
Acaba de publicar su última novela, Sabotaje, que completa una trilogía iniciada con Falcó (2016) y continuada con Eva (2017), ambientada en el París intelectual de los años 30, en plena contienda civil española y en la antesala de la Segunda Guerra Mundial, una atmósfera que evoca en el lector las tramas del mejor cine negro de la época. Casi una treintena de novelas, traducidas a más de 40 idiomas, y más de 20 millones de lectores en todo el mundo avalan a Arturo Pérez-Reverte, uno de los grandes de la literatura hispana, que esta tarde participará en una tertulia en el Auditorio Infanta Leonor de Los Cristianos (20.30 horas) con el escultor Juan Bordes Caballero y el escritor y periodista Juan Cruz. Mañana, en el mismo recinto, el autor de la saga de Las aventuras del capitán Alatriste presentará y firmará ejemplares de su última obra a partir de las 18.00 horas.
-Sabotaje completa una trilogía después de Falcó (2016), de la que ha vendido más de 300.000 ejemplares, y Eva (2017). ¿Con qué sensaciones se ha quedado al concluir esta saga?
“Bueno, no ha concluido del todo, pero lo he dejado de momento. Las novelas como Alatriste nunca se dejan porque nunca sabes lo que se te puede cruzar. Hay otra con la que estoy ahora y que no tiene nada que ver con Falcó. De momento, mi sensación es la del deber cumplido, tras alcanzar una meta. Este es un trabajo que tiene sus periodos, termina uno y empieza otro. Son ya más de 30 años escribiendo novelas”.
-Sabotaje está estructurada en 17 capítulos y un epílogo, donde emoción e ironía abundan. ¿Son los dos hilos conductores para entrar y salir de los personajes y ubicarlos en un contexto que atrapa al lector?
“Tiene de todo. Es una novela que cuenta un mundo duro protagonizado por gente dura en una encrucijada histórica en España y Europa, inmersas en momentos bastante difíciles, donde el dolor, el horror y la crueldad eran monedas cotidianas. Para conocer ese mundo yo utilizo técnicas profesionales y una de ellas es el humor y la mirada irónica del personaje. Es una forma también a veces de hacer que la parte más cruda y más oscura de un relato pueda encajar con más comodidad. Así que hay humor y hay dolor, va de un lado al otro”.
-Lorenzo Falcó, el eje central de Sabotaje, da muestras de su instinto letal, pero también ofrece una cara divertida. Le secundan personajes sorprendentes. ¿Hay alguno por el que sienta una predilección especial su creador?
“Mi personaje favorito es Falcó, la verdad es que le he cogido cariño. Quería hacer un canalla, un tipo sin escrúpulos que tortura, que mata, un asesino profesional, un espía franquista, pero al mismo tiempo simpático, guapo y elegante para que fuera aceptado por el lector. Digamos que Falcó es un canalla simpático al que le tengo bastante aprecio. Yo aprendí del cine de John Ford que los personajes secundarios son importantísimos porque son los que sostienen la novela y acompañan al protagonista. Los he cuidado mucho, como el sicario, Paquito Araña, el almirante jefe de Falcón y, por supuesto, las mujeres”.
-Su anterior obra (Eva) se desarrolló en Tánger (Marruecos). En cambio, Sabotaje transcurre en París, símbolo de la modernidad en aquella Europa convulsa. Son dos escenarios muy diferentes.
“En 1937 se refugiaban en París los fugitivos de toda Europa, tanto los nazis como los facistas y de la guerra de España. Realmente era un lugar en el que el espionaje, las intrigas, los refugiados, el internacionalismo era muy natural, con mucha tradición de artistas, de cultura, Picasso, Hemingway… Es un territorio bastante interesante para contar una trama de espionaje. Yo quería una novela de cine en blanco y negro que recuperara aquel ambiente de la Europa negra de los años 30”.
-Es el gran novelista de éxito en España de historias que invitan a seguir la estela de un personaje, pero da la impresión de que indaga en un territorio donde los conflictos entre sentimientos se abren cada vez más paso entre las aventuras.
“Llevo más de 30 años escribiendo novelas y desde la primera, El húsar, que era antimilitarista y abordaba el honor y la lealtad, los conflictos interiores, las tragedias humanas y el desarrollo íntimo del personaje transcurren paralelamente a una acción de aventura”.
-Es gran amigo de Javier Marías, un escritor con un discurso literario distinto al suyo. Él es más hermético, quizá más introspectivo, y a usted se le encasilla más en la tradición de los grandes narradores que demuestran una capacidad imaginativa sin límites.
“Cada novelista tiene su concepción del mundo y de la vida y elige su camino. A mí me divierte mucho imaginar, y escribir es una diversión. Me lo paso muy bien contando historias y viviendo vidas que no había vivido antes, matando o amando gente a la que nunca podría matar o amar en la vida real y haciendo cosas que jamás podría hacer. Para mí, escribir es multiplicar mi vida por otras. Es como seguir jugando, hay una parte lúdica, casi infantil, en mi acto de escritura porque me lo paso muy bien imaginando. Una novela es un pretexto para imaginar durante uno o dos años, para vivir en otro mundo, leyendo, viajando, viendo películas, empapándome de historias y enriqueciendo mi vida. Es muy lúdico, muy personal. Quizás, en cierta forma, he intentado no dejar de ser niño del todo o no envejecer nunca del todo”.
-Como articulista, usted llama al pan, pan, y al vino, vino. En las redes sociales no teme la bronca.
“Tengo una ventaja, a mí me hacen libres mis lectores. Si yo dependiera de un sueldo oficial, de un ministerio, de una oficina, de una empresa, de un jefe, tendría que tener cuidado con lo que digo porque me podría jugar mi pan y el de mis hijos. Pero como mi hija está criada y, sobre todo, dependo de los lectores, eso me da una libertad enorme. Cuando me dicen “ay qué bien, qué valiente es usted”, yo digo que se equivocan, no soy valiente, lo que pasa es que no tengo nada que perder porque soy independiente y esa libertad para decir lo que opino sin que haya consecuencias para mí me la dan mis lectores dentro y fuera de España. Sin ellos, yo no sería libre. Así que el mérito es suyo”.
-¿Esa libertad que le dan sus lectores es su mejor antídoto contra el populismo?
“Siempre ha habido populismo, es algo pendular, lo hubo en los años 30, en la época de Falcó ya existía y mire dónde llegaron, a la guerra civil española y a la Segunda Guerra Mundial. El populismo es un fenómeno que va y viene, es permanente, y se combate con cultura. Las generaciones preparadas, que han estudiado y han aprendido lo que es la vida, están adiestradas para defenderse del populismo. Lo malo es cuando hay generaciones sin referencias, huérfanas de cultura, porque se convierten en presas fáciles. Y me temo que en estos momentos, tanto en España como en Europa y en el mundo, la incultura y el abandono de la educación y de la formación cultural nos hace, de nuevo, víctimas de los populismos baratos. El único antídoto es la educación, pero eso está muy lejos de lo que tenemos”.
-¿Cómo analiza la situación actual de España? ¿En qué nos estamos equivocando?
“Insisto, en la cultura, en la educación. Hemos creado generaciones de españoles sin memoria histórica real, sin los conocimientos básicos que hace que el hombre sea libre intelectualmente. Esa orfandad nos pone en manos de los canallas y los populistas y me temo que el futuro no es muy halagüeño. Un pueblo inculto y con escasa educación genera siempre una democracia de baja calidad”.
-Una vez, durante una visita a las Islas, confesó que le gustaría algún día ponerse a trabajar en la Conquista de Canarias. ¿Lo sigue pensando?
“Es un bonito tema, aunque me pilla un poco lejos y tendría que dedicarme a conocerlo mejor, pero me sorprende, existiendo magníficos escritores en Canarias -algunos son amigos míos-, que nadie haya abordado de una manera objetiva, histórica, en plan novela amena e interesante lo que fue la conquista de Canarias por parte de España, contándolo todo, lo bueno y lo malo, las luces y las sombras. Igual que yo hice con Alatriste en la España del Siglo de Oro, se debería escribir la parte oscura y la luminosa de la conquista de Canarias”.





