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¿Qué vieron los vecinos de Abades aquel verano de 1992?

El reloj marcaba las 20.30 horas del jueves 9 de julio cuando varios medios de comunicación y la Guardia Civil comenzaron a recibir llamadas telefónicas
Imagen de la playa de Abades, en el municipio de Arico. DA

Aquel verano de 1992, mientras España disfrutaba de su año mágico mostrando al mundo su imagen más vanguardista con la Expo Universal de Sevilla y vivía la cuenta atrás para la gran cita olímpica de Barcelona, a poco más de dos semanas de que prendiera el pebetero en la Ciudad Condal, un enigmático suceso sobresaltó a la isla de Tenerife. El reloj marcaba las 20.30 horas del jueves 9 de julio cuando varios medios de comunicación y la Guardia Civil comenzaron a recibir llamadas telefónicas de ciudadanos que aseguraban haber visto caer un avión al mar en la costa de Abades (municipio de Arico), en el sureste de Tenerife.

Los testimonios procedían del propio núcleo costero y serían corroborados, poco después, por varios conductores y pasajeros que circulaban por la autopista que comunica la capital tinerfeña con el sur de la Isla. Los alertantes coincidían en su relato, al describir el hundimiento de lo que parecía ser la cola de una aeronave de color azul y blanco. El informe oficial de la 151 Comandancia de la Guardia Civil recogió el testimonio de un varón que contactó con el puesto de Fasnia para informarle de que acababa de ver cómo un avión “modelo Boeing” había caído al mar a un kilómetro de la costa.

La alerta inicial dio paso a un desconcierto casi inmediato. Ni en el aeropuerto del Sur, situado a menos de 20 kilómetros, ni en el del Norte se había emitido alerta alguna por la desaparición de una aeronave, ni tampoco faltaba en las pistas ningún avión de las compañías aéreas que operaban ese día. Los organismos oficiales no tenían constancia de que se hubiese producido un accidente aéreo. En medio de la confusión general, la noche se apoderó de Abades.

intenso rastreo

A la mañana siguiente, con las primeras luces del día, varios buzos, una zódiac y un helicóptero de la Guardia Civil realizaron un rastreo por toda la costa sin que detectaran el más mínimo indicio de un supuesto accidente aéreo: ni manchas de aceite de los motores -primera señal que aflora a la superficie en cualquier catástrofe-, ni tampoco restos de avión que suelen emerger en las horas siguientes a un siniestro, como chalecos, fundas de asientos, mantas o almohadas. El trabajo de los submarinistas se centró hasta una distancia próxima a los 500 metros de la costa, ya que a partir de ahí un abismo se abre paso en el fondo marino al que resulta imposible acceder.

El piloto comercial e investigador Iván Castro Palacios recuerda que no se activó ninguna de las alertas previstas para estos casos. Ni hubo aviso inicial por incertidumbre, ni por desaparición, ni por peligro, que es la señal que se lanza cuando se da por hecho que la aeronave se ha estrellado. La no activación del protocolo por parte de Aviación llevó de inmediato a una conclusión: el avión, si lo hubo, no estaba registrado.

La ausencia de hechos tangibles dispararon todo tipo de especulaciones en los días posteriores y las preguntas no paraban de brotar: ¿qué vieron vecinos y automovilistas? ¿Podía tratarse de una avioneta de contrabando que volaba casi a ras de mar para eludir los radares? ¿O se trataba de algún ejercicio militar? ¿Cabría la posibilidad de que fuera un meteorito? Todas las hipótesis quedaron abiertas. Hoy, más de un cuarto de siglo después, seguimos sin respuestas.

“Este episodio es hoy tan misterioso como en el momento en que ocurrió”

El periodista y escritor José Gregorio González, autor de numerosas publicaciones sobre misterios en las Islas, considera que el episodio de Abades es, a fecha de hoy, tan misterioso como en el momento en que ocurrió. “Los testigos aseguraron haber visto un avión de gran envergadura, pero algo así dejaría rastros en la zona, denuncias y una abultada burocracia difícil de ocultar. La teoría más reciente apeló de una forma muy forzada a una pareidolia, una confusión provocada por un barco remolcador visto desde la costa, lo que resulta una hipótesis burda, insostenible y desesperada ante la falta de respuestas. Sospecho que la explicación es bastante prosaica, pero fue conveniente ocultarla, lo cual resulta bastante inquietante”, manifestó el investigador, que recuerda que desde hace años Abades y sus inmediaciones se comportan “como una zona ventana, es decir, un territorio en el que se concentran casos anómalos de diversa entidad”.

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