
Parece una familia del siglo pasado, de bien entrado el siglo pasado. Hoy, cuando la natalidad en España y en Canarias se ha desplomado, resulta llamativo ver que todavía quedan mujeres capaces de parir ocho hijos y de mantener tan numerosa prole a trancas y barrancas, incluso con el duro confinamiento que nos está tocando vivir.
María Efigenia Guanche Campos, a la que todos conocen en Güímar como Efi, ha traído al mundo ocho hijos, que van desde los 29 años que tiene la mayor a los 8 que tiene la más pequeña. De los ocho, cuatro están todavía en edad escolar y son los que hoy podrán pisar la calle después de una cuarenta de confinamiento en una casa de dos plantas, con cinco habitaciones, en la calle La Corujera del barrio de San Juan, el más antiguo y donde comenzó a gestarse el Güímar moderno. Efi, de 46 años, se casó con 16 años, a los 17 tuvo su primer retoño y hace ocho el que espera sea el último, porque “mi novio se muere”, afirma.
La casa, que heredó el exmarido de Efi de sus padres, cuenta con 5 habitaciones, suficientes para compartirla las diez personas que habitualmente viven en ella, al sumarse también una nuera (Evelyn) y un nieto de solo cuatro meses (Derek), hijo de Lorena, mientras que su segundo hijo (Ayoze), su novia (Adriana) y una hija ya no viven en el seno familiar.
Con Efi viven la mayor, Lorena (29 años), Lucas (21), Haridiam (20), Xiomara (14), Melania (13), Rayan (10) y Alyson (8), los cuatro últimos estudian en el IES Mencey Acaymo y el Colegio Alfonso X El Sabio, siendo su madre la presidenta del Ampa de este colegio. “Todos ellos han sido encargado, excepto uno que vino de paquete, no es porque no hubiera tele y estuviera aburrida”, comenta la matriarca, que después de ocho años ha decidido estar en varadero seco.
María Efigenia Guanche ha pasado a lo largo de su vida por muchas vicisitudes, actualmente separada, saca a su familia gracias a su trabajo y las ayudas de su padre y hermano, algunas amigas y el apoyo de Servicios Sociales, “que siempre me han apoyado por la condición de familia numerosa especial”, relata.
Desde hace unas semanas ha vuelto a trabajar para una panadería de Arafo, “porque nadie quería el trabajo por temor al virus”, señala. “Me levanto a las dos de la mañana y desde las dos y media hasta la nueve estoy repartiendo pan con una furgona desde Arafo hasta Playa de las Ámericas” y así cada dos días. Un trabajo agotador, pero que le va bien porque “aunque hay muchos sitios cerrados, en los supermercados o fruterías, donde reparto, no hay devoluciones y eso es bueno”, como lo es el conocido pan de Arafo, “que nunca falta en mi casa”. Con anterioridad a este trabajo se ha dedicado a trabajar en bares y de empleada del hogar.
Lo que sí falta, y más ahora, en la casa de familia tan numerosa “es el wifi, que va así, así, con tanta gente enganchada a él, aunque las tareas del cole nos la mandan en fotocopias el Ayuntamiento”, señala Efi, para quien lo más duro de este confinamiento “es la pelea por hacer las tareas del colegio y que apenas pueda pegar ojo, aunque trato de dormir dos horas, cuando llego, antes de que se despierten”.
Eso sí, todos hacen las labores de la casa y ayudan a limpiar la casa y hasta cocinar, y la más habladora de todas, la pequeña Alyson, de ocho años, afirma que no hay tiempo para aburrirse porque “tengo muchas hermanas y mi madre a quien molestar”, dice con cara de pilla, mientras sonríe y se abraza a su madre.
Alyson ya tiene decidido que hacer este domingo, cuando se abra el confinamiento a los niños: “me voy al carrito a comprar un paquete de papas”, mientra su hermano Rayan saldrá a la calle a “cantar una canción contra el coronavirus”. Casi todos apuntan a que quieren ir a la playa, algo que aún no estará permitido, y los mayores querrán pasear -a sus hermanos pequeños- por la plaza de las Flores.
Para Efigenia, esos 40 días han sido muy duros, al tener que compaginar el trabajo con tan singular horario con las labores domésticas: “Han sido días muy distintos, porque he tenido que estar pendiente de todos”, aunque se siente orgullosa de “haber sido premiada con mis hijos; no me puedo quejar de nada”.
Dice sentirse deprimida por “ver ese sur como nunca se había visto antes, sin nadie en la calle,con todo cerrado, es muy duro, pero al menos tengo trabajo”, sin temor a que el contacto diario con clientes pueda contagiarle, recordando que “me llamaron a mí porque otros no querían hacer ese reparto”. Lo que está seguro es que el pan nunca faltará en su casa. “Siempre haré lo que sea para sacar a mis niños adelante”, afirma orgullosa.





