CIENCIA

A medio siglo del Apolo 12

Tan solo cuatro meses después de que Armstrong diera su primer paso en la superficie lunar con la misión Apolo 11, la NASA quiso demostrar al mundo que tal hazaña no había sido un logro puntual y que estaba en condiciones de enviar misiones tripuladas a la Luna de manera segura y con regularidad. Se cumplen 50 años de aquel segundo alunizaje

Bean durante una de las actividades extravehiculares. Conrad, quien toma la foto, aparece reflejado en la visera de su escafandra. NASA

Tal día como hoy, cincuenta años atrás, la misión Apolo 12 se encontraba en la tercera jornada del recorrido en su camino hacia la Luna. Había despegado desde el complejo de lanzamiento de Cabo Cañaveral, en Florida, el 14 de noviembre. A bordo, el comandante Charles ‘Pete’ Conrad, el piloto del módulo lunar Alan L. Bean y el piloto del módulo de mando Richard F. Gordon, se centraban en los preparativos para las maniobras de inserción en la órbita lunar.

Dos días más tarde, el 19 de noviembre de 1969, el módulo Intrepid, con Conrad y Bean a los mandos, se posaba sobre la superficie del satélite al sureste de la región conocida como Oceanus Procellarum (Océano de las Tormentas), mientras, Gordon permanecía en órbita a bordo del Yankee Clipper, el módulo de mando. Apolo 12 se convertía así en la segunda misión en culminar el alunizaje, cuatro meses después de que Armstrong y Aldrin lo lograran por primera vez en la misión Apolo 11, dando aquel célebre “pequeño paso para el hombre, pero gran salto para la Humanidad”. En esta nueva ocasión, Conrad y Bean se convertían, respectivamente, en el tercer y cuarto hombre en caminar sobre la Luna.

Resulta sorprendente que muchas personas que conocen la gesta de Armstrong y Aldrin durante la misión Apolo 11, crean que aquella fue la única vez que seres humanos alcanzaron pisar la Luna, desconociendo los alunizajes de otras cinco misiones Apolo posteriores, así como que otros diez hombres caminaron e incluso condujeron rovers en su superficie. Aunque, desde luego, no resulta ni remotamente tan sorprendente como la existencia de numerosas personas que, tal vez balanceando sus pies sentados al borde mismo de una Tierra plana, sostienen que tal cosa jamás ocurrió, que todo fue una falacia perfectamente orquestada que ha logrado sostenerse durante más de medio siglo y que jamás persona alguna ha puesto un pie en la Luna.

Lo cierto, sin embargo, es que después de que el arrollador éxito del Apolo 11 pulverizara todos los récords de audiencia televisiva conocidos hasta el momento, con más de 600 millones de espectadores presenciando aquel primer paso de Armstrong en directo, esta segunda misión de alunizaje despertó bastante menos interés en el público, pasando a la Historia más discretamente.
La presencia de Richard Nixon en la tribuna de autoridades de Cabo Cañaveral, en la primera ocasión en la que un presidente de la nación asistía al lanzamiento de una misión espacial, parecía ser el principal reclamo para la prensa. Pero, para sorpresa de la NASA, la partida del Apolo 12 y su objetivo de llevar, por segunda vez , a personas a la superficie lunar resultó no ser excesivamente interesante para los medios de comunicación. La novedad que tanto excitara al público, tan solo cuatro meses antes, ya había pasado, y la necesidad de la agencia de demostrar al mundo su capacidad para repetir el logro del Apolo 11 y convertir los vuelos tripulados a la Luna en un hecho frecuente no captaron el interés esperado.

LANZAMIENTO ACCIDENTADO

El despegue del Apolo 12 tuvo lugar a las 16.22 horas (UTC) del 14 de noviembre de 1969. Aquella tarde de viernes, una tormenta azotaba la zona de Cabo Cañaveral, provocando fuertes rachas de viento acompañadas de un importante aparato eléctrico. Sin embargo, pese a lo adverso de la situación meteorológica y los riesgos que conllevaba, se decidió no detener la cuenta atrás y el lanzamiento tuvo lugar a la hora prevista.

Cuando habían transcurrido 36 segundos desde el lanzamiento, un rayo impactó de lleno en el cohete Saturno V, lo que provocó falsas lecturas de sobrecarga eléctrica a bordo y desconectó algunos sistemas. Los datos de la instrumentación en la propia nave y la telemetría recibida en el Centro de Control de Misión fueron caóticos y el desconcierto se adueñó rápidamente de la situación.

A los 50 segundos de vuelo, antes de que nadie hubiera tenido, siquiera, tiempo a reaccionar, un segundo rayo alcanza la nave y tanto la tripulación como el personal de tierra ve cómo se disparan multitud de alarmas, los datos bailan en las pantallas y la situación se vuelve desesperante.

En ese momento todo parecía apuntar hacia un inminente aborto de la misión y la consecuente eyección de la torre de escape para poner a salvo a los astronautas. Sin embargo, a pesar del desbarajuste y las alarmas provocadas por el choque eléctrico, la unidad instrumental y los sistemas de guiado del Saturno V no se ven afectados y el cohete parece continuar volando correctamente, manteniendo el rumbo y la velocidad previstos.

La rápida reacción del personal de tierra, y en especial del controlador John Aaron, quien se ganaría una magnífica reputación en la NASA por su sangre fría y velocidad de respuesta ante la crisis al sugerir un providencial cambio específico en la configuración de los sistemas eléctricos de la nave, revirtió la situación, restableciendo el orden en la misión.

No obstante, una vez alcanzada la órbita terrestre, los astronautas realizaron una minuciosa revisión de la nave para verificar que no había daños que pudieran suponer cualquier riesgo. La inspección resultó favorable, y así lo comunicaron a Control de Misión, sin embargo, desde tierra se decidió no informar a la tripulación de que existía la posibilidad de que los rayos hubieran afectado al sistema de apertura de los paracaídas que frenarían el descenso durante su vuelta a la Tierra, lo que supondría irremediablemente la muerte de los tres astronautas en el brutal impacto contra el océano…

La tripulación del Apolo 12. De izquierda a derecha, Charles ‘Pete’ Conrad, Richard F. Gordon y Alan L. Bean. NASA

MUESTRA DE PRECISIÓN

Una vez insertados en la órbita lunar, los astronautas proceden a la separación del módulo de descenso, el Intrepid, con Conrad y Bean a bordo. Gordon permanecerá en el módulo de mando, el Yankee Cliper, orbitando la Luna a la espera.

La maniobra de separación se realizaría de manera diferente a la que hiciera el Apolo 11, a fin de corregir los errores de velocidad que el procedimiento imprimió al módulo de descenso en aquella ocasión, provocando su alunizaje muy lejos de la zona prevista.

Precisamente, uno de los objetivos a cumplir por el Apolo 12 consistía en demostrar su capacidad de alunizar de manera muy precisa en un punto concreto de la superficie lunar. Para ello, se escogió la zona donde había tomado tierra la sonda Surveyor 3 el día 20 de abril de 1967, en las cercanías de un gran cráter que ofrecía, además, interesantes posibilidades de exploración geológica. La maniobra fue de una precisión tal que el Intrepid alunizó a apenas 200 metros de la Surveyor 3, constituyendo el mayor éxito de toda la misión.

La nueva expedición de la NASA no solo había logrado superar en todos los aspectos técnicos a su predecesora, sino que demostraba al mundo entero que la agencia había sido capaz de volver a la Luna en un plazo de tan solo cuatro meses y que estaba en condiciones de continuar enviando misiones tripuladas al satélite.

ESTANCIA LUNAR

Las primeras palabras del comandante Conrad al pisar la Luna resultaron, como poco, anecdóticas. Tras descender el último peldaño de la escalerilla del Intrepid, considerablemente lejos del suelo, y plantar sus pies sobre el fino polvo lunar, dijo: “Habrá sido un pequeño paso para Neil, pero para mí ha sido bastante largo”, en referencia a Armstrong, bastante más alto que él, y su primer paso en la Luna. Tiempo después, confesaría que pronunció esas palabras por una apuesta que había hecho con la periodista Oriana Fallaci, quien cuestionaba que los astronautas tuvieran la libertad de elegir su discurso y sostenía que la célebre sentencia “es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad” que pronunciara Armstrong en su momento, había sido dictada por la NASA. Para demostrar a la periodista que se equivocaba, Conrad le apostó 500 dólares a que pronunciaría exactamente esas palabras. Y así lo hizo.

A diferencia del Apolo 11, cuando Armstrong y Aldrin permanecieron en la Luna un total de 21 horas y media, de las cuales tan solo 2 y media se dedicaron a su único paseo sobre la superficie, Conrad y Bean la habitaron durante más de 31 horas y media y realizaron dos actividades extravehiculares que sumaron casi ocho horas en total.

Durante esas dos salidas, los astronautas recogieron más de 34 kilos de muestras de roca y polvo e instalaron un conjunto de experimentos para el estudio de la superficie lunar, que incluía, entre otros, dos nuevos sismómetros de gran sensibilidad, así como un detector de viento solar. Por primera vez, estos aparatos estuvieron alimentados por un generador de radioisótopos.

Durante su segunda actividad extravehicular, los astronautas se acercaron hasta donde se encontraba la sonda Surveyor 3 y recuperaron varias piezas de la misma, incluida su cámara, para llevarlas de vuelta a la Tierra con el fin de estudiar los efectos en sus materiales de la larga exposición al ambiente espacial.

Conrad, junto a la sonda Surveyor 3. Al fondo, el módulo Intrepid. NASA

MALA SUERTE

Apolo 12 llevó una moderna cámara de televisión con la que se planeaba transmitir en directo a la Tierra las primeras imágenes en color desde la Luna. Desafortunadamente, mientras la instalaba cerca del Intrepid para comenzar la transmisión, Alan Bean apuntó accidentalmente al Sol con la cámara y la dejó totalmente inutilizada, por lo que la transmisión fue imposible.

No sería el único incidente de Bean con las cámaras durante la misión, ya que también se dejó olvidados en la superficie varios carretes fotográficos ya expuestos. Naturalmente, estos despistes han sido material de primera para los negacionistas de la exploración lunar tripulada, argumentando que son otra de las pruebas que demuestran que nunca se llegó a la Luna.

La mala suerte de Bean con las cámaras no terminaría con esos incidentes. Durante la reentrada en la atmósfera terrestre de la cápsula y su vuelta a los efectos de la gravedad, una cámara mal estibada salió disparada y le golpeó en la cabeza, haciéndole perder el conocimiento.

Por fortuna, los sistemas pirotécnicos de apertura de los paracaídas que frenarían la nave hasta su chapuzón en el océano Pacífico no fueron dañados por los dos rayos que sacudieron al Saturno V tras su lanzamiento, como se llegó a temer, y la cápsula amerizó suavemente con sus tres ocupantes sanos y salvos.