
Estaba previsto que la designación de la gestora del PSOE de Canarias, tras la dimisión de José Miguel Pérez, se concretara “el lunes o el martes” de esta semana. Y así iba a ser, pero la búsqueda del máximo equilibrio en el equipo que llevará las riendas del partido hasta el congreso regional -en principio, no antes del verano, pues será después del federal- ha aconsejado prolongar el proceso. Donde no parece haber dudas es en torno a la figura de José Miguel Rodríguez Fraga como presidente del órgano. Si bien es innegable su vinculación a Patricia Hernández, vicepresidenta del Gobierno autonómico y aspirante a la Secretaría General, también se le reconoce su capacidad para aglutinar y cohesionar a las distintas sensibilidades de su partido -que podrían resumirse en dos facciones-, lo que suma factores a favor de su nombramiento.
Al margen de su carismática influencia, de la que le resultará difícil desprenderse, Fraga está ya de vuelta y media, fuera de las peleas por los cargos públicos u orgánicos. El papel que se espera de él se asemeja al que desempeña al asturiano Javier Fernández en el ámbito nacional: mano de hierro con guante de seda; un talente conciliador hacia dentro y dialogante puertas afuera. Más que un bombero que apague fuegos, un interlocutor que no sea políticamente sordomudo.
Menos sencilla es la tarea de componer un grupo integrador que anule a los francotiradores. No son pocos los focos de tensión que hay que apaciguar. Y el pacto con CC -especialmente, en lo que respecta al Ejecutivo- aparece como otro de los retos planteados.
Ferraz se ha propuesto apartar la improvisación de la solución. Han aprendido la lección derivada del relevo de Pedro Sánchez y, en estos momentos, conservar la visibilidad institucional es un certificado de supervivencia.




