Los Realejos

Le cancelan a una realejera la operación dos veces al no haber camas con respirador

María Dolores Méndez Encinoso lleva un mes viviendo un verdadero calvario tras dos ingresos en el HUC que fueron pospuestos el mismo día que iba a ser intervenida de un carcinoma

Mary no puede evitar los nervios y la angustia mientras espera que la llamen del HUC para quitarle el carcinoma que le diagnosticaron en septiembre. DA

Se llama María Dolores Méndez Encinoso, tiene 48 años, un hijo de 13 y está desesperada. Desde hace un mes, esta vecina de Los Realejos vive un verdadero calvario después de ingresar dos veces en el Hospital Universitario de Canarias (HUC) para ser intervenida de un carcinoma, un tumor maligno en la piel, y suspenderle la operación en ambas ocasiones por no haber camas con respirador.

La historia de María Dolores comenzó en enero de este año, cuando se descubrió una llaga en la lengua. Su médico de cabecera le mandaba tratamiento pero no se le terminaba de curar, y como tiene la enfermedad de Crohn, un proceso inflamatorio crónico del tracto intestinal, decidió consultar a su especialista de Digestivo del HUC.

Aunque la profesional le dijo que “no creía que fuera nada” para “quedarse todos más tranquilos” la derivó urgente a Dermatología para que le hicieran las pruebas necesarias. El 7 de agosto le realizaron una biopsia y la citaron en un mes para darle los resultados.

Finalmente, el 11 de septiembre le diagnosticaron un carcinoma, pero el profesional la tranquilizó y le dijo que la iban a intervenir rápidamente y que todo se iba a solucionar y a quedar en un mal recuerdo. O al menos eso fue lo que ella pensó.

Recuerda que salió de la consulta derrotada y ese mismo día, regresando a su casa la llamaron para que volviera al HUC ya que el cirujano maxilofacial quería verla. La mandó urgente a hacerse un escáner para ver hasta dónde llegaba el tumor.

Fue el 13 de septiembre y cuatro días después la citó para confirmarle que se localizaba en la lengua pero sus ganglios estaban limpios. No obstante, como medida de prevención, dejó a su elección operárselos también “por si quedaba una pequeña célula que pudiera dar lugar a una metástasis”, y le informó de las posibles secuelas de la intervención, como falta de sensibilidad o hundimiento del cuello.

Mary, como la llaman sus amigos, no dudó en ningún momento en decir que sí. “Estando en la mesa de operaciones que me hagan lo que me tienen que hacer”, sostiene.

El 24 pasó por las pruebas de las preanestesia y aunque el cirujano la quería operar el 27, le coincidía con la consulta del anestesista, así que la pospuso para la semana siguiente.

El día esperado

Finalmente llegó el día esperado tanto para ella como para su familia. Acompañada de su esposo y su hermana, ingresó en el HUC el miércoles 3 de octubre para ser intervenida al día siguiente. Recuerda que mientras esperaba en la habitación a que la bajaran al quirófano, no podía evitar el miedo y preocupación de saber si iba a poder hablar y respirar bien, hasta que llegó el cirujano a informarle de que no la podían operar porque no había camas con respiradores en la sala posoperatorio. O mejor dicho, que solo tenían cuatro y estaban ocupadas y en su caso eran indispensables por si surgía alguna complicación y era necesario realizarle una traqueotomía.

Acto seguido, le dieron el alta y la enviaron a su casa con la promesa de volver el lunes siguiente para ser operada el martes. Es más, le dijeron que tenía que ocurrir “algo muy grave” para no hacerlo.

El lunes 8 la llamaron desde el centro hospitalario para avisarle que no ingresara ese día sino el martes a las ocho de la mañana, y le indicaron que comiera algo temprano ya que la cirugía iba a ser por la tarde.

Otra vez nervios y angustia antes de ingresar al quirófano con idéntico desenlace. A las 15.30 horas y pese a todos los esfuerzos por tranquilizarla, el cirujano le dijo que la situación era la misma, que no había camas con respirador, que había esperado hasta último momento para ver si quedaba una libre pero no la consiguió.

María Dolores está desesperada porque a día de hoy no le han vuelto a dar fecha para operarla y tiene que pasar por el doloroso proceso de esperar que la llamen por teléfono. “¿Qué hago mientras tanto? ¿Me muero?”, repite, mientras se pregunta “por qué no hay suficientes camas con respiradores cuando es algo esencial”.

Mary sabe que su caso no es el único ni tampoco el peor y que “seguramente hay personas con problemas más graves que el suyo”, pero ella quiere salir de la pesadilla que está viviendo de una buena vez. “Ahora que me lo pueden quitar y vivir bien, quiero hacerlo. No quiero esperar que crezca y se convierta en una metástasis, porque ahí no me va a hacer falta una cama ni el respirador”, dice Sollozando.