, de la que disfrutaron todos los usuarios del asilo. Una semana más tarde, una veintena de familiares se reunió en torno suyo para celebrar, esta vez sí, de una manera más íntima, sus 110 años de vida. Afirma su sobrino Joaquín que está perfecta de salud: “Algún catarro de vez en cuando, pero nada más”. Alaba Castro la memoria de su tía: “Tiene su cabeza perfectamente”.

Doña Rosalba recuerda cómo, a pesar de formar parte de una familia acomodada de Santa Cruz, el periodo de la Guerra Civil y de la posguerra supuso pasar muchas estrecheces, las mismas que ella y sus familiares intentaban minimizar entre los más necesitados. “Dos de mis hermanos fueron a la guerra”, rememora. “Uno porque le tocó por quinta y otro porque se alistó voluntario”. Fue en esa época cuando, al igual que otras jóvenes de la capital, acudió a lo que se conocía como los talleres patrióticos, en los que se cosía para el Ejército todo tipo de prendas. “En ese tiempo faltaba de todo”, sentencia la anciana, que recuerda cómo al puerto de Santa Cruz “llegaban lanchas desde África que traían de todo y vendían las cosas en la ciudad”.

Doña Rosalba se mantuvo hasta que las fuerzas la acompañaron viviendo en su propio hogar, donde una persona cuidó de ella durante más de 15 años. Ahora, el asilo es su casa, y allí sigue cumpliendo años rodeada de cuidados, de su familia, y de sus recuerdos. Rosalba Castro ya se encamina con aplomo a los 111 años. ¿O son 112?

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