El profesor que creó un mundo para enseñar a soñar

Sus alumnos le adoran y madres y padres han llegado a recoger firmas y a colocar pancartas a la entrada del colegio para que no se vaya. Ricardo Acosta Alonso llegó hace cuatro años como profesor interino de Educación Física al CEIP La Vega, en la zona alta de Icod de los Vinos, y se encontró un panorama desolador, con una plantilla de profesores que huía en desbandada, unas instalaciones dejadas de la mano de Dios y al borde del cierre, además de un número de alumnos que no llegaba al medio centenar, repartidos en tres aulas en uno de los núcleos de población más castigados por la pobreza del norte de Tenerife.
“El primer día pensé que me estaban grabando con una cámara oculta, porque no podía asimilar lo que veían mis ojos: un lugar abandonado, casi sin profesores y sin medios”. Un día antes de empezar las clases, un inspector de la Consejería de Educación visitó el colegio y planteó a los profesores que uno de ellos debía de asumir, además de sus tareas docentes, las funciones de director. Ricardo dio un paso al frente y la decisión la sufrió de inmediato en propias carnes. “Entre septiembre y diciembre perdí 20 kilos, aquel trimestre lo pasé muy mal”, asegura.
En su memoria guarda el gris uniforme de muros y paredes, color que parecía reflejar el estado de atonía que se respiraba en el interior del edificio y que se contagiaba a las aulas. Sus primeras medidas fueron limpiar y pintar el centro de arriba abajo y abrir las puertas para que las madres recogieran a sus hijos dentro de las instalaciones y no fuera, expuestas al frío que baja desde el monte. Hoy, los padres disponen de un aula para manualidades dirigidas a sus hijos y participan en los trabajos del huerto escolar.
Este realejero de 40 años, padre de dos hijos que estudian en el colegio, apostó fuerte, aunque se las vio y deseó en su idea de abrir de par en par las ventanas a un nuevo tiempo para vaciar las aulas de resignación y llenarlas de entusiasmo. Puso el colegio patas arriba y emprendió una revolución a través de un sistema de aprendizaje basado en proyectos para ayudar a los niños a comprender, desde nociones prácticas, las diferentes materias teóricas que se enseñan en cualquier centro escolar.
“No trabajamos con libros de texto, no seguimos al dictado de una publicación. Aplicamos el sistema Aprendizaje Basado en la Práctica, creamos nuestras propias situaciones y problemas para que los niños aprendan a afrontar y resolver lo que se van a encontrar fuera”, sostiene Ricardo, que redondea su explicación con un ejemplo: “Es más importante saber por qué se multiplica, que saber multiplicar, porque para eso ya están las calculadoras. Así nos resulta más fácil ver las dificultades que presenta cada niño y detectamos qué quiere aprender”.
El pasado trimestre puso en marcha un proyecto educativo ideado por él mismo al que llamó La Vega por el mundo. Para ello, ambientó los pasillos de los dos pisos del colegio para que sus alumnos sientan que están en la Antártida, como es el caso de los de quinto y sexto curso, en Europa (tercero y cuarto), en Asia (primero y segundo), y en África (infantil). Hace unos días, en el aula de croma creada por los alumnos, explicaron lo que han aprendido, intercambiaron toda la información y experiencias obtenidas en cada continente y lo escenificaron con una obra de teatro en la que, gracias al efecto del croma, se les vio en medio de la sabana africana, soportando las gélidas temperaturas de la Antártida o caminando por cualquier ciudad europea.

más motivados

“Los alumnos encajan de maravilla este tipo de proyectos, aprenden más motivados, vienen más contentos al colegio y son partícipes de su propio aprendizaje, que es algo fundamental”, cuenta el docente, que ya tiene en su cabeza la temática del segundo trimestre, países del mundo, y del tercero, las Islas Canarias. En el CEIP La Vega parece haber encontrado la horma de su zapato para desarrollar su proyecto educativo después de impartir clases en diferentes centros del sur de Tenerife y La Laguna.
“Gracias a ti, mi hijo vuelve feliz a casa” o “mi hija se despierta contenta para venir al colegio”, son algunos de los piropos que recibe por su labor. Algunas frases similares aparecen grabadas en placas y postales que llaman la atención en una pequeña aula reconvertida en despacho. “Para Ricardo, el mejor director que ha venido a este colegio”, o “Gracias por todo lo que nos enseñó”, señalan los mensajes que demuestran la huella que ha dejado su método y su talante. A la espalda de la silla que ocupa aparece un viejo mapamundi y junto a él una pizarrita que se coloca todas las semanas en la puerta del colegio con una frase motivadora. La de esta semana era “Puedes llegar a donde tú quieras”.
Acosta es consciente del perfil de sus alumnos y de los problemas económicos que atraviesan sus familias. Gran parte de los 90 menores que cursan estudios (casi el doble que hace cuatro años) son de cuota cero, es decir, sus padres están en situación de desempleo o solo uno de los dos cobra el paro. “Hay niños que no traen el desayuno y me dicen que a su mamá se le olvidó, y yo sé que no es verdad. Les damos piezas de fruta y alguna cosa que tenemos en la nevera”, y explica que “las familias que no reciben becas abonan 60 euros y se olvidan de sus hijos durante el curso. El colegio les da todo el material que necesitan”.
El caso más evidente de las penurias económicas que sufren muchos de estos niños y niñas en sus casas, lo revelaba este periódico recientemente: una alumna de 10 años, de cuarto de Primaria, dejó de asistir al colegio una semana porque se le rompieron los tenis y no tenía otro calzado para ir a clase.
Cuatro años después de caer como un paracaidista sobre el patio del CEIP La Vega, el director que ejerce también de jefe de estudios, maestro de Primaria, profesor de Educación Física, conserje, administrativo y responsable de la gestión económica, se muestra feliz de la vida que ha cobrado el centro, de su ambiente y de su innovador sistema de enseñanza, que le ha valido para ser nominado, en 2018, al premio de mejor docente de España, “los Goya de la educación”, matiza. “Bueno, quedé entre los 100 mejores, que no está mal”. Sus múltiples funciones le han obligado, en más de una ocasión, a interrumpir una clase para atender la visita de algún técnico del Ayuntamiento para resolver un problema o recibir a un inspector de la Consejería.
Las tres aulas grises que se encontró en 2015 son hoy seis y de distintos colores, y el número de profesores también ha crecido hasta los 14, nueve de ellos fijos. A lo largo de estos cuatro años ha puesto en marcha un comedor escolar con servicio de catering, huertos en el patio donde se implican niños y familiares y se plantan fresas, lechugas y millo; un programa de animación a la lectura, con el objetivo de que los alumnos no lean por obligación; un aula de psicomotricidad, con el suelo y paredes acolchadas para los niños de infantil, y hace poco más de un mes un proyecto de ajedrez y robótica, un sistema mixto pionero en Canarias, asegura, que ahora es la niña de sus ojos y que los chicos han acogido de muy buen grado. Para ello, reconvirtió un habitáculo lleno de muebles inservibles en una sala equipada con tableros, tablets y una pizarra digital de segunda mano.

juegos tradicionales

Además, en los recreos se enseñan y practican juegos tradicionales. “Los niños desayunan antes, en el aula, y después salen al recreo para jugar al trompo, al tejo, a las chapas o al elástico, aunque hay otros días donde también usamos las canchas”.
Ricardo lamenta la lentitud con la que llegan las ayudas. “Muchas veces no podemos esperar. Ahora mismo me he propuesto acabar de pintar todas las aulas por las tardes con la ayuda de un señor”. La Consejería de Educación aporta 2.100 euros al año para tareas de mantenimiento y funcionamiento y el director-profesor tiene que hacer malabarismos para estirar el presupuesto al límite. “Solo en teléfono y en la fotocopiadora se van 1.100 euros, o sea, que con los 1.000 restantes tenemos que hacer milagros”. Una realidad que le ha llevado a poner dinero de su bolsillo para comprar unas persianas y algún kilo de pintura.
Otra de sus demandas, compartida por los directores de otros centros educativos del municipio, es recuperar la figura del conserje, una competencia que recae sobre el Ayuntamiento de Icod, explica, al que se han dirigido en alguna ocasión en forma de vídeo colgado en Facebook, realizado por los propios niños, para pedirle también que arregle unos socavones en la acera o que pode unas zarzas, entre otras quejas. La necesidad más acuciante en estos momentos es la compra de estores para atajar el sol y la claridad en las aulas.
El futuro de Ricardo se decidirá en junio. Le tocaba irse el segundo año, dada su condición de interino, y una campaña de padres y madres, recogiendo firmas y colocando pancartas en la entrada del centro, lo impidió. El año pasado las familias volvieron a presionar y un informe de Inspección le permitió continuar. “Este curso soy funcionario en prácticas y en junio saldré de dudas. Si me dan la plaza aquí ya será definitiva, pero me la pueden dar en otro sitio”. Padres y madres de La Vega cruzan los dedos.

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