
Por Manuel Poggio Capote y Antonio Lorenzo Tena*
El tipo de molino de viento concebido, hacia 1868, por Isidoro Ortega Sánchez constituyó una notable aportación en la última etapa de esta tecnología, antes que los motores de combustión irrumpieran en la producción harinera. Caracterizado por una apariencia muy definida supuso un modelo absolutamente novedoso: un ingenio de pivote que permitía mover y orientar por completo la torre según la presencia de viento. Junto al molino hidráulico de cilindros horizontales (aplicado a finales del siglo XVI a la industria azucarera), el Sistema Ortega ha sido una de las aportaciones más relevantes del archipiélago canario a la tecnología molinera en general.
El molino ideado por Ortega Sánchez constaba de tres partes diferenciadas. Las más llamativas eran la torre y el rotor. La primera, compuesta por cuatro columnas, alcanzaba una altura de unos nueve o diez metros. Por su parte, el mecanismo de rotación se articulaba en un número variable de aspas, lo más común era entre ocho y doce, a las que se superponían unas fajas de madera en forma trapezoidal en sustitución de las clásicas velas de lona. La casa, era, por último, el tercer elemento: de planta rectangular, gruesos muros y en forma de pirámide truncada, solía edificarse semienterrada y en zonas rocosas con el fin de fortalecer su resistencia frente al viento.
Las óptimas cualidades del nuevo sistema propiciaron muy pronto su expansión por el resto de las islas. En 1873, tan solo media docena de años después de los primeros ensayos, Ortega Sánchez se trasladó a Fuerteventura en cuya capital levantó un establecimiento harinero conformado por “dos piedras y velas de madera”.
Por la sencillez de su construcción y los bajos costes que suponía en relación con los aparatosos molinos de torre, los más avezados carpinteros majoreros copiaron, poco después, el modelo de Ortega Sánchez. No obstante, estos maestros añadieron al mecanismo algunas características propias, en especial la aplicación de teleras de lona en vez de las planchas lignarias concebidas por don Isidoro. En consecuencia, ello dio lugar a las denominadas “molinas”, unos ingenios que reprodujeron el Sistema Ortega, aunque con aspas diferentes, tan comunes en el paisaje de Fuerteventura y Lanzarote. Asimismo, una nueva evolución, el denominado Sistema Romero, lo desarrolla, a principios del siglo XX, en Gran Canaria Manuel Romero Caballero que incorpora al modelo una cola automática.
El trabajo de Ortega Sánchez prosiguió sobre todo en La Palma, en cuyo territorio se ha inventariado, en el transcurso del tiempo, la existencia de veintidós máquinas de esta naturaleza. Unas erigidas por el propio inventor; otras, en cambio, construidas por carpinteros locales que, al igual que en Lanzarote y Fuerteventura, incluyeron algunas variantes.
Entre los ingenios más recordados edificados fuera de La Palma por Ortega Sánchez, cabe señalar el de San Sebastián de La Gomera, erigido hacia 1905 y que, en perfecto estado, perdura; o la “molineta” conocida por “Estrella de Oro” en La Laguna, Tenerife, inaugurada en 1908 que, aunque desaparecida, se mantiene como fábrica de gofio.
Don Isidoro falleció en 1913 en un accidente cuando reparaba el referido molino de San Sebastián de La Gomera. A la isla colombina había acudido requerido por los herederos de Leandro González Febles, promotor de aquella industria; en un inesperado movimiento, le sorprendió la salida de una de las muelas que le lesionó una pierna que, gangrenada, le causaría la muerte pocos días más tarde.
En el cementerio de San Sebastián reposa Isidoro Ortega Sánchez, el forjador del ingenio harinero eólico más representativo de Canarias y que, por esta razón, es conocido también como “molino palmero”. La evocación del 150 aniversario de la puesta en práctica de su modelo es una oportunidad para subrayar esta aportación en el panorama de la molinología española. En la actualidad, los ejemplares que se sostienen del Sistema Ortega se revelan como auténticos iconos del paisaje rural y como testigos de una actividad que fue crucial para la economía insular. Sin duda, su conocimiento se presenta como un paso previo ineludible para su conservación y restauración.
*INVESTIGADORES ETNOGRÁFICOS





