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Coixet: “El sorprendente éxito de ‘La librería’ me ha devuelto la esperanza sobre el futuro de la humanidad”

Isabel Coixet está en Tenerife para recoger el premio del Festival Internacional MiradasDoc por su trayectoria en el cine documental
Isabel Coixet, directora de cine
Isabel Coixet, directora de cine. / Patri Cámpora

De ella se dice que es todo lo contrario al olvido y que su cámara tiene tal jerarquía que allá donde apunta rescata una historia de la desmemoria, haciendo justicia. Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una de las grandes directoras del panorama cinematográfico nacional, como lo avalan los numerosos reconocimientos a su carrera profesional, entre ellos los dos últimos, los Premios Forqué, por su última película La librería, y Mirada Personal, por su trayectoria en el cine documental.

-Está en Tenerife para recoger el premio del Festival Internacional MiradasDoc por su labor como documentalista en la que ha demostrado que hay otra realidad distinta a la que cuentan los medios de comunicación.

“Cuando uno hace las cosas de verdad es muy gratificante recibir un premio de personas que están tan implicadas en lo que hacen. Para mí el documental ha sido una asignatura pendiente que exige un ritmo frenético. Por ejemplo, cuando me llamaron para ir al Chad tuvimos que ir deprisa y corriendo, entrar con un visado de turista en un momento delicado. Allí nos encontramos con muchos controles y al poco de irnos explotó una bomba en una comisaría en la que estuvimos. Me hubiera gustado profundizar más. Que MiradasDoc reconozca mi trabajo en documentales me ha hecho mucha ilusión”.

-¿Le ha sorprendido lo que ha visto del festival de Guía de Isora y la proyección exterior que tiene desde un pequeño pueblo de Tenerife?

“Me parece muy bien, porque en las grandes ciudades hay una sobredosis de acontecimientos. Acercar las historias que cuenta este género a personas que no tienen la oportunidad de estar en contacto con ellas me parece fundamental. Ese es uno de los encantos de MiradasDoc”.

-No sé si tiene en mente algún proyecto relacionado con Canarias, que es un archipiélago que, por cierto, conoce muy bien…

“Cada vez que vengo aquí me acuerdo siempre de un mes que pasé hace mucho tiempo en La Gomera, que es un lugar que me fascina. Era invierno y escribí algo. Todos los directores tenemos en el cajón muchas historias”.

-¿Y esa historia la conoceremos algún día?

“No creo, porque fue una época muy especial de mi vida. Me encantó la isla, su gente y su ritmo de vida. Me parece que Canarias, en general, está muy desaprovechada. También he estado en El Hierro, que tiene una gran presencia y me parece que es la gran desconocida del Archipiélago”.

-¿Cómo recuerda la experiencia del rodaje en los estudios de Plató del Atlántico, en Tenerife, de Nadie quiere la noche, con Juliette Binoche, Rinko Kikuchi y Gabriel Byrne, película que, además, fue la primera producción española que abrió la Berlinale?

“La experiencia fue fantástica. Veníamos de rodar en Noruega, a 18 grados bajo cero y en Bulgaria y llegamos aquí para grabar lo que a mí me parecía lo más difícil de la película, el interior de un iglú, que era la parte más dura, complicada y hasta dramática. En Plató del Atlántico fueron muy profesionales. Además, el productor de la película, Andrés Santana, es de aquí y yo estaba convencida de que todo iba a salir perfecto, como así fue. Entrar a pleno sol al Plató del Atlántico, al lado del mar, y situar a las dos actrices en ese mundo nos obligaba a realizar un profundo ejercicio de concentración, sobre todo al principio. En ese iglú pasaban muchas cosas”.

-Venir a rodar la parte de la película ambientada en un iglú a una zona subtropical no deja de ser una paradoja…

“Sí, de la misma forma que Casablanca la rodaron sin pisar la ciudad, en unos estudios de Los Ángeles. El cine también tiene esa parte mágica de hacer cualquier sitio en cualquier lugar. Yo he rodado una secuencia en San Francisco simulando París. Eso también tiene su encanto”.

-Uno de sus trabajos es Escuchando al juez Garzón, un documental de hora y media sobre el exmagistrado, en el que no se evade ningún tema, por delicado que fuera, en los que se vio envuelto. ¿Le costó convencerlo?

“Yo no le conocía. Estuve intentando hablar mucho tiempo con él, sobre todo porque había un linchamiento general hacia él en los periódicos que me parecía absolutamente injusto. Creo que lo que ha ocurrido con él algún día pasará la historia como uno de los actos más vergonzosos del posfranquismo. Él no quería hacer el documental, aunque al final aceptó. Y lo hicimos en un día, rodando muchas horas seguidas, en un momento en el que toda la prensa, la televisión y la judicatura no le apoyaba, pero a mí me parecía que era importante que él hablara y explicara en profundidad todo lo que estaba pasando. Él creía en ese momento que no le iban a juzgar y luego sí lo hicieron y dejó de ser juez”.

-¿Esperaba el éxito que ha tenido su última película, La Librería, flamante Premio Forqué y nominada a 12 Goyas?

“Reconozco que no. Pensé que le gustaría a mi público y que no trascendería más allá de eso, pero ha sido muy reconfortante ver cómo a la gente le sigue interesando una historia de superación, de empeño, de coraje, donde todo es muy sutil y donde hay un canto de amor a la lectura, a los paseos y a las chimeneas (risas). Me ha sorprendido y me ha devuelto la esperanza sobre el futuro de la humanidad”.

-¿Qué reflexión hace de las denuncias de acoso sexual en la industria del cine en Estados Unidos y que ha dado origen al fenómeno mundial Me too?

“Es complicado. Si miramos el fenómeno tal como se plantea en la industria cinematográfica, a mí se me queda pequeño, pero a la vez también pienso que el si Me too del cine sirve para abrir el diálogo y que los hombres se replanteen sus conductas también en otros ámbitos más precarios, duros y difíciles, como pueden ser los supermercados, las fábricas o los hoteles, me parece bien. Hollywood es tan vistoso como superficial. Creo que se ha sobredimensionado la figura de Weinstein, que nadie discute que era un cerdo, pero ni era el productor más poderoso de Hollywood ni el más rico. La gente habla de él como si fuera el gran padrino del cine y yo alucino porque no es verdad. Estamos en un mundo en el que las mujeres somos la mitad, pero no tenemos el acceso al poder que tienen los hombres. ¿Será el Me Too la cabeza de lanza para arreglarlo? Ojalá”.

-¿Qué le ilusiona especialmente mirando a su futuro profesional?

“Pues tener una casita aquí, en Guía de Isora (risas). Me gustaría hacer una serie documental, de hecho ya tengo un proyecto, y voy a hacer una película para Netflix con una historia real, muy bonita, de dos mujeres, Elisa y Marcela, que se casaron en Galicia en 1910. Yo es que en mi cabeza tengo ocho años, con lo cual me queda cuerda todavía para rato”.

-¿El cine documental está condenado a ser la hermana pobre de la gran industria cinematográfica?

“No lo creo. Este año, hablando de cine español, una de las mejores películas es la de Gustavo Salmerón (Muchos hijos, un mono y un castillo), que ha estado rodando durante años con su familia y en la que hay una mirada de autor. Es una película con la que puede identificarse todo el mundo. Yo misma la vi con mi madre y con mi hija y a las tres nos encantó. Se está convirtiendo en un fenómeno casi viral. Creo que hay un hambre de documental real. A mí me interesa lo que ocurre en las plantas de recuperación de chatarra en Nigeria, cómo viven los emigrantes que trabajan en una planta de reciclaje en Long Island o costumbres como las de Indonesia, que cuando nace un niño matan a un pulpo porque lo consideran su hermano gemelo del mar”.

-Se deduce por sus palabras que la curiosidad forma parte de la personalidad de una directora de cine…

“Sí, en mi caso es así. Conocer, aprender cada día algo nuevo, me puede. En cualquier sitio hay una historia y descubrirla y transmitirla es apasionante”.

-Si tuviera que hacer un documental exprés hoy mismo, ¿qué historia contaría?

“La del chico que trabaja en un pequeño funicular que tiene el hotel en el que me alojo (Abama) para bajar a la playa. Es un joven nigeriano muy simpático que lleva años haciendo esto, subiendo y bajando todos los días a la playa, y está feliz. Yo lo veo y pienso, a mí me meten ocho horas todos los días en esa cabina arriba y abajo, y no puedo ni imaginármelo. Pero a él lo veo feliz y me gustaría saber cuáles son las claves que provocan en él ese sentimiento de orgullo con su trabajo, de felicidad haciendo esa labor y de estar encantado con la vida”.

-Usted es catalana y ha sido muy crítica con el procés, que algún disgusto le ha costado, al mostrar su rechazo al extremo al que han llevado los independentistas su reivindicación. Llegados a este punto, ¿cómo interpreta lo que está ocurriendo?

“Lo que evidencia todo este pulso de este señor que está en Bruselas es que quiere mandar él. ¿Eso es lo importante? A mí me causa una profunda tristeza, porque lo que veo son personalismos, ansias de control, hambre de poder… Pero también creo que el Gobierno central les da material para que se hagan los mártires hasta el fin de los tiempos”.

-¿Atisba alguna salida a la situación actual?

“Ya no sabes. Reconozco que estoy muy cansada de hablar del tema, de discutir y de que me insulten. Es agotador. Estoy exhausta”.

-¿Echa en falta una mayor implicación en el debate del mundo de la cultura en Cataluña o es que el miedo aconseja silencio?

“Cada uno que haga lo que quiera, pero es verdad que ha habido mucho silencio. Hay gente que no se quiere mojar y te dice que no es independentista y que no ha tenido ningún problema. Pero, claro, porque se calla. Ya es hora de decir lo que uno piensa. Yo ya lo he hecho. Cataluña se ha convertido en una rareza y eso es muy triste. Entre la estupidez de Rajoy y la locura de Puigdemont estamos atrapados. Si los dos desaparecieran, que sería lo ideal, probablemente habría más posibilidades de encontrar una salida. Junqueras me parece una persona más razonable y más inteligente”.

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