protagonista de un tiempo convulso (iii)

Eligio Hernández: “Cubillo quería que presidiera el TS de la república guanche”

El exfiscal del Estado habla del nuevo libro de los sobornos a generales del primer franquismo por parte de los espías del Reino Unido y, en un insólito requiebro, hacia los años violentos del independentismo canario
Eligio Hernández. | FRAN PALLERO
Eligio Hernández. | FRAN PALLERO

La extensa conversación con Eligio Hernández Gutiérrez (El Pinar, 1947) adquiere una deriva inesperada. Tras una pausa, se habla del nuevo libro de los sobornos a generales del primer franquismo por parte de los espías del Reino Unido y, en un insólito requiebro, hacia los años violentos del independentismo canario.

-¿Tuvo usted habitual contacto con los servicios de inteligencia?

“Mucho contacto con el coronel Manglano [teniente general Emilio Alonso Manglano, director del extinto Cesid, hoy CNI, entre 1981 y 1995]. Esa relación procedía de mis tiempos como delegado del Gobierno en Canarias, sobre todo en relación con la vuelta de Antonio Cubillo”.

-¿Cómo se entera de que Cubillo quiere volver?

“Me lo dice uno de los hijos de Rodríguez Figueroa, Elio, creo recordar, y recuerdo que lo puse en conocimiento de Jerónimo Saavedra, que es mi jefe político. Se estudió mucho el asunto, por ejemplo, si podía afectar al turismo. También hablé, claro, con el ministro del Interior, José Barrionuevo. Lo hice en persona y allí mismo decidió ponerse en contacto con el entonces fiscal de la Audiencia Nacional Melitino García Carrero, un hombre muy inteligente, pero que había pasado unos 20 años en el Movimiento. Melitino le explicó que había un sumario abierto donde estaba decretada la cárcel para Cubillo, así que el ministro me dije que no podía ser. Yo le pedí permiso para hacer gestiones”.

-¿Cómo lo solucionó?

“Fui a ver al juez que llevaba la causa, que era el de Instrucción Número 4 de la Audiencia Nacional, pues al fin y al cabo había confianza, porque yo había estado en el 5. Después de contárselo, lo más difícil fue encontrar el expediente, que estaba arrinconado encima de unos estantes. Lo leyó y me dijo que no habría problemas, porque los autores materiales del atentado ya estaban hasta indultados. Se arregló con 300.000 pesetas de fianza. Recuerdo que de inmediato llamé a un abogado que se llamaba Abadía para decírselo y me respondieron que de acuerdo. Luego se archivó la causa”.

-¿Cómo organizó la vuelta de Cubillo al Archipiélago?

“Finalmente vino en avioneta a Gran Canaria. Lo que sí le dejé claro era que lo primero que debía hacer era presentarse en el juzgado de Madrid. Y allí fue con un inspector llamado De las Casas al que se lo ordené y un jefe de información del que no recuerdo el nombre. La anécdota fue que un fotógrafo, Gustavo Armas, se coló en ese avión. Cubillo llegó allí, se presentó ante el juez, declaró y le pusieron en libertad”.

-¿Se siente orgulloso de haber participado en la vuelta de Antonio Cubillo?

“Sí. Porque además tenía claro que en cuanto volviera a las Islas, se acababa la leyenda de Antonio Cubillo. Y así fue: en las siguientes elecciones solo sacó un concejal en toda Canarias, en Arrecife”.

-¿Ya conocía a Elio Rodríguez Figueroa?

“Sí. Cuando uno echa la vista hacia atrás, no deja de asombrarse haber sido el abogado de las dos grandes familias republicanas, tanto la de Juan Negrín (de la que sigo siendo abogado), como de la de Luis Rodríguez Figueroa [diputado en 1936 por Izquierda Republicana, el partido de Azaña, y asesinado por los franquistas durante el golpe]. Dos familias ilustradas y de buena posición económica”.

-¿Qué recuerdos tiene de Cubillo? ¿Llegó a ser un problema muy serio para España, sobre todo en la etapa de Adolfo Suárez?

“Sí lo fue, sobre todo por el respaldo que obtuvo de algunas organizaciones africanas. También el tema de la emisora le ayudó, porque escucharla pasó a ser parte del entretenimiento de los canarios en aquella época. Ambas circunstancias le dieron una relevancia que en realidad no tenía”.

-¿Qué consideración personal obtuvo sobre Cubillo?

“Creo que Cubillo no era un asesino, no era un criminal”.

-¿Cómo eran sus contactos con el servicio de espionaje español, entonces el Cesid?

“Tengo una anécdota muy graciosa sobre eso, porque solía reunirme con la gente del Cesid en un restaurante de Las Canteras, y en una ocasión entró Fernando Sagaseta [diputado en el Congreso por la Unión del Pueblo Canario entre 1979 y 1982, fundador en los 60 de Canarias Libre, organización de la que surgiría Cubillo]. Claro, él no sabía que eran espías; me levanté, lo saludé y nunca lo supo. Tengo otro recuerdo de Cubillo. Cuando empecé como juez, aparece como abogado Sagaseta para pedirme la libertad de un preso. De inmediato ordené la libertad. Él se quedó muy sorprendido, pero realmente estaba preso por una nimiedad. En mi vida solo he conocido un santo laico y ese era Fernando Sagaseta. Muy buena persona”.

-¿Cómo vivió el accidente de los jumbos en Los Rodeos?

“Fue terrible, claro. Recuerdo una anécdota de ese día. Por la mañana fue la bombita que hirió a la floristera de Gando y yo era el juez de instrucción. Por la tarde me llevaron detenidos a una docena de activistas del Mpaiac y ordené su ingreso en prisión. Ninguno se confesó culpable, pero entendí que había que ordenar la prisión preventiva. Cuando a la noche llegué al ático donde me quedaba, porque yo aún seguía soltero, me sorprendió la presencia de dos guardias civiles. Cuando les pregunté, me dijeron que recibían órdenes del teniente coronel Portollanes, que era natural de Icod y el responsable de la Comandancia de Las Palmas entonces. Aunque les dije que se fueran, me pidieron que no les comprometiera y que eran órdenes del teniente coronel. Además me pidieron las llaves de mi coche, que era un Honda Civic, para aparcarlo donde la Guardia Civil. Así que llamé a Portollanes y me dijo que me había conocido cuando yo era niño en El Hierro porque él se quedaba en mi casa cuando visitaba las instalaciones en la Isla, porque mi padre era el juez de paz. Me respondió que su obligación era protegerme por mucho que como juez me debiera obediencia”.

-Así que tuvo que aguantarse y mantener la escolta…

“Solo cuatro o cinco días. ¿Sabe por qué? Me la quitaron cuando Cubillo dijo en la emisora: ‘Nada contra Eligio Hernández porque es el candidato al presidente del Tribunal Supremo de la república guanche’ [ríe]”.

-Mpaiac, ETA… ¿Supo si en alguna ocasión se planeó un atentado contra usted?

“Nunca. Sí me consta que estuve en alguna lista de amenazados por ETA. Recuerdo que años después de haber dejado la Fiscalía General del Estado tenía la obligación de llamar a un teléfono de los servicios especiales de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para decir, si viajaba a Madrid, el hotel donde me iba a quedar”.

-Para tomar medidas de seguridad, se entiende…

“Exactamente. En una ocasión yo me quedaba en un hotel de La Castellana y cuando me disponía a acostarme, ya en ropa interior, tocan en la puerta y era la Policía, que me comunica que tengo que irme del hotel inmediatamente y que ya tenía reservada habitación en otro hotel. Se limitaron a decirme que ya me comunicarían la causa. Imagine: me vestí y me fui del hotel sin decir nada. Al final supe que en el hotel estaba Iñaki Esnaola, un abogado de etarras con el que por cierto no tenía mala relación, pero en fin”.

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