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Los vecinos no se lo creen: “¿Cómo puede pasar esto en Adeje?

El casco del municipio sureño se debate entre la incredulidad, el dolor y la indignación, mientras la tensión se palpa en la calle Ramón y Cajal
Varios periodistas subidos a las azoteas siguen la llegada del sospechoso a su vivienda, en Adeje. J. C. M.
Varios periodistas subidos a las azoteas siguen la llegada del sospechoso a su vivienda, en Adeje. J. C. M.
Varios periodistas subidos a las azoteas siguen la llegada del sospechoso a su vivienda, en Adeje. J. C. M.

En Adeje no se hablaba ayer de otra cosa. Bares, terrazas, restaurantes, peluquerías… las muertes violentas de Silvia y Jacob estaban en boca de todo el mundo. “Es horroroso, yo estoy malísima”, confesó a este periódico Agnes, una vecina que paseaba por la Calle Grande. “El que tiene sus problemas debe pagarlos consigo mismo, no con su mujer y menos con su hijo, pobre mujer y pobre criatura”, exclamó con un nudo en la garganta. María, que volvía a casa tras comprar una garrafa de agua, tampoco se lo explica. “No me cabe en la cabeza, cómo se puede matar a tu mujer y a tu hijo indefensos”, se pregunta. “Yo siempre le digo a los míos: lo que no quieras para ti no lo quieras para los demás”, afirma, convencida de que “antes no se oían tantas desgracias”. Víctor todavía no se lo cree. Su peluquería, frente al Centro Cultural, es un termómetro del desconcierto que se vive en el casco adejero desde el miércoles a primera hora. “Los clientes están horrorizados, sobre todo con lo del niño. Se me ponen los pelos de punta solo de pensarlo. ¿Cómo puede pasar esto en Adeje cuando estas cosas estamos acostumbrados a verlas por televisión en otros sitios? Manuel, uno de sus clientes, apostilla: “Pero eran de fuera”, mientras elogia la “madurez” del niño “para no quedarse inmovilizado y huir”. “¿Dónde vamos a parar?”, añade Rosa.

Pasado el mediodía la tensión se palpa en la calle Ramón y Cajal. Quedan unos minutos para que llegue el sospechoso para participar en el registro de su vivienda, situada en un edificio blanco y alargado de dos plantas. Cuatro guardias civiles franquean la entrada junto al Volkswagen Caddy azul marino, precintado, propiedad del presunto asesino. Una fila de cámaras de televisión, entre ellas una cadena alemana, apunta al principio de la vía, en la que se detectan los primeros movimientos. Llegan los agentes de criminalística, se despliegan varios biombos y los periodistas se suben en sillas y hasta en azoteas. De fondo se escucha el canto de algún gallo y varios parapentes cuelgan del cielo sobre el Barranco del Infierno.

De pronto, Thomas baja de uno de los coches entre una decena de agentes. Las cámaras no paran de grabar y el vecindario estalla de indignación. “Suéltenlo un minuto”, proclama un vecino a unos metros de la escena.

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